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Iván Vélez (Cuenca, España, 1972). Arquitecto e investigador asociado de la Fundación Gustavo Bueno. Autor, entre otros, de los libros: Sobre la Leyenda Negra, El mito de Cortés, La conquista de México, Nuestro hombre en la CIA y Torquemada. El gran inquisidor. Además de publicar artículos en la prensa española y en revistas especializadas, ha participado en congresos de Filosofía e Historia.
Iván Vélez (Cuenca, España, 1972). Arquitecto e investigador asociado de la Fundación Gustavo Bueno. Autor, entre otros, de los libros: Sobre la Leyenda Negra, El mito de Cortés, La conquista de México, Nuestro hombre en la CIA y Torquemada. El gran inquisidor. Además de publicar artículos en la prensa española y en revistas especializadas, ha participado en congresos de Filosofía e Historia.

La conquistadora pluma de Blasco Ibáñez

23 de enero de 2022

Hasta el próximo mes de febrero, todos aquellos que pasen por Valencia tendrán la oportunidad de visitar la exposición, Blasco Ibáñez (1921-2021): una ploma que va conquistar el món, organizada por el ayuntamiento de la ciudad, en la que se reconstruye la trayectoria del escritor y se muestran diversos objetos relacionados con su quehacer.

Nacido el 29 de enero de 1867, Vicente Blasco Ibáñez, exitosísimo literato, es también un símbolo del republicanismo español. De hecho, el escritor valenciano estuvo integrado en el Partido Republicano Federal, militancia que le sigue granjeando las simpatías de gran parte del espectro izquierdista patrio, siempre entregado a una estructura, la federal, tan mitificada como indefinida dentro de quienes la reivindican. No parece, por lo tanto, descabellado pensar que esos atributos, los republicanos y los federalistas, sean los que le ha hecho a Vicente Blasco Ibáñez merecedor del homenaje de su ciudad natal, cuyo alcalde, Joan Ribó, subproducto del pancatalanismo, nunca ha escondido su pasión federalista. Pese a que esos pudieran ser los motivos subyacentes del homenaje de la ciudad a uno de sus más claros varones, lo que en el cartel anunciador se destaca es su pluma o, por mejor decir, el manejo que hizo de la misma. Con ella, don Vicente habría conquistado el mundo. Sin embargo, y aunque es indudable que ese instrumento fue el que le permitió dar forma a Sangre y arena o a Los cuatro jinetes del Apocalipsis, pero también a su El catecismo del buen republicano federal, lo que en el cartel no se dice es que la pluma que dio fama mundial a don Vicente, dejó a su paso grafos en español, idioma de cuyo uso se cuidan muy mucho Ribó y el equipo que le ayuda en su perfil de Twitter.

Si Blasco Ibáñez hubiera escrito su obra en valenciano, hoy probablemente no pasaría de ser una curiosidad literaria apenas tenida en cuenta por exquisitos estudiosos

Blasco Ibáñez sólo pudo adquirir talla mundial, sólo pudo «conquistar el mundo», por emplear las palabras que le acompañan al homenaje, mediante el empleo de una lengua de escala mundial, el español, hablado hace un siglo por el suficiente número de lectores y arropado por una industria editorial, radicada en gran medida en Cataluña, capaz de convertir la obra del valenciano en una fuente de guiones para Hollywood. Dicho de otro modo, si Blasco Ibáñez hubiera escrito su obra en valenciano, hoy probablemente no pasaría de ser una curiosidad literaria apenas tenida en cuenta por exquisitos estudiosos. Sin embargo, el autor de El caballero de la Virgen (Alonso de Ojeda), optó por el español, y no hay cartel redactado en lengua normalizada capaz de ajustarlo a los quicios catalanistas a los que se le quiere reducir. Entre otros motivos, porque esos quicios no sólo vienen determinados por cuestiones lingüísticas, sino también por la construcción de una historia-ficción que sirva para romper cualquier vínculo pasado entre los habitantes de la región valenciana y los del resto, singularmente Castilla, de España. 

En este último frente, en el de la manipulación del pasado, don Vicente carece por completo de utilidad para tan espurios propósitos, pues él fue quien en 1909 dio una serie de conferencias, todas ellas recogidas en un libro que Ribó no reeditará, en el bonaerense Teatro Odeón, en las cuales combatió con saña la leyenda negra. Unas intervenciones públicas que vinieron acompañadas por la fundación de una serie de colonias entre las que destaca la que bautizó como Cervantes, por el siguiente motivo: «En estos países de nuestro idioma aún no se le ha hecho justicia al autor del Quijote… Hace falta, pues, perpetuar su nombre en el país por una eternidad, para que viva siempre siquiera en labios de estas gentes…». En el proyecto de Blasco Ibáñez también tuvo cabida la fundación de Nueva Valencia, sita en la provincia de Corrientes, en la que se experimentaron sistemas de irrigación y se integró a los indígenas del Chaco junto a agricultores venidos de Valencia, con el propósito de llevar a cabo «una empresa seria de colonización para que el elemento español se haga dueño de la tierra y no vaya ésa cayendo en manos de italianos y alemanes como ocurre hasta ahora».

Palabras estas, que, de llegar a los oídos de los miembros de Compromís, es decir de aquellos comprometidos con entregar la región a las sectas catalanistas, algo que ya en su día denunció Blasco Ibáñez en su artículo «La lepra catalanista», provocarán una total conmoción, pues su objetivo es precisamente erradicar todo rastro cervantino y servir en bandeja al catalanismo la entrega de esas tierras. 

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