Tal vez sea llamado por los hijos de nuestros hijos el Gran Milagro de la Luz, o la Gesta del Nuevo Sol Socialista, o la Gloriosa y Triunfante Hazaña del Intrépido y Valeroso Guerrero de La Moncloa, este día en que vencimos a las tinieblas. Un día único, un día grande, un día libre. Un punto y aparte en la historia de la nación española. Consciente de la amenaza fatal de las odiosas comparaciones, me atrevo incluso a dejar por escrito que, desde la gesta del Descubrimiento de América del inolvidable camarada Cristóbal Colón, España no ha protagonizado nada tan épico, deslumbrante y majestuoso.
Este miércoles, cuando menos podía esperarse, arrojados a nuestro flanco Atlántico bajo el empuje de la borrasca del enemigo trumpista Kristin, soplaron con ferocidad los vientos traidores del fascismo meteorológico y negacionista, y mandaron al carajo al ejército de molinillos sostenibles y pet-friendly de la Noble y Grandiosa España de Sánchez, abocando sin remedio a la patria a otro apagón de terroríficas consecuencias, justo cuando las fuerzas de la ultraderecha más duramente golpeaban, en su campaña de sabotaje a las infraestructuras del Gobierno democrático, glorioso y legítimo de España.
Ante tal desafío a nuestra supervivencia, el General Sánchez, hombre sencillo, humilde, y afable, conocedor de la situación a la hora en que despuntaba el día, y pese a no haber comido desde mucho antes de las cinco, se lanzó con heroica entereza sobre las tijeras que descansan cada noche en vigilia en su velador, y se enfrentó cuerpo a cuerpo con el inminente apagón, sin tiempo si quiera de bajar la visera de su yelmo o vestirse cota de malla alguna, cortando los cables de medio centenar de grandes industrias del enemigo capitalista invasor, y extinguiendo al instante su producción, salvando así a la nación española de sucumbir de nuevo a la más penosa, melancólica, y gélida penumbra fascista.
Terminada la eléctrica gesta con el resultado victorioso ya conocido, este humilde columnista, en total postración, manos a tierra y frente clavada al suelo frente al retrato honorífico de Su Persona, quiere entonar ahora la canción de gratitud con la que nuestros ancestros arrojaban laureles a los dioses del Olimpo, entre los cuales desde hoy solo uno se levantará sobre el ecuador del magno panteón, y tendrá derecho a contemplar al resto por encima del hombro, con el desdén que la historia reserva solo a los hombres sobradamente victoriosos, y de bravura universalmente acreditada.
Hoy, venerando esta nueva epopeya nacional y consignándola en estas letras para memoria, orgullo y admiración de todas las generaciones venideras, agradezco solemnemente al Amado Líder que, excediéndose pródigamente en sus funciones, sin obtener nada a cambio, sin más motivación que la que mueve desde tiempo inmemorial al que nace ungido con la madera de los héroes, salvó el miércoles a los españoles del regreso a la Edad de Piedra por el que tanto tiempo lleva peleando la fachosfera y sus apóstoles de la tiniebla, la ruina, el bulo, y la mezquindad.
Así, apelando a la predisposición de gratitud que siempre ha distinguido a mis nobles y amados lectores, unidos al candor de la llama ardiente del amor a la patria socialista, convoco a todos a salir en la tarde de hoy a los balcones a las seis y un minuto, para ofrecerle al nuevo héroe nacional un multitudinario homenaje, arrojando al viento una sonora, histórica, coral, apoteósica, y legendaria peineta, extendiendo bien el dedo corazón hacia sus palaciegas dependencias, para que quede constancia de lo que en secreto pensamos de su insigne, audaz, y hazañosa persona.