«Ser es defenderse», Ramiro de Maeztu
Hughes, de formación no periodística, es economista y funcionario de carrera. Se incorporó a la profesión en La Gaceta y luego, durante una década, en el diario ABC donde ejerció de columnista y cronista deportivo y parlamentario y donde también llevó el blog 'Columnas sin fuste'. En 2022 publicó 'Dicho esto' (Ed. Monóculo), una compilación de sus columnas.

Hermano pingüino

30 de enero de 2026

Se ha hecho viral estos días un pingüino sacado de un docimental de Werner Herzog en la Antártida. El animal se pierde, deja el grupo, y se va sin rumbo a lo desconocido, su patizambo paso hacia la inmensidad de una montaña helada.

Esto se ha visto como un símbolo del individualismo, como un pingüino fáustico o como un jungeriano irse a la emboscadura (en la emboscadura no se cabe ya). Tanta filosofía se ha hecho con el pingüino que ha sustituido a la rana como mascota de la derecha alternativa, ya cada vez más derechona también.

El pingüino es un animal muy humano y muy moderno. En los 80, desde luego, era todo simpatía. Nos lo encontramos en el ascensor, con esas letras geniales del Pingüino, y «un aire de pingüino» era lo que Luz Casal le veía a Rufino. Era un animal divertido, divino y superficial.

Luego supimos que el pingüino era el gran padre de la naturaleza. Incuba los huevos mientras la madre se va. El pingüino anticipó la actual copaternidad y en cierto modo, es lo más parecido en el reino animal a la figura del papá con permiso paseando el carrito. El papá pingüino es el más feminista y civilizado. La pingüina se va de cena con las amigas y él se queda ahí, dando calor a la criatura.

Esa figura de buen padre estaba unida a la de buen «compañero». Se tenía por animal monógamo. Un chollo el pingüino. Aunque también esto se nos fue modernizando al saber que su monogamia admitía descansos, matices, ciertas canitas al aire. La naturaleza polar aprieta pero no ahoga.

El animal copadre y monógamo pero no de piedra era muy humano y además echaba grasa como nosotros; el pingüino por necesidad, para superar el frío.

Es lo social lo más fascinante de este animal. La otra forma de protegerse de las bajísimas temperaturas es formar un gran corro, unos pegados a los otros. Leí una vez que en el centro del corro se alcanzan los 37 grados, lo que establece una gran diferencia entre estar en la periferia y en el centro.

Esa estructura, que es un gran acurrucarse, tiene también algo humano. Los pingüinos se acercan mucho pero no se tocan. Guardan un par de centímetros de distancia. Hacen lo mismo que nosotros en el metro. Pegados pero sin contacto. Cuando un pingüino se mueve, se van moviendo todos en un gigantesco y sucesivo «disculpe usted».

Esa diferencia de temperatura dentro de la espiral de acurruque de los pingüinos es tan desigual que sería una fuente de terribles problemas, pero ellos consiguen evitarlo con un sistema de rotación; se mueven todos como musulmanes en La Meca, van girando de modo que unos dejan el lugar a los otros. Al menos eso dice nuestra ideal versión de los pingüinos. Ellos se van turnando, rotan y los que pasaban frío llegan al calor, y viceversa.

Esto sería la auténtica circulación de las élites de la que hablaba Pareto. Si los humanos hiciésemos como los pingüinos, no habría revoluciones, ni revueltas, ni gran parte del sube y baja de la política.

Pero no somos pingüinos. Nosotros no rotamos. Si los españoles fuéramos pingüinos, los que están a 37 grados en el cogollito polar del corrillo no se moverían, harían un «no nos moverán» y adiós rotación. Que roten los planetas, si quieren.

Por eso, ha habido muchas interpretaciones del pingüino de Herzog, pero se ha echado en falta una: la posibilidad de que ese pingüino que se va hacia la muerte segura del más allá fuera un pingüino español, hasta el mismísimo pico de que los del centro no se muevan ni a gorrazos, hasta la punta del cogote boreal de que los del calorcito sean siempre los mismos.

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