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Iván Vélez (Cuenca, España, 1972). Arquitecto e investigador asociado de la Fundación Gustavo Bueno. Autor, entre otros, de los libros: Sobre la Leyenda Negra, El mito de Cortés, La conquista de México, Nuestro hombre en la CIA y Torquemada. El gran inquisidor. Además de publicar artículos en la prensa española y en revistas especializadas, ha participado en congresos de Filosofía e Historia.

Hispanotrumpianos

EL ANÁLISIS DEL COMPORTAMIENTO DE ESTA COMUNIDAD

Cuando escribimos estas líneas, apenas doce horas después del cierre de la jornada electoral, todo parece indicar que el voto por correo decantará la victoria de las elecciones de los Estados Unidos del lado del candidato demócrata Joe Biden. Un éxito que, previsiblemente, será cuestionado por Donald Trump en los tribunales. Antes de que se active la maquinaria  judicial, que ya estuvo sujeta a una pugna que ahora muestra su verdadero alcance, parece oportuno, máxime tratándose de un medio que tiene en su cabecera el término «Iberosfera», analizar el comportamiento que ha tenido una comunidad, la hispana, que aloja en su seno muchos de las complejos aspectos presentes en la campaña norteamericana recién terminada, sujeta e incluso mediatizada por los abundantes estudios que han diseccionado el cuerpo electoral buscando unas «junturas naturales» que dicen más del bisturí que opera en él que de la anatomía en la que este se hunde. En efecto, durante los últimos meses se han hecho públicos sondeos de todo tipo en los cuales se trataba de columbrar qué preferencias tendrían el 3 de noviembre los caracterizados como «negros» –«afroamericanos» si nos atenemos a la jerigonza oficialista-, «hispanos», «mujeres», «hombres» y toda suerte de individuos adscritos a los así llamados «géneros» con los que se pretende fragmentar, cuando no disolver, la condición de ciudadano. Colectivos fragmentados, asimismo, por franjas de edad o por la adscripción al tosco campo o a la ilustrada ciudad. La burbuja demoscópica, en definitiva, sigue aumentando su radio y su rentabilidad, pues la memoria es frágil y las curvas y diagramas de barras se desvanecen pronto.

Hechas estas consideraciones y asumiendo la realidad de una comunidad hispana distinguible del resto por su origen geográfico, su lengua y un sustrato católico cada vez más erosionado por la acción evangélica emprendida hace casi un siglo, el impacto del voto así caracterizado ofrece una interesante materia para el análisis. En lo que se refiere a las cifras, ha de decirse que, de los más de 60 millones de hispanoamericanos que viven en los Estados Unidos, de los cuales un 70% son de origen mexicano, seguidos cuantitativamente por puertorriqueños, cubanos, salvadoreños y dominicanos, los que tienen derecho a voto son, aproximadamente, la mitad. Sin embargo, este grupo, compuesto por personas de ambos sexos y caracterizado por su mezcolanza, es decir, por su mestizaje, es considerado, y ello a pesar de las contradicciones generacionales –no vota igual un recién llegado que sus descendientes- como una suerte de unidad que electoralmente tiene un peso específico en estados como Florida, Pensilvania o Texas, territorios en los que Trump ha vuelto a obtener su apoyo mayoritario. Como contrapunto a estos resultados podríamos citar el resultado de Nuevo México, que se ha decantado por Biden. Sea como fuere, lo cierto es que el voto hispano se ha escorado en mayor medida hacia el lado republicano.

El éxito trumpiano obliga, por lo tanto, a indagar, con todos los riesgos interpretativos que ello comporta, acerca de las razones por las cuales el colectivo hispano ha optado por el rubio neoyorquino. Más allá de los siempre importantes aspectos sociológicos y mediáticos, incluso del fenómeno fan que se desata en torno a determinados líderes políticos tan peculiares como don Donald, en todo proceso electivo subyace un componente ideológico que, en este caso es plenamente identificable. Como es sabido, Trump representa, por su decidido nacionalismo norteamericano, un freno a las políticas calificadas como globalistas, las mismas que trata de impulsar Biden transitando por la vía que hace cuatro años no sirvió a Hillary Clinton para acceder a la Casa Blanca. De ser este el factor decisivo que ha impulsado a los hispanos con posibilidad de voto, estos apostarían por el mantenimiento de los estados-nación bien por convicción bien por haber escapado de aquellos en los cuales sus estructuras están tan debilitadas, circunstancia a la que no es ajena la acción exterior norteamericana, que obligan a su abandono en pos de una tierra autodenominada, «de la libertad».

Frente a los que se habrían concentrado en una península de un nombre tan español como Florida, tierra que en su momento fue fronteriza con la hollada por pies franceses, cabría oponer a aquellos que, en sorosizadas columnas -¿proletariado? ¿acaso lumpemproletariado?-, han ascendido desde Centroamérica, brindando legitimidad a un muro, el de Trump, que no ha impedido que Andrés Manuel López Obrador lo franqueara para estrechar comercialmente la mano del siempre inquietante vecino del norte que, en su momento, a rebufo de la estela de la Doctrina Monroe, se hizo con vastos territorios mexicanos que hoy conservan su antigua toponimia. 

Cuando los litigios judiciales ya anunciados se resuelvan, el color rojo o el azul teñirán la política norteamericana. Será a partir de entonces cuando el mundo hispano comience a acusar sus efectos dentro de un continente en el que la China de partido y etnia única, exenta de las turbulencias democráticas y de las categorizaciones cada vez más particularistas de las sociedades occidentales, ha ido ganando posiciones. 

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