«Ser es defenderse», Ramiro de Maeztu
Periodista, escritor e historiador. Director y presentador de 'El Gato al Agua' de El Toro TV.

La nación, último fortín de las democracias

20 de enero de 2026

Úrsula von der Leyen ha escenificado la firma del acuerdo de la UE con Mercosur en un vistoso acto a mayor gloria de la propia Úrsula. Todos estaban allí muy contentos. No es para menos: hay gente que va a ganar mucho dinero. Entre esa gente, lamentablemente, no se encuentra el europeo común, cuya vida, por el contrario, va a ser sensiblemente peor: se alimentará con productos de menos calidad, verá cómo el sector agropecuario de nuestros países se desmorona definitivamente y asistirá también al devastador espectáculo de la globalización, que consistirá en que nuestras industria automovilística y química —especialmente estas dos— aumentarán su producción para vender allá, y eso parecerá bueno hasta que las industrias mismas se trasladen a suelo suramericano, como ha pasado siempre en todos los procesos de este género. Lo más notable es que esta decisión, que va a cambiar nuestras vidas, no se nos ha consultado en absoluto, aún peor, se ha mantenido deliberadamente al margen del debate público. Al fin y al cabo, ¿a quién le importa el pueblo?

Cuando se habla de «crisis de la democracia», normalmente se pone la atención en los aspectos procedimentales: los procesos de selección de candidatos, los sistemas de elección, el excesivo peso de los aparatos de los partidos, el carácter más o menos artificial de la representación, la moralidad de la gestión pública, etc. Todo eso es muy importante, qué duda cabe, pero quizá cabría preguntarse si la crisis de la democracia no reside más bien en el propio objeto de la elección. La democracia es un sistema de participación popular en el poder. Pero el hecho es que, en el último cuarto de siglo, las grandes decisiones que más han afectado a nuestra vida colectiva han quedado completamente al margen del voto popular. Nadie ha sometido a elección en Europa la inmigración masiva, ni el cambio de modelo energético, ni el desmantelamiento de la agricultura, ni las consecuencias de la política del Banco Central Europeo, ni las políticas «de género» o LGTB o «climáticas», ni la transformación de la OTAN en fuerza multinacional al servicio de los Estados Unidos, ni el viraje de la Unión Europea hacia una suerte de alianza político-militar, ni… el acuerdo con Mercosur. Todas esas decisiones, que han afectado profundamente a nuestras naciones, se han tomado al margen del marco nacional y al margen del voto popular. Dicho de otro modo: todas las políticas globalistas son estrictamente anti-democráticas. Y resulta que todas las políticas de la UE son esencialmente globalistas.

Claro que estamos ante una profunda crisis de las democracias europeas, pero no (o no sólo) por los aspectos procedimentales, sino, muy en primer lugar, porque el pueblo no ha pintado nada en las cosas más importantes que nos han pasado. De poco sirven los procedimientos más limpios, éticos y garantistas del mundo, si lo que al final se vota es irrelevante. ¿Qué es realmente lo que nos deja votar? Las grandes decisiones han sido y siguen siendo tomadas por una suerte de oligarquía, frecuentemente sin rostro, de la que nuestros políticos sólo son la cara visible. Esa oligarquía responde a intereses de tipo «global» que permanecen ocultos para los votantes. Conclusión lógica: desde el momento en que la decisión escapa al marco nacional, toda democracia se hace sencillamente imposible.

Ninguno de nuestros políticos llevaba en sus programas la regularización masiva de inmigrantes ilegales, la destrucción de presas, la externalización de la producción agraria o la prohibición de motores de combustión. Ninguna de esas cosas se sometió tampoco al voto popular. ¿Por qué? Porque el resultado del voto en el marco nacional, que es el único que está más o menos al alcance del ciudadano, habría sido con toda seguridad diferente al deseado por la oligarquía. En último término, la Unión Europea se está convirtiendo en el parapeto tras el cual los lobbies pueden gobernarnos sin pasar por el enojoso trámite del voto. Es la misma razón por la que nadie convoca ya referendos; aún más, nuestros custodios de la democracia insisten en que el referéndum es «antidemocrático». La democracia europea es la democracia vista por el Orwell de 1984, donde a la mentira se la llama «verdad».

Una de las cosas más importantes que se ventila en la gran oposición globalismo/soberanismo es precisamente esta: que la democracia, siempre difícil, siga siendo posible, al menos en cierta medida. Fuera del marco nacional, ya se está viendo, la democracia es un chiste siniestro. Y sólo a Úrsula le hace gracia.

Fondo newsletter