Ladrón de limones 
Ladrón de limones 
Por Itxu Díaz
7 de mayo de 2026

Dice un veterano columnista que escribir artículos es desnudarse. Personalmente, prefiero escribir vestido, porque además lo hago con afiladísima estilográfica y soy bastante torpe, y un resbalón en los dedos podría causar un efecto jabalina trinchadora contra la segunda parte más delicada de mi anatomía, que la primera, por escritor, es la cartera. Sea como sea, me desnudaré en metafórica manera durante las próximas líneas por una vez.

Soy un ladrón. Sí. Concretamente un ladrón de limones. No he robado cerezas, ni peras, ni gallinas. No he robado bancos, ni coches de lujo, ni elecciones. No he robado nada, excepto limones. Cada fin de semana, cuando me pierdo en la naturaleza por sendas y carreteras secundarias, y veo esa belleza rutácea colmada de exuberantes frutos dorados al sol, no puedo contenerme si las ramas de tan excelso árbol dan con sus hojas fuera de la finca que lo alberga. Corro raudo cual chispa llevada por el diablo, y poseído por un espíritu cítrico, me encaramo a lo que sea hasta alcanzar el trofeo soñado. Los cojo grandes y pequeños, maduros y aún reverdecidos, me los meto en un bolsillo, en otro, en la chaqueta, en la camisa, y los que sobran me los llevo haciendo malabares.

Si alguna vez has echado en falta limones en el árbol de tu jardín y yo he estado cerca, no es necesario que sigas con las pesquisas, he sido yo. Y, al tiempo, me disculpo, pero sin propósito de enmienda, que sería en vano, porque es tentación apabullante, superior a toda fuerza de voluntad. 

Tengo para mí que esta tara procede de los días felices de mi niñez. Teníamos un único árbol en el jardín de mi casa de los veranos ribadenses: un enorme y colorido limonero; las mejores limonadas de mis días escolares. Un verano, a traición, tras una reforma, desapareció el limonero por completo, no quedaron ni las raíces, y desde entonces vago por el mundo en orfandad cítrica, plañendo por sus frescos aromas y el recuerdo del placer inalcanzable que es abrir un limón recién arrancado al árbol. 

He asaltado numerosos limoneros, tanto como lobo cítrico solitario como en compañía de avergonzados amigos. En una ocasión, de ruta por bosques asturianos con mis pequeños sobrinos, despellejé un bello limonero que parecía abandonado, a gran distancia de la casa más próxima. Fue como una epifanía amarilla. Caí de rodillas en oración de gratitud, y al instante, mientras los niños deslizaban su coro de severas reprimendas, coseché como si fuera a abrir mercado. 

Cargado de limones hasta los dientes, salió de la casa una anciana con una vara alzada al viento, a explicarme algo sobre el séptimo mandamiento de la ley de Dios Nuestro Señor. Muerto de vergüenza, repartí los limones entre los tres angelitos que habían renunciado a participar en el asalto, los abronqué con gran euforia y publicidad delante de la encolerizada anciana, para terminar con un mandato disciplinario: «¡Y ahora mismo se los devolvéis a la señora, niños!». Vino a verme la Virgen de Covadonga, porque la buena mujer, al ver a los tres pastorcillos deshonrados con su botín, dejándolos caer de uno en uno a sus pies, sufrió ternura repentina, y con una inesperadísima sonrisa, les dijo: «¡granujas! ¡Os los podéis quedar!». A mí todo esto me llenó de gozo. Aunque desde ese día no me hablan.

No me siento mal con esta incontenible pulsión limonera porque, a fin de cuentas, es un reflejo del homínido recolector que un día fuimos. Casi todo el mundo tiene algún comportamiento conflictivo muy específico. Tengo un amigo que cuando ve a alguien agachado, con el culo en pompa, no lo puede evitar, y le atiza una sonora patada en el centro de la diana; que a mí me lo contó, y le dije «vete en paz», porque, con lo mal que empezaba la historia, lo de la patada casi me parece virtuoso. 

Tengo otro que tiene incontinencia ante los botones rojos, y es el típico al que jamás deberías invitar al hospital después de una operación a vida o muerte. Y otro al que se le caen las palabras, que se viste de poeta a voz en grito cada vez que alguien dice algo que termina en cinco, que el otro día en la parroquia casi causa un infarto entre la beatería, porque el cura aprovechó el final de la homilía para dar la cifra de recaudación de Cáritas. 

Lo bueno de estos arrebatos es que, después de todo, suelen tratar sobre asuntos más o menos inofensivos. Pensaba en esto porque solo conozco a uno cuya pasión incontenible resulta realmente dañina para millones de personas. Sánchez, por supuesto. Que no deja pasar una sola oportunidad de destruir a los españoles. No lo puede evitar. Ve una ley de regulación masiva, y adelante; ve opciones de causar un gran apagón, y no lo duda; ve violadores en la cárcel, y los suelta. Y claro, con esta maníaca pulsión, comprendamos que ver en el horizonte cercano un barco infectado con un extraño virus mortal, sin cura, y contagioso entre humanos, es demasiado para él. No ha podido contenerse. Tenía que traerlo a España desde donde Colón perdió un huevo, y metérnoslo hasta la mismísima capital del país, aunque sea llevando el barco tirando con los dientes sobre raíles por una maldita autovía, y arrojando ratas y otros roedores a babor y estribor por tantas ciudades como sea posible. 

Visto así, lo mío con los limones, ya sé que no es como para presumir, pero al lado de lo de Sánchez con acabar con los españoles, parece un simple juego de niños.

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