(Madrid, 1966), licenciada en Derecho por la UCM. Compagina su profesión de asesoría de empresas con colaboraciones en Ataraxia Magazine, El Toro TV y la Fundación Denaes. Española por la gracia de Dios.

La empanada autonómica de toda la vida

A estas alturas de siglo, de año, de mes y de día, me arriesgo a decir que el sistema autonómico no sólo conduce al caos, sino que es el caos en sí mismo. Esta afirmación, que no deja de ser una opinión más o menos acertada amparada por el derecho a la libertad de expresión -hay que recordarlo todo-, constituye, hoy en día, una herejía merecedora de auto de fe inmediato. La nueva inquisición democrática es implacable.

Así pues, es lícito que el vicepresidente del Gobierno de España eche espumarajos por la boca desde la tribuna del Congreso contra la monarquía parlamentaria y contra el rey, pero expresar en público que las autonomías son un desastre equiparable al de la muy cantonal I República y que te espeten un “vade retro, fascista, aléjate de mi democrática sensibilidad”, es todo uno. 

La propuesta de la izquierda desde hace años es muy clara: un Estado federal, plurinacional, republicano y social (totum revolutum de manual). Y en eso están

Que hace 40 años a los padres —madres creo que no hubo ninguna— de la Constitución les pareciera una idea muy moderna organizar el Estado en 17 comunidades autónomas —haciendo gala unos de una ingenuidad digna de mejor causa y otros de una gran astucia—, no significa que no podamos ya hacer balance del resultado; no sin antes ponernos a cubierto porque, insistimos, cuestionar el modelo autonómico es cuestionar la democracia. Así, del tirón.  Cualquier otra opción organizativa del Estado que no pase por un autonomismo destinado a convertirse en federalismo o más allá -este más allá es el proyecto, cuidado- es franquista. Siguiendo su argumento, la sacrosanta República Francesa no es democrática.

Inmerso en esta distorsión de ideas y conceptos -lo que de forma coloquial se llama empanada mental de toda la vida-, cuando el progre pata negra habla de federalismo, derecho a decidir de los pueblos o plurinacionalidad, alcanza el éxtasis democrático al más puro estilo Zerolo. En España ha cuajado la idea de que el federalismo es la solución de todos los males y las autonomías han sido el preludio necesario; ¿cómo pues atreverse a cuestionar tan loable propósito? La propuesta de la izquierda desde hace años es muy clara: un Estado federal, plurinacional, republicano y social (totum revolutum de manual). Y en eso están; caiga quien caiga y sea como sea. El fin justifica los medios. 

Llevamos nueve meses de descoordinación, confusión y letales errores que han hecho que los estragos del virus sean mayores

El hecho de que el federalismo sea una forma más de organización y creación de un nuevo Estado, mediante el cual se unen comunidades diferentes y separadas entre sí, que ceden de manera voluntaria su soberanía -la cosoberanía no existe, idiota, que diría aquel- a un ente superior -el nuevo Estado- es un detalle menor.

En España proponemos el camino inverso: separamos lo que ya estaba unido desde hace siglos y que parió un Imperio, para federarnos; pero ni siquiera en términos de igualdad, sino siguiendo el invento de Pascual Maragall: el federalismo asimétrico. Es decir, un Estado con ciudadanos de primera, de segunda y de tercera en función de su lugar de nacimiento. Esta esperpéntica idea que en cualquier sitio del mundo se llamaría ultraderecha, en España se llama progresismo. Y al único partido que se opone a los privilegios de unos territorios sobre otros, se le denomina ultraderecha y se le hace cordón sanitario. Cosas veredes, Sancho, que non crederes.

Tenemos 17 miniestados centrifugando a mil revoluciones por minuto, disparando leyes ideológicas en todas direcciones trufadas de un identitarismo de alto voltaje

Federalismo aparte y tomando las autonomías como mero ensayo, estamos en condiciones de decir que sus logros políticos son tan descriptibles como mejorables. Tenemos 17 miniestados centrifugando a mil revoluciones por minuto, disparando leyes ideológicas en todas direcciones trufadas de un identitarismo de alto voltaje —aquí el más tonto hace relojes y se saca un idioma de donde no lo hay si hace falta— y cuya aplicación es como el chiste: ¿Y de cara? Carísima. 

La cohesión nacional —asociada también al franquismo, faltaría más— ha desaparecido, como es lógico, y ha sido sustituida por la desleal y cainita competencia entre regiones que se ha manifestado de forma dramática durante la pandemia. Llevamos nueve meses de descoordinación, confusión y letales errores que han hecho que los estragos del virus sean mayores. La cesión por parte del Estado de la competencia de Sanidad a las comunidades autónomas lo ha vaciado de la capacidad y estructura necesaria para ejercer el imprescindible mando único que las circunstancias requieren de forma eficaz en materia sanitaria. Si unimos a esta terrible falla estructural, el Gobierno más inepto y maligno que hemos sufrido en España en muchos años y los intereses políticos de las taifas con un virus mortal y desconocido, nos da como resultado una cifra de muertos que pasa de los sesenta mil. Hay motivos para pensar que la tragedia hubiera sido menor en otras condiciones.

El modelo autonómico constituye el mayor fracaso político de la democracia. Lo que podía haber sido un éxito de gestión descentralizada más ágil para el ciudadano y más eficiente para el Estado, se ha convertido en el cáncer de España: desigualdad manifiesta entre regiones, división entre españoles, gasto público inasumible, enormes redes clientelares creadoras de voto cautivo, propagación de nacionalismos, corrupción y, en suma, la balcanización de España.

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