Nada ilustra mejor el estado de la nación que esas colas kilométricas ante los consulados de Senegal, Marruecos o Colombia. En ellas vemos los ejércitos de nuevos españoles —madrileños del Perú, dice Ayuso— que acuden al calor de la última regularización masiva de inmigrantes. Nos anuncian que son medio millón, pero después, reagrupación familiar mediante, serán muchos más quienes accedan a la nacionalidad.
Las televisiones muestran que la apertura del proceso de solicitudes colapsa las oficinas públicas. Es una invasión de BOE, legalizada en las moquetas del bipartidismo, homologada por sindicatos y patronal y bendecida por la Conferencia Episcopal. Es la coalición de la invasión que aplasta a los españoles más humildes que no entienden de tablas de Excel ni de pensiones que nunca llegarán. Son los hijos de los trabajadores que viajan en autobús y, como los de la ruta Huelva-Lepe, encuentran la violencia importada de otras latitudes.
Pero no permitamos que casos aislados empañen la fiesta del consenso. Todos tienen sus razones y en La Celestina leemos que cada uno cuenta la feria como le viene. Por eso la invasión la argumentan y justifican desde Inchaurrondo hasta Ayuso, que resucita a Vargas Llosa como si el metro fuera lleno de premios Nobel. Los progres hablan de humanitarismo y trabajadores que cuidan de nuestros abuelos (si antes no les dan matarile con la eutanasia) y los liberales dan lecciones de economía porque la mano de obra barata viene de cine a las grandes empresas.
A Ayuso hemos de agradecerle que ahora no recule, que tire adelante y se ponga chulapona hablando de su Madrid, a mitad de camino entre el distrito financiero, los machetazos y los cumpleaños senegaleses en Lavapiés. Ella dice que aquí caben todos los acentos y quien cuestione las fronteras abiertas es un socialista de derechas, retórica que nos va sonando a diosa griega rendida al mundillo Prisa. Madrid está de moda y ustedes están siempre enfadados.
Soltar estas cosas tiene su mérito cuando en España viven 10 millones de personas nacidas en el extranjero. En el año 2000 eran menos del 4% y hoy son más del 20%. Ni Ayuso ni la Conferencia Episcopal nos explican si todavía son pocas o si las fronteras sólo podremos defenderlas cuando ya no quede ni una cruz en pie.
También sería bueno que algún portavoz episcopal aclarara cuánto de cristiano hay en importar mano de obra barata y, en consecuencia, tirar por los suelos los salarios de los nacionales. Que nos digan cuánto de humanitario supone traer inmigración masiva y colapsar los servicios públicos, dificultar el acceso a la vivienda y poner a los españoles los últimos de la cola para obtener ayudas sociales. O por qué nunca hablan del derecho a no emigrar, a permanecer y prosperar en la propia patria. De la unidad cristiana de Europa ya hablaremos otro día.
Volvamos a lo terrenal. La última regularización llega cuando las listas de espera baten récord. Hay cinco millones de pacientes en la cola, casi un millón para someterse a una cirugía y cuatro millones para ver al especialista. Con estos números la izquierda aún hace patriotismo con los hospitales. Sin embargo, no hay un enemigo mayor de la sanidad pública que el PSOE, que ha degradado tanto el sistema que ha expulsado del mismo a los españoles que aún se pueden permitir un seguro privado. La semana pasada murió una mujer de 44 años que había acudido 12 veces a urgencias. Le habían dicho que no tenía nada, pero en realidad sufría un tumor en la pierna. Nada de esto lo verán en las televisiones del régimen, entretenidas en contarnos golpes de Estado imaginarios y agresiones ficticias contra el siniestro Gómez de Celis.
La paradoja es que el Gobierno del colapso, auténtica bicoca para las grandes corporaciones y enemigo del español corriente condenado a la precariedad, aún proyecta la imagen de garante de lo público, que para algo sirven los 28 millones que cuesta Broncano y los cientos que cuesta mantener La Sexta durante 20 años.
Casi nada de lo que se levantó en la segunda mitad del siglo XX queda en pie. La clase media agoniza y el salario más frecuente es el ingreso mínimo vital, que así llaman ahora a la ruina. Spoiler: dos millones de inmigrantes viven de las ayudas públicas.