Ver biografía
Ocultar biografía
Madrileña, licenciada en Derecho por la UCM. En la batalla cultural. Española por la gracia de Dios.

Hace ya tiempo que tengo la sensación de que la política española es una especie de Sálvame a lo bestia, pero oír a Rufián largando lo más grande de la Comisión de Secretos Oficiales me ha terminado de sumir en la desesperanza. Ya no hay duda posible: la política española se ha salvamizado y Sálvame se ha politizado. 

Recuerdo hace muchos años, el día que llegué a casa de una amiga —toda ella muy intelectual— y me sorprendió ver que tenía puesto el programa estrella de Telecinco. En esa época, yo lo veía a menudo, me reía un rato y esa dosis de frivolidad divertida me ayudaba a evadirme, pero esta chica era de esas personas a las que imaginas leyendo siempre a Schopenhauer. Me resultó chocante verla tumbada en el sofá enfrascada con Jorgeja y compañía. Ante mi extrañeza, se limitó a decirme: “es mucho más sano ver Sálvame que muchas tertulias que te tragas”. Así de desagradable. Me dio cierta vergüenza confesar que yo le hacía a todo: lo mismo me daba una cosa que la otra.

Desde entonces, lo último que supe de Jorgeja fue aquello de: “…esto es un programa de rojos y maricones…”, cosa que me confirmó lo que ya sospechaba: Sálvame es la nueva tertulia política sin gracia y la política es el nuevo Sálvame, pero con las cosas de comer. 

Merichel se las ha arreglado para que la chusma, la purria y el despojo político que nunca debió llegar al Parlamento haya accedido a la Comisión de Secretos Oficiales

Este proceso de salvamización de la política y viceversa comenzó, como casi todo lo malo que ocurre en España, con Pedro Sánchez —no me olvido de ZP, por supuesto—. El por entonces candidato a la Presidencia del Gobierno fue el primer político en llamar al programa. Nunca se ha visto a un presentador alcanzar el clímax en directo como ese día le sucedió a Jorge Javier. Efervescencia. Entusiasmo. Nerviosismo. Pedro Sánchez —que por entonces me parecía guapo incluso a mí— quería hablar con Jorgeja en ese mismo instante. Jorgeja, que recibe el mensaje en vivo y en directo, para el programa, habla con él por el móvil y, henchido de emoción, retransmite en directo a los televidentes sus palabras: Sánchez le ha prometido —ay, bendito— que jamás de los jamases lo vería en una plaza de toros. La política bajaba a la arena —permítanme el símil taurino que viene muy a cuento— y lidiaba con el pueblo llano —insisto—.

La política y la industria del entretenimiento más propia de casquería que de la antigua prensa rosa iniciaron un proceso de mutua contaminación. Jorge Javier se fue de campaña con Ángel Gabilondo con el loable objetivo de parar el fascismo en Madrid y con un éxito perfectamente descriptible. Ni un presentador llegó nunca tan alto ni un político más bajo. Pero el episodio más degradante de esta política salvamizada lo protagonizó nuestra siempre lacrimógena Irene. La ministra de Igualdad del Gobierno del Reino de España entró en directo en la docuserie —no me pregunten por qué se llama así— de Rocío Carrasco que presentaba Carlota Corredera, la comisaria política del feminismo más aberrante. Irene Montero —¡desde su despacho ministerial!—, entraba en Sálvame para apoyar la valentía de una mujer que, según los tribunales, no ha sido maltratada y que se está forrando con su docuvida. Lo de ‘cosas veredes’ se me queda pequeño. Esto es lo que hay, que diría aquel.

No me pregunten cómo, pero Sánchez ha logrado que los filoterroristas puedan entrar de lleno en el corazón del Estado al que aspiran destruir. Jugada maestra

Una vez que la política ha desembarcado en el barrizal de La Fábrica de la Tele y ya se desenvuelve en él como un cerdo en una charca, sólo faltaba que esa filosofía de corrala penetrara en el ya bastante degradado Congreso de los Diputados. Se ve que no habíamos tocado fondo y Merichel, siempre solícita a los deseos del presidente —¡qué les darás, bribón!—, se las ha arreglado para que la chusma, la canallesca, la purria y el despojo político que nunca debió llegar al Parlamento haya accedido a la Comisión de Secretos Oficiales que, por desgracia, ya no obedece a su nombre. No me pregunten cómo, pero Sánchez ha conseguido que Bildu no sólo no aporte información sobre los más de trescientos asesinatos de la banda etarra que faltan por resolver, sino que ha logrado que los filoterroristas puedan entrar de lleno en el corazón del Estado al que aspiran destruir. Jugada maestra.

Pero no se preocupen, todavía nos queda la magistrada de reconocido prestigio, Margarita Robles, para evitar cosas mayores. Sólo nos falta saber qué cosa está impidiendo Robles que sea peor que todo lo que está haciendo el Gobierno. Que le pregunten a la Sra. Esteban. Paz, no Belén.

Deja una respuesta