«Ser es defenderse», Ramiro de Maeztu
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Este artículo se publicó en La Gaceta antes de convertirse en La Gaceta de la Iberosfera, no siendo entonces propiedad de Fundación Disenso.

‘Has atropellado a mi hija, y sé quién eres’

24 de mayo de 2016

Las 7 de la tarde del 17 de Mayo de 2016, hora taurina, pero no de encierros. Tiempo primaveral cuando alarga la luz y el día se deleita. En Pozuelo de Alarcón, calle de San Juan de la Cruz, entre el Santuario de Schoenstatt y las dependencias de la Policía Municipal. Lejos de la repleta Estafeta en Pamplona por San Fermín. 

Ella se llama Beatriz – guapa, muy guapa – y no tenía previsto ponerse delante de ningún astado, pero apareció un Manso de aquellos que “topan”, falto de la gallardía de un Miura, un Jandilla o un Núñez de Cuvillo. La chica tampoco se dirigía al burladero para protegerse de la embestida, estaba llegando al final de la zona intermedia del paso de peatones, en marcha decidida y tranquila. De repente irrumpe la fiera, su pelaje no era jabonero, negro, salinero, ni castaño. Era azul oscuro, un audi Q5, con los cristales traseros tintados para esconder sus vergüenzas, si las tiene. El achaque fue seco, duro, en el interior de la pierna derecha pero no pinchó femoral, pues la cornada no fue astada. La pillada fue tremenda y la bestia con su golpe volteó a la fémina, que cayó aparatosamente junto al bordillo, ya al final de las rayas blancas del asfalto. Al estilo de esas inútiles cogidas rozando el vallado en el encierro, la lanzó al cielo casi dos metros, y rebotando en el suelo pensó y volvió a pensar, que ahora el morlaco la pisotearía, esta vez con dos ruedas. Pero pasaron los instantes que son eternidad y el ruido casi de jauría se alejaba. No se paró el causante de lo que pudo ser una tragedia, huyó como los cobardes ante el peligro, se fue abandonando a la víctima.

Pudo intervenir el manto de San Fermín al que se pide protección por tres veces antes de que suene el cohete. Pero fue seguro el Ángel de la Guarda, que junto al manto de la Virgen dio el amparo y envolvió amorosamente a Beatriz, esa Virgen que cuida de nosotros en cada instante. 

Nadie lo vio, pues nadie había, ni un alma en esa avenida de ciudad moderna y ajardinada. Ya en el suelo, tras unos segundos de inconsciencia empezó el llanto desconsolado, tumbada en el suelo, apenas pudo marcar el teléfono de su amiga que vive a pocos metros para que viniera a recogerla. En la espera de apenas minutos, pasaron solo un par de personas, o mejor sombras que, ni siquiera atravesaron por donde ella yacía para atenderla, esta es la sociedad del compromiso cívico que estamos construyendo. Llegó la amiga y en vez de ir a las dependencias policiales, fueron en volandas a la enfermería con arquitectura ya de hospital nuevo y ahí bien atendida afortunadamente no hay roturas, ni trauma en la cabeza, rasguños, si sangre roja, rozaduras, golpes que después se amoratan, y el cuerpo magullado muy dolorido. 

Yo, ignorante de todo, llamo a la madre que es mi esposa hace más de veintiséis, y contesta prudente, pues quiere ver in situ como está nuestra hija: “ahora te llamo..”, me dirijo presto en moto hacía casa, para preparar un juicio que tenía al día siguiente por el atropello también de la hija de unos amigos del alma, al llegar al castillo suena el teléfono – maldito teléfono- yo no sabía nada. 

Es mi mujer, la madre siempre pendiente y me dice: Juanjo, Beatriz está bien, pero la han atropellado. Silencio, más silencio. Otra vez gracias a la Virgen, una y mil veces como siempre ahí está. Y después la denuncia, las firmas, el parte y las cámaras… y nadie pone el rostro, la matrícula o la identidad de la bestia. 

Y el domingo fue el cumpleaños de Beatriz, uno de mis tesoros y fuimos juntos a la Eucaristía, en Santa María de Caná, postrándonos ante el Señor para aceptar su voluntad, que no la nuestra. El Evangelio lectura según San Juan 16, 12-15, “Muchas cosas me quedan por deciros…”

Soy el padre de Beatriz, has atropellado a mi hija y sé quién eres. 

Un ser despreciable, que sólo me queda rezar por ti, para que distingas la bondad de la maldad, la gallardía de la cobardía, la prudencia de la inconsciencia, la culpa del dolo, para que abandones el desprecio a ti mismo y seas persona, con alma y espíritu bondadoso.

Pero se quién eres, no lo olvides. 

Si alguien tuviere notica del causante del atropello: [email protected]

 

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