«Ser es defenderse», Ramiro de Maeztu
La Gaceta de la Iberosfera
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Hughes, de formación no periodística, es economista y funcionario de carrera. Se incorporó a la profesión en La Gaceta y luego, durante una década, en el diario ABC donde ejerció de columnista y cronista deportivo y parlamentario y donde también llevó el blog 'Columnas sin fuste'. En 2022 publicó 'Dicho esto' (Ed. Monóculo), una compilación de sus columnas.
Hughes, de formación no periodística, es economista y funcionario de carrera. Se incorporó a la profesión en La Gaceta y luego, durante una década, en el diario ABC donde ejerció de columnista y cronista deportivo y parlamentario y donde también llevó el blog 'Columnas sin fuste'. En 2022 publicó 'Dicho esto' (Ed. Monóculo), una compilación de sus columnas.

La doble vuelta del PP

9 de julio de 2024

En unas declaraciones, Borja Sémper pedía ayer que la política volviera a ser aburrida. Es el «no se meta en política», el «dejémosla a los que saben» de los Del Río, o sea, más rajoyismo, que aquí venimos los tecnócratas. Pedir aburrimiento estando como está el mundo resume una actitud ante el, digamos, hecho democrático.

La recepción de las elecciones francesas son otro ejemplo. Los medios progubernamentales (ibexquierdistas) siguieron aquí con su delirio de escena de Casablanca, gente que detiene a los nazis cantando La Marsellesa. No hemos pasado de Hollywood y últimamente ya ni siquiera de Netflix. En realidad, ellos miran a Francia como se mira a un aprendiz, pues aquí no han necesitado ese nivel de inmigración para desarrollar una fuerza antinacional. Lo han hecho con los autóctonos.

El mundo pepero, por su parte, acogió con característica gravedad el ascenso de la izquierda, la habitual mezcla de miopía y pomposidad («Es el fin de la V República»; si solo fuera eso…). Ya tienen los Federicos otro comunismo, el islamocomunismo, para vender el librillo. El islam sería como Putin, lo mismo fascismo que comunismo. Tocaba, pues, meter miedo ahora con la victoria izquierdista e islamista sin enfocar demasiado al pirómano Macron o el papel de Los Republicanos, el PP de allí.

Porque no es que ganara la izquierda, es que a ello colaboraron unos y otros muy activamente. Ese pequeño detalle se ha ido orillando en la terrible peperosfera, los norcoreanos del «humanismo liberal». Pareciera que la izquierda ha ganado por las palabras de Tchouaméni y no por una epocal cesión del institucionalismo ni por algo que va mucho más allá: la real coincidencia de intereses entre las izquierdas, el centro y la derecha de la alternancia de posguerra, las tres, en ataque conjunto a lo nacional, a la estructura de lo nacional. Esa coalición en apariencia disparatada y oportunista contra ‘la ultraderecha’ en el fondo no lo es tanto, y tiene más sentido y razón de ser de lo que nos han contado (que nos han contado poco). No ha sido solo un ataque «jupiterino» de Macron, sino algo dramático y colectivo, entre la rendición y el engaño, que quedaría como una traición legendaria si nuestro tiempo aun fuera capaz de forjar tal cosa.

El PP, que participa en el mismo volantazo globalista, no puede criticar mucho a Macron porque quiere ser Macron, liderar esa ensalada centrista, confundirse con las instituciones, mangonearlas y vivir electoralmente del miedo «a los extremos», para lo cual necesita acabar con la política.

Francia ha sido muy ilustrativa para ayudarnos a entender el comportamiento del PP, también un poco a «doble vuelta». Hace ese uno-dos que hemos visto allí. Primero participa del miedo y rechazo a la «extrema derecha» en connivencia cínica con las fanfarrias mediáticas del PSOE y luego capitaliza el miedo al comunismo, al wokismo y la inmigración que ellos mismos han ayudado a elevar. Para una cosa usan la palabra «moderación»; para otra el comodín «liberal».

La gran y descacharrante operación de Macron y el papelón de Los Republicanos (les peperois) nos han permitido reconocer en su esquema algo que nos resulta familiar, el mismo actuar del PP, que contiene siempre esos dos tiempos. Mientras ejecuta el doble movimiento, ese egipcio ideológico, ese gritito bifronte, su auténtica preocupación —y ahí se acaba la moderación— es que en España no crezca una tercera voz nacional apegada a la realidad y a lo popular.

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