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Hughes, de formación no periodística, es economista y funcionario de carrera. Se incorporó a la profesión en La Gaceta y luego, durante una década, en el diario ABC donde ejerció de columnista y cronista deportivo y parlamentario y donde también llevó el blog 'Columnas sin fuste'. En 2022 publicó 'Dicho esto' (Ed. Monóculo), una compilación de sus columnas.
Hughes, de formación no periodística, es economista y funcionario de carrera. Se incorporó a la profesión en La Gaceta y luego, durante una década, en el diario ABC donde ejerció de columnista y cronista deportivo y parlamentario y donde también llevó el blog 'Columnas sin fuste'. En 2022 publicó 'Dicho esto' (Ed. Monóculo), una compilación de sus columnas.

La monarquía del Madrid

5 de junio de 2024

Horas después de la victoria madridista en Londres, llegaban unas palabras de Mourinho dichas en algún medio inglés. Eran más o menos así: «El Madrid es Florentino, José Ángel Sánchez, el ojeador y Ancelotti. Simple. Por eso ganan».

Incidía en algo organizativo. Un poder muy concentrado, poco burocratizado, con áreas muy claramente definidas. La separación oficinas-césped (un poco el Iglesia-Estado del fútbol) le costó mucho a Florentino, pero lo consiguió y ha creado una simbiosis balón-balance, una organización, a la vez ejecutiva y estratégica, capaz de tomar decisiones a largo plazo sin apenas fugas de información.

El Madrid parece una de las pocas cosas que van bien en España. Va tan bien que no parece ya de aquí. Un club que asombra al mundo por su innovación, liderazgo y éxitos dentro de un país decadente que tiende a lo bananero.

¿Por qué?

Quizás haya algo en esa organización. El Madrid siempre fue un club presidencialista. Muchos lo son, pero el Madrid lo fue especialmente. Su historia está definida, más que por los jugadores o los entrenadores, por los presidentes: Santiago Bernabéu y Florentino Pérez, sobre todos los demás. 35 años estuvo el primero, 21 lleva el segundo. Más de medio siglo en dos «reinados», en dos monarquías gerenciales, patriarcales incluso.

El Madrid es el producto principal de la genialidad organizativa y visionaria de estos dos hombres en dos épocas distintas. Bernabéu refundó el club en los 50, inventó un equipo, un estadio, casi un concepto de masa, la copa de Europa y un código ético y deportivo que marcó el deporte más importante del mundo.

La obra de Florentino aun está en proceso, y es por todos conocida. Florentino ha vuelto a refundar el club sobre una imitación creativa del modelo de Bernabéu.

En lo clubes manda un presidente, pero el Madrid ha sido especialmente presidencialista; ha mandado siempre mucho una persona, con sus aciertos y errores, dando al club una impronta personal, como una proyección de sí. Y ha ido bien. No hay asambleísmo ni consenso. Las decisiones han sido de un presidente, un CEO o monarca.

En España, como gobierno, nada de lo que ha decidido Florentino sería posible porque, en primer lugar, no lo permitirían las otras patas del consenso. Sus ideas avanzadas, rupturistas, arriesgadas, retadoras, habrían despertado el recelo y la negativa de algún sector del consenso, fuera el que fuera. Estos presidentes, sin embargo, han podido decidir como un monarca, como un moderno innovador empresarial plenipotenciario o como un presidente elegido por el pueblo, no por un grupo de partidos al reparto.

El presidencialismo del Madrid (con algunas lagunas) ha ido bien, e invita a observar las similitudes que mantiene con la vieja monarquía (donde el Rey manda, incluso en casa), con el moderno CEO o, mejor, con un presidente elegido de modo directo, que no sale del pacto consensuado ni se debe a facciones que lo eligen. Un hombre libre, un mandatario con cheque en blanco otorgado democráticamente por «la masa social».

En el Madrid, es curioso, se da la mano un presidencialismo muy marcado con una legitimación democrática y antigua, de club deportivo tradicional. No es Sociedad Anónima, es viejo club. Al presidente del Madrid lo eligen los socios. Hay un instante democrático que se ha de renovar. Si salen mal dadas, en cuatro años el presidente puede ser sustituido.

