Fernando Sánchez Dragó (Madrid, 1936) es escritor. Ha sido en dos ocasiones Premio Nacional de Literatura. Ha ganado el Planeta, el Fernando Lara y el Ondas. Como periodista de prensa, radio y televisión ha hecho de todo en medio mundo. Ha sido profesor de Lengua, Literatura e Historia en trece universidades de Europa, Asia y África. Sigue en la brecha.
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Fernando Sánchez Dragó (Madrid, 1936) es escritor. Ha sido en dos ocasiones Premio Nacional de Literatura. Ha ganado el Planeta, el Fernando Lara y el Ondas. Como periodista de prensa, radio y televisión ha hecho de todo en medio mundo. Ha sido profesor de Lengua, Literatura e Historia en trece universidades de Europa, Asia y África. Sigue en la brecha.

Las guerras de nuestros antepasados

Así se llamaba una novela de Delibes. Estamos en el año de su centenario…

¡Ah, no! Lo estábamos hace once días. Un despiste, pero es que el 2021 va a ser parecidísimo al 2020. ¿Diferencias? Sólo tres: ha nevado a cántaros, en el sillón de la Casa Blanca va a sentarse un pelele invertebrado de modales femeninos y en el de otro pelele, que aún es vicepresidente, acomodará sus robustas posaderas una señora de heteropatriarcal firmeza. Signo de los tiempos… Cambio de roles en ese martirimonio (no es errata, sino neologismo) y posible cambio, también, de asientos y de funciones al frente del Imperio. Biden acabará en silla de ruedas, en andador de geriátrico o a hombros de sus muñidores antes de que su magistratura acabe y Cruella de Harris trasladará su palanquín de reina sin corona al Despacho Oval y rematará el Cuatrienio Negro. Cosas veredes, Sancho Pueblo… 

Quizá, incluso, verás a Némesis Pelosi, que ahora se tienta la ropa por lo que de sus oscuros manejos pueda filtrarse, convertida en vicepresidente (con e de ente, que en latín es palabra inclusiva) de lo que fuera Imperio y ahora dejará de serlo para que el fiel de la balanza del poder y de la corrupción globalizadora aúpe a China o a Rusia

Lo único seguro es que 2021 figurará en el nomenclátor de las calendas, que no serán griegas, sino romanas, como Segundo Año de la Peste

O a las dos. La historia siempre es bipolar. Pero todo ese arrastre y crujir de muebles carece de importancia en lo que atañe a la lúgubre similitud del año entrante con el que ya se ha ido. No hay herramienta de igualdad más poderosa que el rasero de la peste. Razón concomitante llevan en eso, y sólo en eso, las derechas y las izquierdas: el virus nada sabe de ideologías, de creencias, de fronteras, de colores de la piel, de sexos, de bolsillos ni de costumbres…

De edades sí, porque los jóvenes, con sus jaranas, están haciendo todo lo posible para que los viejos casquen. ¿Y yo entre ellos? «¡Piruletas que son piruletas! ¡Piruletas que son pirulón!» Eso cantábamos, a comienzos de los sesenta, en el patio de la cárcel de Carabanchel quienes en nuestra juvenil e indocta inocencia, desprovista de anticuerpos, creíamos que al llegar la democracia los caciques dejarían de lucir barriga, las suegras de tener bigote y las chicas de decir que no.

Bromas aparte, y volviendo al virus, bien harían las coristas de la Latina, digo, las Irene girl’s, digo, las funcionarias del Ministerio de Igualdad de un solo carril, si eligieran la imagen esferoide del Covid como logotipo de la ridícula institución que las acoge.  

Ya estoy divagando, como de costumbre… Tal es, al fin y al cabo, lo que suelen hacer quienes escriben en la prensa más por vocación literaria que por afán de periodismo. ¡Perdón, perdón! Me centro y paso a explicar por qué he puesto a mi columna el título de una novela de Delibes.

Estaba dándole vueltas al esperpento —puro Valle-Inclán, puro Callejón del Gato— del Capitolio mientras me duchaba y llegué a la conclusión de que la tragedia de la Guerra de Secesión americana se estaba repitiendo como farsa. Esa frase es, seguramente, la única en la que Marx, aquel cínico, atinó. Las guerras civiles, y la de los Confederados frente a los Yanquis lo fue, no terminan nunca. Que nos lo digan a nosotros. Siguen y siguen y siguen, sangrando y supurando por heridas que tardan siglos, si no milenios, en cerrarse. Odio entre hermanos. Familiares otrora bien avenidos que sacan las uñas cuando el notario abre el testamento.

No fue casual, sino causal, que en la zarrapastrosa reyerta del día de Reyes, como gran sorpresa (o no) del roscón ultramarino, se mezclaran las dos banderas, las del Sur y las del Norte, de igual modo que aún ondean entre nosotros la estelada, la señera, la ikurriña, la tricolor y, por supuesto, la rojigualda en su doble versión: la constitucional y la aguileña. Hay otras. Incluso, por si fuesen pocas, la del Arco Iris, que también, como las restantes, alude a una guerra civil tan enquistada y antigua, en este caso, como el mundo: la de los sexos. Comenzaron Adán y Eva, y luego llegó Satanás y sopló. Sodoma y Gomorra llegaron luego.

Si insisten en aplicar a Trump la vigésimo quinta Enmienda llegará a ser mártir, además de héroe

¿Sabían ustedes que España, metrópoli que fue de la Iberosfera para luego quedarse en poco, es la nación en la que más guerras civiles, desde las púnicas, ha habido? No es opinión, sino dato. Pero de eso hablaré otro día.

Y también lo haré de Trump, que ya es un héroe para media América —no se le achaque el graznido de quienes en Washington hicieron el ganso… Hasta en las mejores familias hay ovejas negras, friquis, adefesios, lobos de Yellowstone, Cojos Manteca, galopines, podemitas—, pero que si la Pelosi, las brujas de su cónclave, los papagayos y papanatas pesebreros de las grandes cabeceras mediáticas, y los fachas antifas de la corte de los milagros neoyorquina y californiana insisten en aplicar la vigésimo quinta Enmienda y/o en la segunda intentona de reprobación, llegará a ser mártir, además de héroe, y él, o alguno de sus avatares, que están al caer, regresará a la Casa Blanca al galope de setenta y cinco millones de votos.

Con todo y con eso, que hoy por hoy no pasa de ser futurología inducida por la fecha, lo único seguro es que 2021 figurará en el nomenclátor de las calendas, que no serán griegas, sino romanas, como Segundo Año de la Peste. Aclaro para los del Informe Pisa y la Ley Celaá que en la Hélade no había calendas, por lo que las suyas no llegaban nunca, pero en Roma sí: el día primero de cada mes. Ya es casualidad, y con ello cierro, que el título de la primera novela de Delibes, con la que en 1947 obtuvo el Nadal, fuese La sombra del ciprés es alargada

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