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Hughes, de formación no periodística, es economista y funcionario de carrera. Se incorporó a la profesión en La Gaceta y luego, durante una década, en el diario ABC donde ejerció de columnista y cronista deportivo y parlamentario y donde también llevó el blog 'Columnas sin fuste'. En 2022 publicó 'Dicho esto' (Ed. Monóculo), una compilación de sus columnas.
Hughes, de formación no periodística, es economista y funcionario de carrera. Se incorporó a la profesión en La Gaceta y luego, durante una década, en el diario ABC donde ejerció de columnista y cronista deportivo y parlamentario y donde también llevó el blog 'Columnas sin fuste'. En 2022 publicó 'Dicho esto' (Ed. Monóculo), una compilación de sus columnas.

La larga aceptación de Le Pen

7 de julio de 2024

Hoy vota Francia y volverá a «luchar contra el fascismo». Para ello se ha formado la pinza, la pince, la auténtica. Cuando vean a un individuo presumir de contracultural, rebelde antifa, defensor de nuestrosderechos, artista bohemio, intelectual comprometido o payaso deconstruido «luchando» contra cosas tenga claro que estará ante un socio político y aliado de la banca nacional (gran oxímoron) y, por supuesto, de todos los poderes fácticos y fáusticos.

Francia nos trae un mensaje del futuro: esto es una sociedad «inmigrada», y España le devuelve otro: esto es lo que pasa cuando gobierna el Frente Popular, los titiriteros contraculturales del dinero.

La alianza o pince francesa no podría ser si no contara con el apoyo del sistema electoral y político. Las democracias europeas son regímenes liberal-parlamentarios donde la palabra democracia está todos los días en boca de todo el mundo pero en ningún sitio más. «Democracia liberal», para ellos, significa algo así como: habrá democracia mientras ganemos nosotros. Cuando el populacho se separa del plan señalado, entonces lo democrático empieza a picar, a producir eccemas. Todos los sistemas europeos tienen dentro el truco para que el pueblo elija pero no mucho. La particularidad del francés es que el gran truco aparece al final con la grandiosidad escénica de la segunda vuelta.

Parece muy probable, según los expertos, que ganen los contrarios a Marine Le Pen y que por tanto triunfe lo que allí se ha llamado «diabolización», la estigmatización de su partido (Agrupación Nacional). No sólo se mantendrá, es de suponer que será reforzada con cambios institucionales y nuevas restricciones al discurso.

La diabolización forzó en Marine Le Pen algo muy distinto a la resignación; provocó, en correspondencia, un fenómeno paralelo y contrario: la necesidad de ganar «respetabilidad». Ganar cuotas de aceptación a través de un proceso evolutivo que en su caso, además, arrancaba de lejos y de una marca familiar, el Frente Nacional, vinculada a su propio apellido.

La llamada extrema derecha francesa, se ha explicado mucho ya, supera el esquema izquierda-derecha. Ese eje se sustituye por otras oposiciones. El partido de Le Pen gana en las zonas industriales, entre los trabajadores. No es sólo el partido de clases medias tradicionales portadoras de valores burgueses, también es el de los obreros. El derecha versus izquierda se transforma en una protesta de los de abajo contra las élites, de los perdedores en la globalización contra los ganadores (que en defensa propia sí se agarran al derecha-izquierda con un discurso único de liberalismo económico).

El mensaje de Le Pen toma formas nuevas. Francia se convierte en un archipiélago de pocas ciudades favorables a Macron y la izquierda en un mar provincial lepenista. Los que ya viven en un mundo global urbano contra los que aún habitan el país; por eso AN, partido de la Francia provincial, es también portador de identidad, una identidad francesa fácil de oponer a los varios identitarismos. Esto desemboca en un republicanismo que corre paralelo al proceso de suavización-renuncia-negociación ideológica. Se ha señalado, por ejemplo, cómo el partido de Marine Le Pen fue adaptando su mensaje contrario a la inmigración. De unas lejanas apelaciones etnoculturales en tiempos del padre, se pasó a una preocupación por el impacto de la inmigración en el mercado de trabajo y luego, con los problemas de convivencia con el islamismo, a una defensa de la laicidad y los valores republicanos. Bardella, candidato de Le Pen, describía estos días las elecciones como una batalla «existencial» entre el orden republicano y la insurrección. El partido de Le Pen, finalmente, como partido salvador de una República que hace todo lo posible por rechazarle.

En el viaje hacia la «respetabilidad», Le Pen puede contar con las mujeres. Al contrario de lo que sucede con otras derechas, su partido no es castigado por el voto femenino. Ella incide en las dificultades a las que la vida actual somete a la mujer, mujer-madre, y ha apoyado la constitucionalización del aborto.

El símbolo de este viaje hacia la aceptación quizás sea la situación de los judíos en Francia. De los tics antijudíos de cierta derecha francesa en tiempos del viejo Le Pen se ha pasado a una situación opuesta y hasta impensable provocada por la posición de la izquierda sobre Gaza y el crecimiento del llamado islamoizquierdismo. El nuevo frente popular es visto como «una amenaza para los judíos de Francia», según un manifiesto firmado por cien escritores e intelectuales esta semana. Si este frente popular, en alianza anti Le Pen, es la amenaza, a sensu contrario la opción refugio para el judío francés sería ahora la llamada «extrema derecha».

Cada cierto tiempo, miles de años, los polos se invierten. Los ciclos solares y magnéticos son también políticos. El proceso de transformación de Marine Le Pen es una obra considerable que quizás deba continuar a partir de mañana.

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