«Ser es defenderse», Ramiro de Maeztu
La Gaceta de la Iberosfera
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Barcelona, 1981. Licenciado en Comunicación Audiovisual por la Universidad de Navarra. Periodista. Autor del canal de Youtube 'Alonso DM'.
Barcelona, 1981. Licenciado en Comunicación Audiovisual por la Universidad de Navarra. Periodista. Autor del canal de Youtube 'Alonso DM'.

Recuperar el pudor

16 de marzo de 2023

Decía Nicolás Gómez Dávila que la vulgaridad no es producto popular, sino subproducto de la prosperidad burguesa. Al observar imágenes de calles de cualquier ciudad del mundo a principios del siglo XX, es fácil constatar cómo en aquella época incluso las personas más humildes intentaban vestir con decoro. No usaban ropa costosa, pero sí elegante. Vestían con sombrero, pantalón largo, camisa, chaqueta y hasta corbata, aunque sólo fuera para pasear por la calle. En aquel tiempo, con mucho más pobreza que hoy, hubiera sido impensable ver a un legislador entrar en camiseta en un parlamento, incluso al más progresista y libertino.

Hoy ocurre exactamente lo contrario. No sólo tenemos a todos esos diputados de la nueva izquierda entrando en el Congreso o cualquier parlamento como si vinieran de un concierto de Guns N’ Roses, sino que un gran número de poderosos y multimillonarios se dejan ver habitualmente con aspecto desaliñado, no sólo por la calle, sino en conferencias y eventos públicos. Para muestra, esos gurús tecnológicos del valle de la silicona.

Es un hecho que en la sociedad occidental moderna la pérdida del sentido del pudor ha dejado de estar circunscrita a ambientes cerrados y marginales, como ocurría antaño, para convertirse en una auténtica epidemia en la esfera pública. Especialmente en la televisión, donde las mayores vulgaridades se exhiben como medallas por todo tipo de presentadores y personajillos, pero también en la prensa escrita, en la radio, las redes sociales, la tribuna del Congreso y prácticamente en cualquier foro público, incluidas escuelas, universidades y hasta iglesias. 

De estigma social, la ordinariez pasa de este modo a ser el distintivo que nos reconoce como almas libres y valientes, seres superiores en la escala civilizatoria que pasan de rancios convencionalismos y de cortapisas sociales y hacen y dicen lo que les da la gana en cada momento, ofenda a quien ofenda, incomode a quien incomode y denigre a quien denigre, incluso si es a uno mismo. Todo bajo esa premisa individualista –curiosamente, defendida con garras y dientes por los más autoproclamados colectivistas– que nos vende que para ser libres tenemos que deshacernos de cualquier atadura o vínculo con el prójimo, especialmente aquéllos relacionadas con la moral y el qué dirán.

Pero la pérdida del pudor no tiene nada de valiente, y sí mucho de buscar sobresalir entre la inmundicia, aunque sea para ser el más inmundo entre los inmundos. Para empezar, porque ya no estamos en los años 60. Ahí los promotores del exhibicionismo y la vulgaridad por lo menos tenían la excusa de la novedad, de luchar contra el espíritu de una época diferente. Pero hoy en día ser vulgar es el signo de los tiempos y es lo menos revolucionario que hay. Es estar del lado de los dueños de la cloaca, nada más.

Tampoco tiene nada de libre. Libertad, en su concepción más básica, es obrar de acuerdo a la voluntad, no de acuerdo a lo que te pida el cuerpo en cada momento. En este sentido, cuando gente como Irene Montero y su valida en el chiringuito, Ángela Rodríguez, nos hablan de sexo y masturbación a todas horas, no estamos ante ninguna demostración de empoderamiento ni librepensamiento. Estamos ante unas tipas incapaces de controlarse y activar ningún freno interior. Porque no es que no les importe su imagen o el qué dirán, como intentan vender repitiendo que son mujeres libres y empoderadas. Lo que pasa es que prefieren arrastrar a toda la sociedad a su alcantarilla antes que hacer un mínimo esfuerzo por mejorar y salir de la letrina en la que las han malacostumbrado a vivir. Hasta ese punto llega su vanidad. Claro que les importa el que dirán, les importa más que a nadie, y precisamente por eso insisten en corromper al prójimo, para que nadie note la diferencia. De eso va toda la doctrina de la igualdad: de igualarnos a todos a la baja. Para que los mediocres al mando puedan sobresalir en algo, aunque sea en fealdad y zafiedad.

Pero como los seres humanos sólo somos iguales en nuestras necesidades fisiológicas –básicamente, comer, evacuar y aparearse–, el horizonte final de esta pérdida masiva de pudor es que todos descendamos al nivel más primitivo del ser humano, uno que está medio peldaño por encima del eslabón perdido. Incluso peor, porque con todas las nuevas corrientes que nos quieren encerrar en compartimentos estancos, las llamadas ciudades de quince minutos, mientras se nos alimenta a base de suplementos, insectos, carne sintética y otro tipo de abonos, lo que vamos a acabar siendo es plantas de invernadero.

En efecto, la progresiva falta de pudor, como mínimo, devuelve al hombre a su estadio animal. Y ni siquiera podemos hablar de volver al estadio de los animales salvajes, pues incluso éstos cuentan con sus propios rituales de apareamiento y conducta dentro de su especie, en muchos casos más sofisticados que lo que podemos encontrarnos en las nuevas aplicaciones de citas o en cualquier aquelarre feminista y del orgullo LGTB. La inmodestia actual va más allá. Nos convierte, como dice el escritor Max Romano, en animales domesticados, animales que han perdido su propia identidad de animal salvaje y sólo son útiles a intereses productivos y de consumo.

Además, la pérdida del pudor, al despojarnos del control sobre nuestra propia imagen pública y la forma en que queremos ser percibidos, nos hace aún más vulnerables ante unos poderes cada vez más invasivos. El valor del pudor como barrera protectora de nuestra intimidad y la ausencia de esta capa defensiva nos expone de este modo a influencias externas y a la manipulación de terceros. La preservación de nuestra identidad y la capacidad de tomar decisiones conscientes y autónomas se ven seriamente amenazadas en un entorno donde «lo personal es político», es decir, donde lo privado se ha vuelto público.

La plaga de 2020 fue un ejemplo claro de cómo la pérdida del pudor y del control sobre nosotros mismos permitió que otros tomaran las riendas de nuestras vidas. Porque un individuo desarraigado, animalizado, sin intimidad y sin control sobre sus propios impulsos se convierte necesariamente en un blanco para aquellos que buscan controlar y manipular a las masas. La perversa y alocada gestión de esa situación evidenció cómo la progresiva pérdida de autocontrol de la gente ha abierto las puertas para que gobiernos, multinacionales y otros actores controlen aspectos fundamentales de nuestra existencia, limitando nuestra libertad y autonomía a niveles nunca antes vistos en la historia de la humanidad, ni siquiera en guerras y desastres naturales.

En un mundo cada vez más invasivo, en el que la que la falta de privacidad es total a todos los niveles, recuperar el sentido del pudor se convierte, por tanto, en un acto de autodefensa.

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