«Ser es defenderse», Ramiro de Maeztu
La Gaceta de la Iberosfera
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Ilicitana. Columnista en La gaceta de la Iberosfera y El País de Uruguay. Reseñas y entrevistas en Libro sobre libro. Artículos en La Iberia. Autora del libro 'Whiskas, Satisfyer y Lexatin' de Ediciones Monóculo.
Ilicitana. Columnista en La gaceta de la Iberosfera y El País de Uruguay. Reseñas y entrevistas en Libro sobre libro. Artículos en La Iberia. Autora del libro 'Whiskas, Satisfyer y Lexatin' de Ediciones Monóculo.

La xenocracia que nos dieron

28 de mayo de 2024

El 1 de enero de 1986 la primera cadena nos contaba, ufana, que ya éramos europeos. España acababa de entrar en el tinglado de las Comunidades con la fe y el afán de quien no tiene otra cosa a la que agarrarse. En pantalla, Concha Velasco cantaba «¡que viva el IVA!» y un personaje de nuestra vida social y cultural —siento no recordar quién— comentaba que acababa de desayunar huevos con beicon por aquello de que ya estábamos en Europa. Para el español de a pie, cuyos ancestros combatieron a los que nos acogían entonces con la intención de conducirnos hacia el progreso, la paz y la prosperidad que hoy disfrutamos, aquello se presentaba como algo exótico e ignoto. La pertenencia a la Comunidad Europea venía con la democracia naciente y nos la dieron hecha unos políticos que cambiaron nuestra soberanía por un plato de lentejas. Dicha jugada era necesaria para el setentayochismo, sistema que nos conduciría hacia el mundo posnacional ansiado por el poder real, el del parné.

Nuestras leyes, agenda y moneda ya no nos pertenecen realmente. Nuestros enemigos son los que nos imponen, escogidos en función de los intereses geopolíticos de un imperio que ha conocido tiempos mejores. Sólo nos queda una modesta capacidad defensiva, desplazada, en parte, a lugares del planeta donde no se amenazan nuestra integridad territorial. A lo largo de la Historia, dotarse de leyes propias, acuñar moneda y decidir con quien firmar la paz o contra quien hacer la guerra ha sido el privilegio de los pueblos libres. Privilegio del que todavía se enorgullecen los que están a la cabeza de las naciones que pintan algo en este orbe. A ellos suele dárseles el tratamiento de «líderes mundiales». Debajo queda la UE, representada por una colección de viajantes de comercio más o menos inútiles sobre los que reina la spitzenkandidat Ursula von der Leyen, aguda —spitzer—, como la bala de un mauser.

El 17 de mayo pasado, Úrsula declaró ante un tribunal de Lieja por el escándalo del Pfizergate (negociación personalísima del contrato de distribución de inyectables contra el COVID). Sus maneras traen cola desde mucho antes de que fuera aupada a la presidencia del Babel bruselense-estrasburgués. La sospecha de corrupción, de incompetencia y el escándalo siempre han acompañado al personaje. ¿Entonces por qué fue elegida y, peor, por qué debería ser reelegida ahora? Quizá por ello haya sonado el nombre de Draghi como candidato para su reemplazo, el favorito de Macron. 

Cada vez que nuestros señoritos sienten que algo tiene visos de torcerse, que la realidad escapa a su idea de las cosas —drama de la política de nuestro tiempo en Occidente—, la estrategia es siempre la misma: balonazo hacia delante. Draghi se ha dado cuenta de que no estamos preparados para afrontar los desafíos del futuro —«desafíos» en los que nos suele meter gente como él— y la solución pasa, ¡qué novedad!, por apretar la tuerca de la suave tiranía tecnocrática: «Más integración y federalismo pragmático». «Un cambio radical es necesario», dice. Por supuesto, si ese momento llegara, países como España quedarían completamente anulados. 

Frente a la Europa de los banqueros de inversión en busca del top job —es así como se denominan las canonjías mejores de la xenocracia—, ésa que deja sin voz a millones de europeos y nos impone sus agendas y pactos verdes, ya sólo queda un puñado de soberanistas, partidarios de los exits o no.

Líderes como Meloni o Le Pen, que antaño proponían un combate a cara de perro con la Unión, han optado por una vía que pretende reformar las cosas desde dentro. Esta estrategia tiene la virtud de no atemorizar a una población que no estaría dispuesta a asumir el «sufrimiento» de partir peras y capta las adhesiones de aquellos cansados del leviatán europeo.

Aún así, llama la atención que en países de nuestro entorno estén abiertos debates públicos (Les Patriotes o la UPR en Francia o el AfD, con sus ambigüedades, en Alemania) sobre la perversión del funcionamiento de la Unión Europea y la necesidad para las naciones de ser artífices de su propio destino. A esa esperanza nos acogemos.

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