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Este artículo se publicó en La Gaceta antes de convertirse en La Gaceta de la Iberosfera, no siendo entonces propiedad de Fundación Disenso.

Hipocresía de la cristianofobia

22 de febrero de 2016

Arrastramos una grande confusión respecto a las exigencias de un Estado laico o aconfesional. Para empezar, esos dos adjetivos son ya religiosos. Sería mejor decir un Estado respetuoso con todas las confesiones religiosas, de modo especial las tradiciones nacionales propias. No hay palabra para tal circunloquio. Pero se entiende bien su significado. Por ejemplo, en los Estados Unidos, modelo de lo que digo, el Presidente de la nación jura su cargo sobre un vetusto ejemplar de la Biblia. Es una hermosa tradición que a nadie puede ofender y a todos enorgullece.

En España lo que ahora cunde no es el laicismo o la aconfesionalidad de la vida pública sino la cristianofobia, que es aproximadamente lo contrario. Es decir, el odio hacia las tradiciones cristianas. Así, pasa por progresista y un dechado de la tolerancia la decisión de no enseñar Religión en los colegios. Se sigue con la pugna para que no haya signos religiosos externos. Ahora los Reyes Magos han perdido su significación religiosa y se transforman en un número de carnaval. (Por cierto, el Carnaval es otra fiesta de origen religioso). Otra tontería: no debe haber capillas en las universidades o los hospitales. Acabarán remodelando las catedrales para “espacios de cultura” o alguna otra barrabasada parecida. Lo siento, Barrabás está en los Evangelios.

Por lo menos habría que exigir coherencia en esa política laica o aconfesional. Por ejemplo, ¿por qué no quitar todas las cruces de los cementerios, que son municipales? No se atreverán los hipócritas. Puestos a cambiar nombres de calles y de topónimos, ¿por qué no eliminar los topónimos con significación religiosa, como Puerto de Santa María o San Sebastián? Hay algunos miles. Tampoco osarán tal cosa.

Para ser verdaderamente coherentes con el laicismo o la aconfesionalidad tendrían que alterar los nombres propios de muchas personas. Por ejemplo, Manuela, Rita, Pedro o Pablo, por citar algunos nombres de pila de algunos políticos progresistas. No serán tan valientes. Hablando de valentía, la tal Rita, concejal de cultura en el Ayuntamiento de Madrid, se hizo famosa por el asalto obsceno a la capilla de la Universidad Complutense. Dicen sus secuaces que su acción fue una protesta democrática. Pues bien, el juez debería imponerle la moderada sentencia de que repitiera el acto un viernes en la mezquita de la M-30. Podría protestar por el trato que dan a las mujeres en algunos países musulmanes.

Ya de puestos a eliminar símbolos religiosos, se podría suprimir el “domingo” o día del Señor. Se convertiría en una jornada laboral más. No se les ocurrirá. ¿Y qué decir de la Navidad? No basta con sustituir el belén por Santa Claus, que después de todo es también un símbolo cristiano (San Nicolás). Habría que volver a las orgías saturnales del solsticio de invierno. Se me ocurren más iniciativas, como prohibir el Camino de Santiago o la procesión del Corpus en Toledo o la salida de la Macarena en Sevilla. Llenaríamos un BOE entero con las posibles prohibiciones.

En definitiva, pido un poco de coherencia a las huestes progresistas. Si no se atreven a ser laicos integrales, dejen de hacer el ridículo. No me sean hipócritas. Otra cosa. No se llamen “ateos”, pues en esa voz ya va el nombre de Dios. Busquen otra etiqueta positiva. Si no son coherentes del todo, vamos a pensar que, aparte de cobardes, su problema es que necesitan rebelarse contra ustedes mismos. Pero entonces la cuestión es de psiquiatra. Perdón otra vez por la palabra, pues la “psique” es el alma.

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