«Ser es defenderse», Ramiro de Maeztu
Itxu Díaz (La Coruña, 1981) es periodista y escritor. En España ha trabajado en prensa, radio y televisión. Inició su andadura periodística fundando la revista Popes80 y la agencia de noticias Dicax Press. Más tarde fue director adjunto de La Gaceta y director de The Objective y Neupic. En Estados Unidos es autor en la legendaria revista conservadora National Review, firma semalmente una columna satírica en The American Spectator, The Western Journal y en Diario Las Américas, y es colaborador habitual de The Daily Beast, The Washington Times, The Federalist, The Daily Caller, o The American Conservative. Licenciado en Sociología, ha sido también asesor del Ministro de Cultura Íñigo Méndez de Vigo, y ha publicado anteriormente nueve libros: desde obras de humor como Yo maté a un gurú de Internet o Aprende a cocinar lo suficientemente mal como para que otro lo haga por ti, hasta antologías de columnas como El siglo no ha empezado aún, la crónica de almas Dios siempre llama mil veces, o la historia sentimental del pop español Nos vimos en los bares. Todo iba bien, un ensayo sobre la tristeza, la nostalgia y la felicidad, es su nuevo libro.

Jueves de Getsemaní

2 de abril de 2026

Soledad, el camino de los caballos entre guijarros, y calma tensa en el reloj de pared. El cielo anaranjado en los recuerdos de infancia en las afueras de la villa, allá donde el mar, el de Don Manuel, «el mar, el mar y no pensar en nada». 

El hórreo recortado en añil es el último suspiro de la luz, la riada de paseantes apresurados al encuentro de la procesión, jóvenes y mayores; los campos atrás, a sus espaldas, sinuosos y entre alturas, enverdeciéndose por las humedades de un recién estrenado abril, hasta romperse en azules con la inmensidad del Cantábrico. 

Se ha retirado ya el Cristo de los Navegantes, marinero y sobrio, que arriba a la costa norte azuzado por las tempestades, que allí quiso quedarse y pidió ayuda a los mares, cuenta la leyenda. En mi pueblo, en cambio, al atardecer, la de los Pasos, Jesús atado a la columna, la Verónica, el beso de Judas, la Dolorosa y los del Miserere. Siempre hace frío al iniciarse el Triduo.

No muy lejos de esta costa, asomará al anochecer el Santísimo Cristo de la Misericordia y la Piedad, cuando se haya recogido el Jesús de la Humildad y el Beso de Judas, y Nuestra Señora de las Angustias, que procesionaron a la tarde. 

Cuando el jueves abrace al viernes, Jesús postrado en Getsemaní, muy al sur de la piel de toro, será larga la penumbra entre candelas en la Madrugá, aroma de incienso, cera quemada, saetas entre silencios y ecos de las calles, y un recuerdo furtivo de azahar. 

Dos tiempos, dos mundos, dos bellezas. La sobriedad marinera del norte, la dulce solemnidad del sur. Una misma oración, una misma Madre, un mismo Cristo que hermana la nación y el mundo. La fe de los mayores que habremos de dejar en herencia, la esperanza de la humanidad entristecida, la luz del fanal en la noche de los mares encrespados, una nota de amor en un mundo enloquecido por el odio.

La Última Cena. El santo crisma, el lavatorio, el traslado del Santísimo Sacramento en procesión, al rincón de la iglesia que acoge el monumento. La adoración, desnudo el altar, el oficio de tinieblas, bellezas que, como el latín, un tiempo nos concedió la liturgia. Cristo está solo. Como nosotros. Tiempo, en fin, de silencio. 

Jesús encerrado en un sagrario, por amor. Adorote devote cada jueves del año. Jesús cautivo, como nosotros en la finita existencia de este cuerpo y de estas manos, de este tiempo y este espacio. Vivimos encerrados en la misma celda a la que ha querido venir Dios a acompañarnos en este suspiro que es vivir, un acorde penitencial en la canción más larga del mundo. Quizá eso explica, con Cristo, la alegría y el amor que también sentimos, incluso en esta prisión de la carne. 

Cómo no entenderse con el Cristo del huerto de los olivos. Jesús Dios, Jesús hombre. Postrado, orante a las alturas en la noche de la angustia, doliente ante la cercanía de la hora del gran pecado, pidiéndole al buen Dios que, si es posible, le libere del horror que está al caer, pero anteponiendo la voluntad del Padre a la suya propia. 

No hay ni un ápice de leyenda, ni un absurdo heroísmo sobrehumano en Getsemaní, tan sólo humanidad y filiación divina: Padre, preferiría otra cosa, pero hágase, si es tu voluntad. Cada Jueves Santo, comprendo que vivo —vivimos— en el huerto de los Olivos la mayor parte de nuestra vida. Terror y resignación, miedo y esperanza. Siempre «abba pater». Y la madrugada, otro Viernes Santo, llorando al Cristo sin ansiedades, que al páramo afligido del Sábado Santo, de paso lento y reloj monótono, lo sabemos, le sorprende siempre el consuelo del día de la Victoria. Tu reinarás.

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