Recuerdo un diálogo de Tip y Coll que iniciaba este último diciendo muy serio: «Llámame loco, pero si me dan a elegir, prefiero un millón de dólares a una patada en la entrepierna». Viene a ser como esos tuits que empiezan advirtiendo que se va a exponer una «opinión impopular» para a continuación soltar una aserto que comparten virtualmente todos sus seguidores.
Pablo Iglesias, líder de «la gente» y debelador de «la casta», criticó acerbamente en su día al ministro de Economía de Rajoy por la compra de un ático. No insinuaba que hubiera nada ilegal u oscuro en la transacción, sino que consideraba inmoral la riqueza conspicua. Luego él cambió su apartamento en Vallecas por el sueño pequeñoburgués de un chalet en Galapagar, cabalgando contradicciones.
Y ahora, después de tanto encendido discurso contra la educación privada, Iglesias y Montero (tanto monta) acaban de matricular a su prole en un colegio privado de Las Rozas que cuesta 500 euros al mes. A cierre de la edición no sabemos si someterá la elección de centro educativo a referéndum entre sus conmilitones.
Pero es que siempre vamos a preferir el millón de dólares.
Lejos de mí pretender enmendarle la plana a Robert Conquest en la primera de sus tres famosas leyes: todo el mundo es conservador con respecto a lo que conoce mejor. Pero sí me atrevo a completarla: todo el mundo es de derechas en lo que se refiere a su interés personal.
Es precisamente la izquierda, inherentemente totalitaria, la que popularizó aquello de que lo personal es político, sentencia que ha repetido Podemos y es ahora su condena. Pero la realidad es la inversa: lo político es personal, como la decisión de Von der Leyen de quitarle privilegios al lobo después de que uno de ellos devorara a su poni.
La política es hoy una profesión, anulando la misma base teórica del sistema, y normalmente uno ejerce una profesión por las dos razones que apuntaba el Arcipreste de Hita: la primera, por tener mantenencia, y la otra cosa era por haber juntamiento con hembra placentera.
Lo que hace incómoda y poco apetecible la democracia es que se basa en la desconfianza. Eso que decía Jefferson, que el precio de la libertad es la eterna vigilancia. Agotador. Nadie aguanta despierto tanto tiempo. Por eso el régimen acaba siendo uno en el que los políticos hablan constantemente de devolver «la ilusión» al pueblo, es decir, someternos a sus ejercicios de ilusionismo y a tomarnos —con razón— por ilusos.
Nos cansamos de decir que los políticos mienten con toda la boca, pero por lo común nos referimos a los políticos de los otros. Los nuestros sólo dicen la verdad. Es como con el conflicto de Israel y Gaza, en el que todos denuncian como propaganda los «hechos» que expone el bando contrario, mientras acepta como hechos la propaganda de los propios.
Pero si esta credulidad hacia los nuestros es universal, en la izquierda es mucho más aparatosa, más cercana a la fe ciega, aunque sólo sea porque lo que piden que creamos se da de bofetadas con lo que cualquiera, en su propia experiencia personal, reconoce como naturaleza humana. Es decir, la izquierda pide a los suyos que crean a sus líderes cuando les dicen que prefieren la patada en la entrepierna.