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Bilbao, 1965. Periodista, máster de 'El País'. Noticias y opiniones que escandalicen a los incondicionales de lo políticamente correcto y la «memoria histórica». En la editorial Homo Legens ha publicado 'Eternamente Franco' y 'Los césares del imperio americano'. Su último libro es 'Eso no estaba en mi libro de historia del Imperio español' (Almuzara).
Bilbao, 1965. Periodista, máster de 'El País'. Noticias y opiniones que escandalicen a los incondicionales de lo políticamente correcto y la «memoria histórica». En la editorial Homo Legens ha publicado 'Eternamente Franco' y 'Los césares del imperio americano'. Su último libro es 'Eso no estaba en mi libro de historia del Imperio español' (Almuzara).

La oración del policía

5 de abril de 2023

¡Escándalo en Colombia! Henry Sanabria, mayor general y director de la Policía Nacional desde agosto pasado, habla de posesiones diabólicas, de hechizos, de exorcismos y de bendiciones,como elementos reales que se dan en el combate entre los delincuentes, los narcos, los terroristas, por un lado, y los policías, por otro lado. 

La periodista Vicky Dávila, que le entrevistó para Semana, le pregunta a Sanabria si los cabecillas de las FARC usaban «la brujería para protegerse» y el general replica: «Sí, claro. Todos los delincuentes. Todos la usan». 

Mediante esos hechizos, consiguen incluso impedir su detección. Para localizar a jefes narcoterroristas como Mono Jojoy, Raúl Reyes y Alfonso Cano, la Policía y el ejército recurrieron a los rezos del rosario, misas y hasta exorcismos realizados por un sacerdote. Víctor Suárez, conocido como Mono Jojoy, muerto en 2010 en un operativo militar, contaba con una bruja que le protegía y que fue detenida.

Algunos de los episodios que Sanabria cuenta parecen escenas de películas de terror y se pondrán en duda aunque él fue testigo. 

Un amuleto que convierte a su portador en un zombi: «Una vez, en Medellín, estábamos en la persecución de unos delincuentes. A uno de ellos lo apuñalaron y lo arrojaron del carro. Preferimos ayudarlo que seguirlos persiguiendo. Le tomamos el pulso y ya estaba muerto. Cuando estábamos esperando la unidad de levantamiento y de inspección del cadáver, el cuerpo empezó a arrastrarse. Eso fue sobrenatural. Un agente, de esos antiguos de Medellín, me dijo: ‘No, mi teniente, espere y verá’. Entonces empezó a buscarle por todo el cuerpo. Efectivamente tenía enrollado un amuleto, se lo cortó y ahí murió». 

Y un pistolero que sólo se derrumba cuando se le disparan balas bendecidas: «En un caso de las Autodefensas Gaitanistas, se abatió a un blanco de ellos. Le disparaban y no caía. Entonces acordaron rezar el padrenuestro mientras disparaban. (…) Antes de salir a esas operaciones se bendicen las armas y se les dice: ‘Disparen, pero recen’. En este caso, el intendente disparó rezando y lo abatió».

Las declaraciones de Sanabria han sacado de quicio a los hiperventilados. Aparte de por su religiosidad expresada sin tapujos, por lamentar que no se pueda expulsar de la Policía a los oficiales adúlteros, ya que «una persona que es infiel no es prenda de garantía» y explicar que no celebra Halloween porque lo considera una «estrategia satánica para inducir a los niños al ocultismo».

Y Sanabria es tan rotundo porque lo sabe con sus cinco sentidos: «Siendo capitán, un 31 de octubre secuestraron a un niño. Fui y estuve allá en Zipaquirá y capturamos a los tipos en un Renault. Yo les dije: ¿Por qué secuestran a este niño si no tiene plata?«. Me dijeron: «Es que hoy es 31 de octubre». Y yo les dije: «¿Qué tiene que ver eso?». Y ellos me respondieron: «Hoy tenemos que celebrar el cumpleaños de nuestro Dios». «¿Por qué ese niño?», les pregunté. Y ellos contestaron: «Porque ese niño no está bautizado». Había un satanismo puro. ¿Para qué lo iban a secuestrar? Para hacer un rito satánico ese día. Hoy en día, esos grupos demoníacos tienen sus propias mujeres. En sus ritos satánicos las embarazan y ese niño es el que matan ese día. Ya no secuestran”. Y los sacrificios, subraya, se producen en todo el mundo.

Cuando se recuerdan la crueldad inaudita de las maras y de los cárteles de la droga mexicanos y jamaicanos, y se sabe que muchos de estos grupos recurren a brujería o deidades como la ‘santa Muerte’, se tiende a darle la razón al general Sanabria.

Por supuesto, se le acusa de sectario, de fanático, de ultra, de homófobo, de intolerante y hasta de anticientífico. Todos los nuevos pecados perseguidos en el nuevo mundo. Pero Sanabria, con una serenidad que se echa de menos en muchos obispos, responde de la siguiente manera cuando le atacan: «No sufro. A mí me gusta que me ataquen y más si es por la fe. Me encanta». Y da tres razones: «La primera, porque llegan más seguidores; la segunda, porque más personas sienten ganas de leer la Biblia y, tercero, porque me santifica».

Y para defender el ejercicio público de su fe invoca el artículo 19 de la Constitución de su país, que garantiza la libertad de cultos y permite a todo ciudadano a practicar su religión y difundirla.

Menudo contraste entre este general colombiano que no vacila en poner en riesgo su carrera, o los generales y almirantes australianos que dejaron solo al ministro de Defensa cuando éste empezó a hablar de política, con los tenientes generales españoles de la Guardia Civil que formaron obedientes detrás de la socialista María Gámez en el acto de dimisión de «la mejor directora general» del cuerpo. ¿Esperarían una cruz pensionada?

Tan poderosa es la oración que los servidores del Mal quieren erradicarla de la vida pública, desde los hospitales a las calles. En aplicación del viejo dicho de «del enemigo, el consejo», los cristianos deberían hacer entonces lo contrario: más oraciones, más procesiones, más exorcismos. Y más creencia en el diablo.

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