«Ser es defenderse», Ramiro de Maeztu
Periodista, escritor e historiador. Director y presentador de 'El Gato al Agua' de El Toro TV.

La tercera transición

6 de octubre de 2026

Las elecciones del próximo 29 de noviembre van mucho más allá de un eventual relevo gubernamental. Lo que realmente está en juego es la posibilidad de acometer una reforma en profundidad de nuestro sistema político. Desde la derecha suele pensarse que no hay que reformar el sistema de 1978, el sistema de la transición, sino, más bien, volver a «su esencia» (signifique esto lo que signifique). No ven que ese sistema en realidad dejó de existir hace mucho tiempo.

Hemos vivido dos transiciones. La primera es la que lleva oficialmente este nombre, la que se inauguró con la Ley de Reforma Política de 1976 y culminó con la Constitución de 1978: dos grandes partidos a derecha e izquierda, con participación de los nacionalismos regionales «moderados» en el reparto de poder; relativa independencia de la Justicia, integración económica en la Unión Europea y militar en la OTAN, etc. Pero esta primera transición estalló con los trenes del 11-M y, bajo la presidencia de Zapatero, empezó a dibujarse un escenario nuevo: reapertura de la guerra civil, exclusión de la derecha social, pactos de Estado con los nacionalismos regionales radicales, reorientación de los pactos internacionales, etc. Con Zapatero se abrió de hecho una segunda transición; una transición que nunca se atrevió a decir su nombre ni fue votada por nadie, pero que transformó intensamente las estructuras políticas de España.

El PP de Rajoy tuvo la oportunidad de rectificar esa deriva, pero no supo o no pudo (o no quiso) ver lo que realmente tenía delante y se limitó a gestionar el cambio heredado. Dejó así el camino libre para que Sánchez llevara a su máximo punto de tensión el proceso: exacerbación del guerracivilismo, suelta de etarras, amnistía a los golpistas del separatismo catalán, neutralización del parlamento, anulación de la jefatura del Estado, acoso público a los tribunales desde el propio Gobierno, transformación de un Tribunal Constitucional intensamente ideologizado en máxima instancia judicial, desnacionalización galopante de la política española, sumisión de la política exterior a criterios de partido y, en fin, todas esas cosas que hemos sufrido a lo largo de los últimos ocho años. No se equivocan los que dicen que Sánchez ha culminado el proyecto de Zapatero, pero, para entender bien el alcance de la operación, hay que situarla en ese contexto: hemos asistido a una segunda transición.

Ahora esa segunda transición se ahoga envuelta en los infinitos escándalos de un Gobierno corrupto hasta la médula y en la inoperancia de unas políticas que han multiplicado los problemas económicos y sociales del país, con el territorio nacional invadido por una potencia extranjera, la clase media depauperada, la inmigración disparada hasta lo insostenible, los servicios públicos hechos trizas y la nación rota a jirones. Sánchez plantea las próximas elecciones en tono de plebiscito personal y, desde su punto de vista, es el planteamiento correcto: en realidad lo que se nos está pidiendo es que avalemos un proceso cuyo único referente es su liderazgo, sostenido por una servil mayoría mediática. Todo está ya roto y lo único que queda de la segunda transición es ese hombre aferrado al poder. Es urgente echarlo de ahí. Pero eso no bastará si sigue vivo el escenario dibujado desde tiempos de Zapatero. Por eso es necesario abrir una tercera transición.

Esta tercera transición no puede ser otra cosa que nacional, en el sentido de que su horizonte mayor debe ser el interés nacional de España, que es precisamente lo que más se ha deteriorado en los últimos veinte años. Hay que cerrar la brecha guerracivilista abierta por la izquierda. Hay que reducir al mínimo el peso de los partidos separatistas. Hay que poner a las instituciones centrales del Estado a salvo del juego partitocrático. Hay que reorientar la economía nacional hacia el servicio real a los ciudadanos españoles, lo cual inevitablemente exigirá replantear nuestras alianzas internacionales. Lo mismo vale para la política exterior, que tardará decenios en recuperarse de la humillación sufrida en Ceuta. Hay que reconstruir la cultura española para que subraye lo que nos une y no lo que nos desintegra. Todo esto, y algunas cosas más, debería ser el programa de los que tomen el poder el 29 de noviembre, si es que Sánchez lo abandona alguna vez. Y todo lo que no sea eso, será volver al error Rajoy.

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