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Itxu Díaz (La Coruña, 1981) es periodista y escritor. En España ha trabajado en prensa, radio y televisión. Inició su andadura periodística fundando la revista Popes80 y la agencia de noticias Dicax Press. Más tarde fue director adjunto de La Gaceta y director de The Objective y Neupic. En Estados Unidos es autor en la legendaria revista conservadora National Review, firma semalmente una columna satírica en The American Spectator, The Western Journal y en Diario Las Américas, y es colaborador habitual de The Daily Beast, The Washington Times, The Federalist, The Daily Caller, o The American Conservative. Licenciado en Sociología, ha sido también asesor del Ministro de Cultura Íñigo Méndez de Vigo, y ha publicado anteriormente nueve libros: desde obras de humor como Yo maté a un gurú de Internet o Aprende a cocinar lo suficientemente mal como para que otro lo haga por ti, hasta antologías de columnas como El siglo no ha empezado aún, la crónica de almas Dios siempre llama mil veces, o la historia sentimental del pop español Nos vimos en los bares. Todo iba bien, un ensayo sobre la tristeza, la nostalgia y la felicidad, es su nuevo libro.

La sed de sangre de Emmanuel

Macron es el típico masón francés que, tarde o temprano, termina siempre engatusado por el poder desbrozador de la guillotina, esa “espada que brilla en las manos de los héroes de la libertad” en palabras de Robespierre. Representa hoy toda la miseria de ese conglomerado fallido que sigue siendo la Unión Europea. Su última propuesta, la inclusión del aborto en la Carta de Derechos Fundamentales, por más que haya sido proclamada al comienzo de la presidencia francesa de la UE, es el final del camino. La reinvención definitiva de una Europa sin europeos, diseñada por una élite política enloquecida en vanidades, que nada entre laicismos, medioambientalismos esotéricos, y centrismos templaditos que se limitan a pasar a limpio el Catecismo Progre de toda la vida.

La reinvención de Europa sobre la ficción progresista, sin ser un proceso nuevo, toma ahora el cariz preocupante de la institucionalización. Ya no es cosmética, ni palabrería. Macron no está proponiendo un anexo sin importancia a la Carta, si no la demolición desde el principio. No en vano, su propuesta dinamita –nada menos- el Artículo 1: “la dignidad humana es inviolable. Será respetada y protegida”. Y lo hace además con la inconsciencia que le brinda el hecho de desconocer por completo lo que significa dignidad humana, como le ha explicado bien, con otras palabras, Herman Tertsch en el Parlamento Europeo.

Macron destruye también, por supuesto, el Artículo 2: “toda persona tiene derecho a la vida”. Y el 3: “Toda persona tiene derecho a su integridad física y psíquica”. Podría continuar señalando el relato de la gran demolición porque, entre su pasión por el asesinato de bebés y su enfermiza obsesión por la excusa climática para cercenar libertades, apenas quedará algún artículo de la Carta de Derechos Fundamentales sin resultar violado, anulado, mutilado, entrecomillado, o pervertido. El centrismo de Macron es, en fin, moral, no político

En su lógica desquiciada, el plan de Macron para una Europa moderna es retirar los derechos a los humanos y concedérselos al planeta

Hay quien dice que tocó fondo hace semanas con la confesión de querer “joder” a los no vacunados. Pero no es así, por más que ese gusto por el sadismo sugiere la urgente necesidad de visitar a un psiquiatra. El verdadero fondo es este, el final del camino es ahora: la vida, la dignidad humana, alfa y omega de todos los derechos todavía heredados de la Vieja Europa de la civilización frente a la barbarie.

Responde el francés, que se cree Napoleón, a un perfil político que llamo “3/4”. Esto es: de cada cuatro ideas, una puede incluso debatirse –casi siempre alguna fría política administrativa-, tres son solemnes tonterías, peajes de niño acomplejado al papá progre que le perdona la existencia sin ocultar todo su desprecio. Proclamó hace años: “he dejado de ser socialista”. ¿Y qué ha hecho desde entonces? Confirmar cada día que sigue siéndolo. Que es rehén de sus pecados del pasado. Y que, en vez de intentar liberarse de una vez por todas de esas cadenas de ruina, pretende arrastrar a toda Europa a su misma celda oscura. 

Tampoco es casual el otro filo de la guillotina de Macron: por un lado, el aborto; por otro, el ecologismo. En su lógica desquiciada, el plan para una Europa moderna es retirar los derechos a los humanos y concedérselos al planeta. Este hombre está muy cerca de subir a lo alto de una montaña con un niño en brazos, y sacrificarlo para regar con su sangre las rocas y las plantas, en ofrenda al dios Sol, con el beneplácito de la más perversa de las razones. No sé si terminará haciendo la danza de la lluvia en sede parlamentaria, ataviado con collares de dientes de animales, pero para pretender levantar la Europa moderna del futuro, como proclama, me recuerda muchísimo a algo de no hace tantos siglos, cuando la sangre de los niños saciaba la sed de dioses que no existen, por obra y gracia de gurús enloquecidos que no conocieron la dignidad humana hasta que rozó su frente por vez primera el agua del bautismo cristiano.

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