La casa del hombre
La casa del hombre
Por Carlos Esteban
13 de noviembre de 2025

De lo mejorcito de VOX, Carlos Hernández Quero, ha sido recientemente acusado por la izquierda de fascista y por los liberales de pitiminí de comunista, de podemita. Quero se ha atrevido a decir que la casa del hombre no es lo mismo que su corbata, que su suscripción a Netflix, que su abono al palco del Bernabéu.

La gloria y finura olvidadas de la disputa medieval, de ese verdadero Siglo de las Luces que fue el XIII, se resumía en una palabra común en tantos debates filosóficos y teológicos: «distinguo», el antídoto contra falacias y simplificaciones.

Se trata de recordar una perogrullada ausente en tantos de nuestras discusiones políticas: que unas cosas no son iguales a otras cosas y que las analogías, tan útiles en el razonamiento, tienen sus límites.

En la ingenua tabla de Excel del liberal, en la mentalidad economicista del pepero clásico de todos los partidos, la casa es como cualquier otro producto de consumo, quizá superior en grado, pero no distinto en naturaleza. Piensan lo mismo del trabajo del hombre, que por eso anhelan una sustitución poblacional que abarate ese atrabiliario factor de producción. Que lo que antes era el Departamento de Personal se llame ahora «Recursos Humanos» es un indicio claro de por dónde van los tiros.

Al tipo que se ha dado involuntariamente de baja del sistema, al marginal que duerme en la calle o en un albergue de caridad ocasional, los anglos lo llaman homeless, que aquí hemos traducido, perdiendo una sutileza fundamental, por «sintecho». Pero home no es techo; ni siquiera es propiamente «casa», sino «hogar», que es precisamente de lo que el sistema quiere despojarnos.

En cierto sentido obvio, la abrumadora mayoría de los españoles corre a convertirse en homeless literales. Con un techo sobre nuestra cabeza, sí, con una «solución habitacional» del algún tipo, por lo común precaria como un campamento de verano. Pero sin las condiciones mínimas para formar en él un hogar, para crear en él una familia.

Nos quieren sin hogar porque nos quieren nómadas, con esa «disponibilidad para viajar» que exigen tantas ofertas de trabajo. Nos quieren fáciles de mover, de trasladar, viéndonos como intercambiables piezas de lego con las que levantar sus templos consagrados a la cuenta de resultados y al dios PIB. Nada teme tanto nuestra sistema como las raíces.

Pero sin raíces no hay pueblo. No hay modo de construir nada grande si la gente no se asienta, si el pueblo no puede mirar a su alrededor y sentir lo que contempla como algo propio.

De lo que se ha dado cuenta Quero es de que el español se está volviendo doblemente homeless, si se me permite la insistencia en el barbarismo: sin ese hogar personal que se construye en una casa, idealmente en propiedad, y sin ese otro hogar colectivo que es la patria.

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