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Nacido en Madrid, de madre inglesa, casado y padre de cuatro hijos, es un empresario, abogado y articulista que pasó más de una década inmerso en el mundo de la política madrileña. Sus pasiones son escribir, la empresa y la política.
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Nacido en Madrid, de madre inglesa, casado y padre de cuatro hijos, es un empresario, abogado y articulista que pasó más de una década inmerso en el mundo de la política madrileña. Sus pasiones son escribir, la empresa y la política.

La (des)memoria histórica empezó en el 37

España tiene una historia con muchas luces, pero con no pocas sombras. Tras la degradación del final de la monarquía alfonsina nació un régimen que generó mucha ilusión: la segunda república española.

Pero este nuevo régimen tomó, casi desde su inicio, una deriva deplorable. La quema de conventos, la desestabilización social, la violencia política y otras cuestiones lo llevaron al fracaso institucional y de ahí a la tragedia de la Guerra Civil. Entre esas otras cuestiones yo destacaría, como hace el profesor Velarde, un total abandono de las políticas económicas por parte de los sucesivos gobiernos republicanos.  

Al poco de iniciarse la Guerra Civil se desató una terrible violencia revolucionaria, y su intensidad fue especialmente aguda durante los primeros meses de la misma. En ese periodo se cometieron al menos cincuenta mil asesinatos.

El terror rojo está inspirado en el de la Revolución Francesa. Empieza desde abajo, de manera casi individual, y luego se institucionaliza. De ahí que variara mucho el número de asesinatos dependiendo del emplazamiento. Todo comenzó en Rusia y luego se exportó a varios países más, como España. Su objetivo era muy simple: el asentamiento de una clase revolucionaria mediante la aniquilación del resto de las clases sociales.

El “guerracivilismo” como estrategia electoral, lamentablemente divisoria,  sigue siendo una constante socialista

Ya en 1934, Largo Caballero arengó que “la revolución no se hace con gritos de viva el socialismo, viva el comunismo o viva el anarquismo. Se hace violentamente.”  En palabras de Félix Torres, el terrible señor de la guerra de Valdepeñas, “hay que aniquilar hasta la quinta generación de derechistas”.

La violencia más terrible duró más o menos ocho largos meses, desde el verano de 1936 hasta febrero de 1937, hasta que la opinión pública internacional se hizo eco del terror rojo, y ante el desprestigio que ello suponía para el gobierno de la república y sus esfuerzos para recabar ayuda exterior.  Entonces el gobierno ordenó detener la despiadada aniquilación del enemigo (otro signo de institucionalización) y culpar de lo sucedido a los comunistas, en general.     

En este punto hay que señalar la habilidad del PSOE (pues fueron socialistas en su gran mayoría quienes implantaron el terror rojo) para responsabilizar a los comunistas -muy minoritarios y mucho menos inquietos y susceptibles- ante la opinión pública internacional. Esta antorcha -por llamarla de alguna manera- la recogería incluso la propaganda franquista, que responsabilizó a los comunistas del terror rojo.  

El camuflaje, como lo denomina Bollotten, fue el intento de negar la revolución y presentar la violencia como parte de la lucha de una democracia contra el fascismo.  

La guerra civil es aún una cuestión muy controvertida y politizada. No en vano son muchos los votantes que incluso hoy en día se adscriben a la derecha o a la izquierda por razones meramente familiares. Esta tradición familiar se remonta a la II república, aunque poco a poco nos estemos modernizando y el voto empiece a ser motivado por razones más allá de lo que hicieron nuestros abuelos y bisabuelos, como la ideología y los programas políticos, la economía o el balance de gestión. Pero el “guerracivilismo” como estrategia electoral, lamentablemente divisoria,  sigue siendo una constante socialista.

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