«Ser es defenderse», Ramiro de Maeztu
La Gaceta de la Iberosfera
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Juan Ángel Soto (Murcia, España. 1992) es graduado en Administración y Dirección de Empresas y en Derecho por la Universidad de Navarra, y también es graduado en Ciencia Política y de la Administración por la Universidad Nacional de Educación a Distancia. Tiene un máster en Teoría Política y Legal por la University College London (UCL). Desde 2014 ha trabajado como consultor de organizaciones del Tercer Sector, tanto en España como en diferentes países europeos, Estados Unidos, África subsahariana, y está especializado en think tanks. Entre 2018 y 2021 fue director de la Fundación Civismo y ha fundado numerosas organizaciones estudiantiles y cívicas. Actualmente, es el director del área internacional de la Fundación Disenso. Escribe regularmente en varios medios y en distintas revistas especializadas e imparte clases en diferentes universidades españolas y extranjeras.
Juan Ángel Soto (Murcia, España. 1992) es graduado en Administración y Dirección de Empresas y en Derecho por la Universidad de Navarra, y también es graduado en Ciencia Política y de la Administración por la Universidad Nacional de Educación a Distancia. Tiene un máster en Teoría Política y Legal por la University College London (UCL). Desde 2014 ha trabajado como consultor de organizaciones del Tercer Sector, tanto en España como en diferentes países europeos, Estados Unidos, África subsahariana, y está especializado en think tanks. Entre 2018 y 2021 fue director de la Fundación Civismo y ha fundado numerosas organizaciones estudiantiles y cívicas. Actualmente, es el director del área internacional de la Fundación Disenso. Escribe regularmente en varios medios y en distintas revistas especializadas e imparte clases en diferentes universidades españolas y extranjeras.

Lecciones del Antiguo Testamento en periodo electoral (I)

8 de marzo de 2023

En mi casa, la Biblia ocupa un papel central en la biblioteca de mi habitación, reservada para libros de espiritualidad. Bueno, digámoslo sin eufemismos: de religión católica. Entre otros, sus místicos —con una destacada presencia española—, un gran número de encíclicas desde Nostis et nobiscum (Pío IX, 1849) y prácticamente todo lo que escribió Joseph Ratzinger/Benedicto XVI, tanto con voz propia como mediado por grandes ediciones de selección y prólogo como la recientemente publicada por Ediciones Encuentro (de su colección del Real Instituto Universitario de Estudios Europeos del CEU) y y que cuenta con Ricardo Calleja como padre putativo, lo que no es honor menor tratándose de un teólogo de primer orden como fue el papa alemán.

Y que no se moleste el lector que se adscribe a otra religión. En mi casa también hay espacio para libros sobre otras religiones. La diferencia es que éstos descansan en la sección de ficción.

Además de la que preside mi habitación, también hay otra Biblia que reposa en mi despacho. En concreto, en su sección de pensamiento político. Y lo hace por dos motivos. Primero y fundamental es que mi mujer no aprueba mis constantes hurtos de la biblioteca de nuestra habitación. Y, el segundo, es que por méritos propios debe estar entre las baldas de teoría política. En mi caso, entre History of Political Philosophy, de Strauss, y The Federalist Papers.

La razón de ser de esta decisión no es otra que el convencimiento de que, si uno quiere acceder a los orígenes más remotos de algunas de las nociones capitales del campo de la teoría política, no puede quedarse en Hobbes ni Maquiavelo, pero tampoco pararse en Tucídides. Si alguien dese tomarse esto en serio, mi sugerencia es que lleven a cabo otra lectura de la Biblia y, muy especialmente, del Antiguo Testamento.

Pues bien, en este breve artículo, me gustaría sacar a relucir una de esas nociones de pensamiento político quizá ocultas entre tanta sabiduría de corte religioso: el principio de subsidiariedad. Se trata de un concepto relativamente desconocido en la tradición continental, si bien mucho más presente en la anglosajona, motivada, en gran medida, por aquello que describe Weber en su Ética protestante y el espíritu del capitalismo, de las estructuras sociales —políticas y empresariales— erigidas de abajo arriba.

En el Éxodo, segundo libro del Antiguo Testamento, se describe cómo el pueblo elegido escapa de Egipto pero no para llegar a la Tierra Prometida, sino para vagar en el desierto durante 40 años. Y allí, ante la adversidad, Dios pone a los israelitas a prueba. ¿El resultado? Están perdidos, enfrentados entre sí, recurren a falsos ídolos.

Esto, además de recordarnos que estar perdido no es ser libre, es de plena actualidad a mi juicio, pues en Occidente observamos a muchos grupos ideológicos e identitarios obsesionados con realizar una enmienda a la totalidad de los valores sobre los que se cimienta nuestra civilización, deseosos de abandonar estas costas sin saber —sin que les preocupe siquiera— si el punto de destino es superior —moral e instrumentalmente— al de origen.

En esta huida hacia delante, los israelitas, como nosotros, no sabían cómo gobernarse a sí mismos. El peligro que esta situación encierra, además del caos del desgobierno, es que aparezca una cierta propensión a volver a abrazar, aun inconscientemente, la tiranía. También el Éxodo hace referencia a este escenario.

Los israelitas pidieron a Moisés que les gobernase. Y así lo hizo ejerciendo de juez. Sin embargo, su suegro, Jetró, tuvo que intervenir, pues corría el riesgo de convertirse en un nuevo faraón. Y el texto bíblico procede a continuación a describir impecablemente, a modo de solución, el concepto de subsidiariedad y de responsabilidad personal, que tan desesperadamente necesitamos nosotros también hoy. Hace miles de años, según el texto bíblico, Jetró le dijo a Moisés:

«Escógete de entre el pueblo hombres capaces, temerosos de Dios, hombres íntegros e insobornables, y nómbralos jefes de mil, de cien, de cincuenta y de diez, para que sean jueces ordinarios del pueblo. Que a ti te lleven únicamente los asuntos más importantes; los demás, que los juzguen ellos» (Ex 18, 21-23).

De forma similar, nosotros debemos ser responsables de nosotros mismos, luego de nuestra familia, después de nuestros amigos, e ir así ampliando nuestro círculo de responsabilidad hasta estar preparados para prestar un servicio a la comunidad política; la polis. Y todo ello sabiendo además que toda la responsabilidad que cedamos —o concedamos—, quedará siempre en manos de un tirano, como concentración última de la autoridad política.

Conviene por tanto hacer nuestros deberes, en primer lugar, y luego asumir otra serie de responsabilidades. De lo contrario, pobre ejemplo estaremos dando, y más pobre aún será nuestro servicio. Una cuestión, en definitiva, que debemos tener en cuenta en un año en el que diferentes formaciones políticas tratarán de solicitar nuestra confianza mediante nuestro voto. Rehuyamos de quienes nos tienten con un plan salvífico, con la plena comodidad. Acerquémonos con atención los que nos quieran dar las herramientas para ser los dueños de nuestra propia vida y se dejen la piel por defender las cuestiones más importantes.

Por último, animarle a usted a que se compre una segunda Biblia pues, como recogen sus páginas, conviene darle «al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios» (Mt 22, 15-21).

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