Hay, además de la presidencial, de ejercicio, por tanto, una segunda soberanía o soberanía anterior que es la de los socios. Ellos puede «aparecer» cada cuatro años (o manifestarse mediante provocatio en el estadio, cosa ya imposible). Los socios formarán la asamblea, pero no decide la asamblea. La asamblea y cualquier otro órgano de inspiración liberal tienen unas funciones menores en el club. La conexión principal de la soberanía madridista es la relación entre los socios (el pueblo) y el presidente elegido de modo directo.

Luego hay formas de control: la asamblea, compromisarios, el plebiscito semanal del campo, etc.

Así que hay unos socios dueños del club. Esta es otra particularidad del Madrid: la conservación del modelo de club tradicional, no mercantilizado, no bursátil. protegido aun de los flujos financieros. Esto probablemente cambie, pero es fundamental mantener una forma no exclusivamente mercantil-empresarial en la que haya algo parecido a la «nación madridista». Un pueblo, una masa dueña del club. Dueña de un modo no ejecutable, no realizable. No pueden repartirse el club, venderlo, aprovecharse. Solo pueden mantenerlo. Recibirlo y entregarlo; dueños en la transmisión, en la responsable continuidad.

Ese elemento nacional, soberano, popular, tradicional que conserva el Madrid (y que debe seguir conservando) es la fuente de donde nace la legitimidad que por elección directa recoge el presidente que, desde entonces, manda completamente. Ahí puede volcarse el genio personal, creativo.

(Si no existiera ese venero previo, ese demos madridista, esa masa social, ese pueblo madridista, esos socios, la púrpura presidencial y su legitimidad sería otra, distinta, menor).

Pero reparemos en que, junto a ese modo de ser antiguo, lo más grande que ha hecho el Madrid lo han hecho sus presidentes. Ni sus futbolistas ni sus entrenadores.

Ahí pudo desarrollarse la genialidad austria, gerencial, innovadora de Bernabéu y de Florentino.

¿Nación y presidencialismo? ¿Pueblo y monarquismo moderno?

En el Madrid se prolongó una forma de monarquismo moderno (uno manda) o de presidencialismo cuando en España dejó de ser posible. Ahí están los resultados.

Hay más cosas., para acabar.

Hay una pauta moral, el «señorío», una forma de hidalguía (sobre la que hubo un interesante debate cuando Mourinho, cuestión para otro día). El señorío se desparrama en valores, en una especie de moderna cultura corporativa. Los ancianos de la tribu ocupan un lugar de honor, reverenciado. Hay un cultivo obsesivo de la propia tradición (por favor, un lugar y respeto para el viejo himno) que no solo se cuida sino que se amplía, con una gran tendencia a la ritualización. Todo es historia (la historia madridista es casi tan importante ya como la propia masa social, en cierto modo va sola, decide, «vota», refrenda o rechaza). Y hay un sentido «imperial» de ser, una lejanísima reminiscencia (el Madrid nace en 1902, reciente aún…). El español, cuando está el Madrid por medio, no sale el mundo solo a verlo o a ser uno más, sale a protagonizar, sale a participar, sale a darle forma. Lo que decía Gustavo Bueno. «Intervenir en una acción realmente universal». No solo gana. Vence, domina, crea, inventa. Lo hizo con la Copa de Europa y lo hará con la Superliga, lo que también es otra forma de ser respecto a Europa. El Madrid necesita desdoblarse: lo provincial-español no le es suficiente, necesita encontrarse y ser en Europa, en el encuentro y combate con otros equipos del continente. Pero no necesita ser homologado, ni ser admitido. El Madrid es naturalmente europeo, de un modo casi bifronte: hispanoeuropeo. Se termina de definir en el continente. Pero no de forma sumisa sino de un modo engendrador y particular, con su modo propio. No acude a Europa a recibir órdenes, sino a darle forma como un primus inter pares.

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