Quien más aprende en un aula de un instituto grande de pueblo pequeño es el profesor. Allí asiste año tras año a una realidad indiscutible. La clase es una comunidad natural y, en consecuencia, solidaria. Hay grupos que funcionan de maravilla: generan una corriente ascendente que acoge incluso a quienes, en frío, no habrían levantado el vuelo. La comunidad hace su magia. El profesor entra con excelente humor, explica mejor; los aplicados tiran de los otros hacia arriba y todos ganamos. Pasa lo contrario otras veces. Clases capaces de hundir a los alumnos más brillantes. Generan ruido, jaleo e indisciplina y así ni se explica bien ni se trabaja nada ni se ayuda a los que tendrían más necesidad de asistencia. La suma resta. Entre una clase mala y una buena apenas hay diferencias sustanciales de talento ni de disposición, sino que, en unas, se imponen los peores y, en otras, los mejores; y entonces, en la primera pierden los mejores y, sobre todo, los peores y en la otra se benefician los mejores y, sobre todo, los peores. Nada es más igualitario que el triunfo de la excelencia.
Esto funciona así, pero los alumnos no lo ven. Si la clase es de las buenas, enseguida todos se piensan que sus óptimos resultados se deben a ellos mismos y están la mar de satisfechos. En cambio, si la clase se tuerce y funciona mal, los alumnos que se sienten perjudicados por la falta de disciplina y de trabajo suelen protestar su inocencia a voz en grito contra el profesor. Están pagando —denuncian, ofendidos— justos por pecadores. Y es verdad. Y es irremediable. El profesor está más ocupado en restablecer el orden que en dar clase, anda nervioso e irritable, se desfonda mientras que los alumnos se entorpecen entre sí. Como mucho se podrá imponer la disciplina estrictísima de un cirujano de hierro, que es un mal menor, muy mal y muy menor.
Queda demostrado que tan natural e imprescindible es el mérito singular como las comunidades. No cabe prescindir ni del individuo ni de la sociedad, ni de la iniciativa particular ni de la solidaridad comunitaria. Se retroalimentan y se salvan o se condenan mutuamente. Quien renunciase a las notas según el esfuerzo y el talento estaría hundiendo la enseñanza. Quien no tenga en cuenta la vitalidad grupal, estaría atomizando el fenómeno educativo hasta el punto de deformarlo y desintegrarlo.
Sería importante que los adolescentes entendiesen esta realidad. Primero, para que se hagan cargo del grupo. No es indiferente si las relaciones funcionan. Si los mejores desean ser buenos y brillantes, tienen que imponerse a las querencias centrífugas de los más despistados. Los mejores deben ser más fuertes y atractivos para imponer el tono de su aristocracia al grupo. Es una obra de misericordia porque esa supremacía acabará sacando lo bueno de los díscolos. Los pecadores, por decirlo con la expresión de la frase hecha, serán rescatados, como en el poema «Los justos» de Borges o como en el diálogo de Abraham con Yahvé por Sodoma: unos pocos pueden salvar a muchos. Si pasa al revés, los llamados justos, por ser débiles, pagarán, si no tanto como los pecadores, un buen peaje. No tendrían que haberse dejado robar el liderazgo.
Esta pequeña lección, si se aprendiese en los institutos, sería una ganancia cívica monumental. Porque las naciones también se rigen por esta ley de los vasos comunicantes que mejora y empeora a todos, a la vez que necesita del mérito individual de cada cual. Si los alumnos saliesen del aula entendiendo hasta qué punto —como tienen delante de sus narices— se compaginan, complementan, arrastran o elevan mutuamente, verían lo muchísimo que nos jugamos entre todos. Tendríamos ciudadanos más conscientes y comprometidos.