«Ser es defenderse», Ramiro de Maeztu
Itxu Díaz (La Coruña, 1981) es periodista y escritor. En España ha trabajado en prensa, radio y televisión. Inició su andadura periodística fundando la revista Popes80 y la agencia de noticias Dicax Press. Más tarde fue director adjunto de La Gaceta y director de The Objective y Neupic. En Estados Unidos es autor en la legendaria revista conservadora National Review, firma semalmente una columna satírica en The American Spectator, The Western Journal y en Diario Las Américas, y es colaborador habitual de The Daily Beast, The Washington Times, The Federalist, The Daily Caller, o The American Conservative. Licenciado en Sociología, ha sido también asesor del Ministro de Cultura Íñigo Méndez de Vigo, y ha publicado anteriormente nueve libros: desde obras de humor como Yo maté a un gurú de Internet o Aprende a cocinar lo suficientemente mal como para que otro lo haga por ti, hasta antologías de columnas como El siglo no ha empezado aún, la crónica de almas Dios siempre llama mil veces, o la historia sentimental del pop español Nos vimos en los bares. Todo iba bien, un ensayo sobre la tristeza, la nostalgia y la felicidad, es su nuevo libro.

La enfermedad del trabajo

12 de febrero de 2026

El trabajo ha sido muchas cosas a lo largo de la historia de la humanidad, pero nunca ha sido un placer. En el principio de nuestra dolorosa existencia, Dios dijo al hombre aquello de «comerás tu pan con el sudor de tu frente». Más tarde se inventó el socialismo y llegó parafraseando a Dios: «Comerás tu pan con el sudor del de enfrente». Y en la tensión entre quién debía de sudar nos hemos pasado la vida en la contienda de las ideas. 

La Grecia clásica dejaba el trabajo manual para los esclavos y el ocio para los nobles. Si cambias «esclavos» por «clase media» y nobles por «cargos políticos» tienes una fotografía bastante fidedigna de la España de Sánchez. El cristianismo le dio un sentido a esa tortura de levantarte al alba y empezar a cotizar, sobre todo con la llegada de la regla de San Benito: ora et labora. Al menos había una razón de peso para doblar el lomo, alcanzar el paraíso soñado.

Pero lo justo es admitir que a nadie le gusta ir al curro. Imagino que Tesalónica se parecía bastante a la España de 2026. Muchos cristianos estaban tan convencidos de la venida inminente de Cristo, que habían decidido tumbarse a la bartola y vivir del cuento, algo que visto con perspectiva no parece la mejor manera de llegar al Juicio Final, pero no intentes explicárselo a los tesalonicenses. San Pablo hizo entonces lo que debería hacer en tal circunstancia un ministro de trabajo responsable, y fue el primero que plantó cara al absentismo laboral: «El que no quiera trabajar, que no coma».

En torno al siglo XVI aparece el trabajo como identidad vocacional, germen de lo que los cursis llamaron más tarde autorrealización personal. En teoría puedes trabajar en algo que te guste, en la práctica, mi gozo en un pozo, hay poquísimas plazas vacantes para ser probador de colchones. 

La época de las revoluciones industriales tan sólo fue caldo de cultivo para ideas criminales, en lo que al trabajo y la economía se refiere, que alcanzaron su punto álgido de deificación del vago con la llegada del marxismo, el comunismo, o su hermano tonto, el socialismo.

Hoy podemos afirmar que ya todo el mundo ha aprendido lo básico sobre la contienda laboral, que es darle la vuelta a la idea de San Pablo: el que quiera comer, que trabaje. Lo que la nueva izquierda europea ha venido a aportar es un matiz tan importante como deprimente: el que quiera comer, que trabaje el doble, porque la mitad se lo va a llevar a Hacienda. Y la prueba de que la mayoría ha entendido bien el problema es que hay mucha más gente quejándose de Hacienda que de su trabajo. 

Esto es, resumiendo mucho, lo que ha sido la historia de las ideas en torno al trabajo desde Adán y Eva hasta hoy. Pero tenemos novedades. Ahora una célebre pensadora de Fene acaba de abrir un melón inédito en toda la historia del pensamiento: el trabajo como enfermedad. Como lo oyen. La ministra de Trabajo ha expuesto su teoría instando a la gente a que no trabaje, quizá proyectando lo que ha sido su propia e inédita vida laboral hasta que le tocó el Gordo del ministerio en la lotería de Sánchez. 

Denuncia Yolanda que en la sede de su ministerio hay estrés «climático y térmico». Desconocemos por qué demonios no baja la calefacción. Y expone a continuación que el trabajo «desgasta y enferma». La ministra responsable del empleo en España dice que el trabajo es «hoy un lugar peligroso para millones de personas trabajadoras»; aclaro que «personas trabajadoras» es la estúpida expresión que utiliza nuestra eminencia para evitar tener que recurrir a la tríada, aún más estúpida, de trabajadores, trabajadoras, y trabajaderes. Lo bueno de los comunistas, al menos para sus intereses, es que crean un problema que nadie tenía y entonces buscan una solución que nadie necesitaba. Y eso lo hacen también con el lenguaje.

Yolanda, en fin, durante la firma de su nuevo papelito sobre riesgos laborales, ha sido tajante y ha llevado su tesis de que el trabajo es una enfermedad hasta las últimas consecuencias: «No podemos normalizar el agotamiento». He aquí la primera ministra de Trabajo de la historia que advierte a los trabajadores que, o deponen inmediatamente su actitud de madrugar cada mañana, o terminarán sucumbiendo a la gravísima enfermedad del cansancio. Las autoridades sanitarias advierten que el trabajo perjudica seriamente la salud. En Tesalónica sería aclamada por las masas. Honor a Yolanda. Esa cabeza es un maldito parque de atracciones.

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