«Ser es defenderse», Ramiro de Maeztu
Quince años en el diario líder de información económica EXPANSIÓN, entonces del Grupo Recoletos, los tres últimos años como responsable de Servicios Interactivos en la página web del medio. Luego en Intereconomía, donde fundó el semanario católico ALBA, escribió opinión en ÉPOCA, donde cubrió también la sección de Internacional, de la que fue responsable cuando nació (como diario generalista) LA GACETA. Desde hace unos años se desempeña como freelance, colaborando para distintos medios.

La corrupción cursi

23 de mayo de 2026

Lo primero que recuerdo de Zapatero, lo primero que advertí tras su sorprendente victoria electoral, es que era un cursi. Y un cursi es casi siempre un malvado. Declamaba con el tono más serio del mundo las frases más huecas y absurdas, frases propias de ese buenismo empalagoso que lleva décadas sembrando la desolación en Occidente mientras disimula bajo una melaza sentimental la codicia más criminal.

Róbame, pero no me cuentes que la tierra es del viento; atrácame, pero no me hables de «los cuidados».

No todas las corrupciones son iguales, ni de lejos. Y no hablo de cantidades: no es lo mismo sisarle a un rico que desplumar a un pobre.

Lo de Roldán, si alguien se acuerda, aquel primer director general de la Guardia Civil de paisano, se hizo infame no meramente por robar, sino por robar de los fondos destinados a los huérfanos del Cuerpo. Ahí aparecía ya algo especialmente repugnante: el saqueo de aquello que existe precisamente para aliviar la desgracia ajena.

La famiglia de indeseables que se ha instalado en el poder en España como un tumor maligno aprovechó la angustia de un pueblo aterrorizado por una presunta peste para forrarse con la venta de mascarillas; incluso alargó más allá de lo plausible la obligatoriedad de estos ridículos tapabocas para mantener el negocio. Esto es criminal sea cual sea la cantidad obtenida, es mil veces más grave que un exitoso atraco a Fort Knox.

Porque hay algo especialmente obsceno en el ladrón sentimental. El viejo corrupto clásico al menos conservaba cierta sinceridad moral. Robaba porque podía, porque mandaba, porque el mundo era así y él tampoco pretendía regenerarlo. El corrupto progresista moderno, en cambio, necesita presentarse como benefactor de la humanidad. Te mete la mano en el bolsillo mientras habla de solidaridad, resiliencia y cuidados. Vacía el país con una superioridad moral insoportable, convencido además de pertenecer al lado correcto de la Historia.

Zapatero inauguró en España ese tono maternal, pedagógico, terapéutico. La política convertida en una mezcla de anuncio de yogures y charla de orientador escolar. Todo eran sentimientos, talantes, sensibilidades, alianzas de civilizaciones y sonrisas beatíficas. Y detrás de aquel almíbar verbal empezaron a crecer algunas de las peores corrupciones morales y materiales de nuestra historia reciente.

Lo vimos durante la pandemia de manera obscena. Mientras millones de españoles veían cerrarse negocios, funerales, iglesias y vidas enteras; mientras ancianos morían solos y niños eran obligados a respirar durante horas detrás de absurdos trapos húmedos; mientras la población era aterrorizada diariamente con cifras y sermones, una parte de las élites políticas y empresariales descubría una oportunidad de oro para enriquecerse.

Y España, suicida, espera siempre a ver si el que roba es «de los suyos» o «de los otros» antes de indignarse o disculpar. Ya no juzgamos los hechos, sino la tribu. Si los nuestros saquean, gestionan. Si los otros roban, destruyen la democracia. Si el corrupto pertenece a nuestra parroquia ideológica, siempre habrá una coartada superior: el fascismo, la ultraderecha, el contexto, la emergencia, los derechos, los cuidados.

La cursilería política nunca es inocente, es el escudo de una codicia implacable.

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