«Ser es defenderse», Ramiro de Maeztu
Gallega en Madrid. Periodista apasionada por la información, defensora de la libertad y de España. Redactora Jefe en El Toro TV y al frente de 'Dando Caña'.

La corona de cartón de Sánchez

26 de septiembre de 2025

Begoña Gómez acude este sábado a Plaza Castilla para que el juez, Juan Carlos Peinado, le comunique que será juzgada por un jurado popular por el delito de malversación. La clave está ahí: el juez no ha improvisado nada, no se ha inventado un procedimiento a la carta. La Ley del Jurado (artículo 1.2), redactada por un gobierno socialista por cierto, establece que los delitos de malversación deben juzgarse por un tribunal popular. Es decir: nueve ciudadanos sin toga ni birrete, que deciden por mayoría. Siete votos para condenar, cinco para absolver. No es capricho, es norma. Sin embargo, la maquinaria propagandística no pierde el ritmo. 

El juez, nos dicen, estaría humillando, persiguiendo o ejerciendo violencia judicial. «Violencia judicial» por aplicar literalmente el artículo 1.2 de la ley. Curioso, cuando conviene, el jurado popular es la máxima expresión de la democracia participativa. Cuando no conviene, es un instrumento de acoso fascista. Lo que conviene que hagamos es recordar. Fue el PSOE quien impulsó esta ley en los noventa. Fue la considerada izquierda intelectual la que se empeñó en que la malversación estuviera entre los delitos que debía juzgar un jurado. Y fueron otros quienes advirtieron de que era un tipo demasiado técnico como para dejarlo en manos de ciudadanos legos. Hoy, el guion ha cambiado: los socialistas reniegan de su propia criatura. ¡El PSOE víctima del PSOE!

Mientras tanto, la secuencia judicial avanza con ritmo vertiginoso. A entrega semanal y casi diaria. El hermano del presidente irá a juicio por corrupción. Su esposa se sentará ante un jurado popular. Su asesora y el delegado del Gobierno en Madrid también afrontan acusaciones. El fiscal general, nombrado por el propio Ejecutivo, se defiende en otra sala. Y todo esto en unas horas con un resultado demoledor, pareciéndose más Moncloa a la sala de espera de un juzgado que a cualquier otra cosa. 

El sanchismo, que llegó con la promesa de regeneración, exhibe hoy una imagen de pedigrí ético en entredicho. Sánchez insiste en que se presentará en 2027, seguro de repetir mayoría. Mayoría parlamentaria, se entiende, porque electoral no la ha tenido nunca. Y para la investidura, porque para lo que se dice legislar, no. De hecho, sigue gobernando a golpe de pacto con quienes quieren dinamitar la Constitución. ¿Qué nos puede ofrecer en 2027? Más feminismo, con leyes que han puesto en la calle a agresores o les han dado pulseras telemáticas de juguete; inmigración ilegal, con una delincuencia que desmiente el discurso buenista; una economía con un endeudamiento disparado; un mercado laboral que apenas muestra el drama de jóvenes o contratos parciales; o una política exterior entregada y rendida ante brazos terroristas como Hamás. Y sobre todo, un catálogo de contradicciones o «cambios de opinión» porque el Sánchez de hoy dirá lo contrario mañana, y en 2027 proclamará justo lo opuesto. Sánchez sigue a figuras como Putin o Maduro, que también se prepararon para eternizarse. El Rubicón ya está delante.

Será un tribunal de ciudadanos de a pie, corrientes, elegidos al azar, quienes juzguen a quienes actuaban como extraordinarios. Ciudadanos que también debieron serlo, porque Begoña Gómez no ocupa cargo público alguno, pero que se comportaban como parte de una realeza política. Por mucho que incomode al príncipe con un instituto de supervivencia ya nudo a cuestionar sus propias leyes cuando dejan de protegerlo. Y así llegamos a la constante de la trayectoria de Sánchez: gobernar sin legislar, legislar sin efecto, y resistir a toda costa aunque el país se desgaste. La década de Sánchez se perfila como el laboratorio de un poder vacío, un poder que ya no se concibe como medio de transformación, sino como fin en sí mismo. Maquiavelo lo escribió en El Príncipe: «Pocos ven lo que somos, todos ven lo que aparentamos». Sánchez lo ha entendido a la perfección: la apariencia como centro, la resistencia como programa, la contradicción como estilo de gobierno. La corona de cartón se sostiene todavía en la cabeza del príncipe. Pero conviene recordarlo: sin Sánchez, no habría un jurado citando a su esposa, ni un juez sentado frente a su hermano, ni escándalos de Ábalos, ni maletas de Koldo, ni fiscal general en los tribunales. Resistir, en este contexto, no es fortaleza: es la prueba de cargo más contundente. Sánchez se cree indispensable para España, sí lo fue para todos estos sumarios judiciales. Su corona es la coartada de los que van cayendo bajo su sombra.

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