«Ser es defenderse», Ramiro de Maeztu
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Hughes, de formación no periodística, es economista y funcionario de carrera. Se incorporó a la profesión en La Gaceta y luego, durante una década, en el diario ABC donde ejerció de columnista y cronista deportivo y parlamentario y donde también llevó el blog 'Columnas sin fuste'. En 2022 publicó 'Dicho esto' (Ed. Monóculo), una compilación de sus columnas.
Hughes, de formación no periodística, es economista y funcionario de carrera. Se incorporó a la profesión en La Gaceta y luego, durante una década, en el diario ABC donde ejerció de columnista y cronista deportivo y parlamentario y donde también llevó el blog 'Columnas sin fuste'. En 2022 publicó 'Dicho esto' (Ed. Monóculo), una compilación de sus columnas.

La segunda venida de Milei

25 de junio de 2024

La segunda venida de Milei ha tenido algunos efectos interesantes. Ha permitido observar, en primer lugar, el cisma en el liberalismo madrileño. La guerra por la palabra. Ha separado el grano de la paja (expresión que hace recordar la definición del editor: el encargado de separar el grano de la paja y de que al final se publique la paja).

Pero no nos dispersemos. El cisma entre liberales ha llegado: de un lado, los liberales austriacos, bajaimpuestos, microárquicos o incluso anárquicos; de otro, los liberales no economicistas sino políticos, filosóficos y psicológicos, que han tardado cero-coma en condenar la medallita de Ayuso. Vivían todos en el PP pero se han polarizado con Milei.  La diferencia entre los dos tipos, sin embargo, se ve superada por su semejanza: ansiar el mismo presupuesto.

Milei ha sido declarado radical inasumible por pasarse de antisanchista (coto de ellos) y por menospreciar a Los Otros, a los zurdos, a los que denigra, algo que no casa con ese liberalismo semperiano, retórico o moderado que han salido a defender urgentemente Alsina, El Mundo o Abc.  

Ese liberalismo se parece al de Macron, que defendía Ciudadanos y pretende el PP: un liberalismo central e institucional, tecnoburocrático, que no puede ser antisocialista porque converge en el socioliberalismo.

Hay una batalla por el término mágico, por ver quién se lleva el ascua a su liberalismo, pues liberal es la palabra que permite identificar y apropiarse de todo aquello que salió triunfador tras la Segunda Guerra Mundial. Ese es el esquema en el que vivimos (en el que nos viven) y la palabra que le va bien es liberalismo. La nueva derecha habla sin embargo de Libertad a secas, en bruto, no discute ni pretende el término. Solo Milei. Y por eso han salido los de la patente.

En el lado malo de la historia quedaron fascistas y comunistas, y en el bueno, los liberales. Lo demoliberal es la amalgama hegemónica de capitalismo estatal, seudodemocracia y wokismo. La palabra que legitima todo es «liberal», así que está más reñida que el metro cuadrado en Madrid por oposición a «fascista» o «ultraderecha». El campeón podrá imponer un totalitarismo innominado que hace tiempo apunta.

Hay litigio y por eso el propio Milei se ve obligado a alertar de los falsos liberales, en su opinión, «los egipcios» o «de copetín», que quizás lindarían con nuestros liberales de meñique y «liberalios», modesta etiqueta que nos ha servido durante estos cómicos años.

Otro efecto de Milei ha sido, de nuevo, un poquito de hispanidad al coincidir en las redes sus hinchas argentinos con izquierdistas patrios como Echenique, al que alguien dijo: «Cerra el orto, Stephen Hawking del subdesarrollo», un insulto que tuvo algo de inaugural. Años de impotencia insultadora española superados en un instante. En el insulto argentino hay algo distinto que debemos incorporar. En español de España hubiera sonado cruel, insoportable, atroz, pero en argentino resulta cómico y divertido, desenfadado. El orto es el ass, el fuck, el órgano lingüísticamente polivalente, una instancia del ego. El argentino, al insultar, incorpora a la lengua algo de la ductilidad, economía y funcionalidad del inglés que tanto apreciaba Borges. El insulto argentino abre posibilidades de ridiculización, de cólera meme y de creatividad increpadora que de alguna manera superan el «odio». Lo que los llamados humoristas de izquierdas han intentado estos años, decir lo indecible, el humor limítrofe, lo consigue de forma natural el insultador argentino.

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