«Ser es defenderse», Ramiro de Maeztu
Sevilla, 1972. Economista, doctor en filosofía y profesional de la gestión empresarial (dirección general, financiera y de personas), la educación, la comunicación y la ética. Estudioso del comportamiento humano, ha impartido conferencias y cursos en cuatro continentes, ocho países y seis idiomas distintos, y presta servicio como mentor ético. Ha publicado diez ensayos, entre ellos 'Ética para valientes. El honor en nuestros días' (2022) y 'El dilema de Neo' (2024); 'El bien es universal' (2025) es su último libro. También ha traducido más de cincuenta obras, de Shakespeare, Stevenson, Tocqueville, Rilke, Guardini, Thibon, MacIntyre y Chesterton, entre otros. Más información es davidcerda.es

Los estándares éticos de la casta

25 de junio de 2026

«¿Qué importa» —decía Sancho— «que vayan galgos o podencos?». Nos esperan días, y a lo mejor semanas, de bochornosa especulación sobre el año exacto y la satrapía concreta que regaló a Zapatero sus joyas —las que de momento se le han incautado—, luz de gas sobre la punta del iceberg cuando el Titanic ya apunta la quilla hacia el cielo. Mientras el juez averigua si hubo tráfico de influencias y en qué medida, esta será la cantinela que oiremos, y luego otra distinta, y así sucesivamente, porque la idea es acostumbrarnos paulatinamente a lo inadmisible hasta que llegue el momento de encapsular otro cadáver político al que todos jurarán que no defendieron y ni siquiera conocían. Así continuará el experimento del poder, que consiste en emplear la propaganda para constatar que lo que dijo Groucho Marx en Sopa de ganso —«¿A quién va usted a creer, a mí o a sus propios ojos?»— se puede realizar con un puñado de millones y otro de fanáticos.

No conviene perder de vista, en el proceso, el cubilete que esconde la bolita de estos trileros. Como siempre desde que comenzó la retahíla de los escándalos, se nos quiere hacer creer que este es un asunto legal y no ético. Poco importa que el propio expresidente presentara ya en 2005 un código ético en lo tocante a los regalos; poco importa el cuajo sideral que hay que tener para andar discutiendo si son galgos o podencos con ese hecho a la vista de todos. El quid está en la palabra «normativa», que Sebastián y compañía usan conscientes de su ambigüedad entre ley y moral. El quid cuando no nos tratan como imbéciles y se preguntan si «tener joyas a la vista en una caja fuerte de un despacho es acaso ocultar» (sic).

¿Saben qué? Todos los códigos éticos anuncian ruina cuando tienen que ocuparse de lo más básico. Cuando necesitas promulgar un reglamento para explicar en qué consiste el comportamiento decente (del latín decet, «lo debido»), es que ya das por supuesto que diriges a una banda de cuatreros. Hay cosas que no requieren una norma escrita; cosas que, si tienes que escribir, es porque nadie va a entenderlo. Nadie necesita un manual para saber que no debe quedarse con la cartera que encuentra en el suelo. Del mismo modo, nadie que ocupe una alta magistratura pública debería necesitar que le expliquen por qué no puede quedarse con regalos recibidos en razón de su cargo. Sebastián —¿cómo olvidar que dirigió la Oficina Económica del Presidente del Gobierno?— llegó a decir que, de haber estado casado, se las habría regalado a su mujer. Esta gente, ¿dónde estudia, en la Universidad Corleone?

Los servidores públicos, especialmente quienes ocupan las más altas responsabilidades, deben atenerse no a lo que debe hacer cualquier persona de a pie, sino a estándares todavía más altos. Espanta comprobar que quienes nos gobiernan parecen incapaces de comprender esta regla elemental: no se puede aceptar ningún regalo valioso por razón del cargo. Cuando el señor Sánchez —si fabricásemos tanques del material de su rostro serían indestructibles— alude a que «las normas eran otras en 2007», demuestra, por enésima vez, que es un magnífico ejemplar de antiliderazgo. Dejemos que Simon Sinek (Los líderes comen al final) se lo explique con esta jugosa anécdota referida a un exsubsecretario de Defensa: «Ocupó su lugar en el estrado y empezó a hablar, compartiendo con el público los comentarios que había preparado. Hizo una pausa para beber café de un vaso de poliestireno que había subido consigo al estrado. Dio otro sorbo, miró el vaso y sonrió. «¿Saben?», dijo, interrumpiendo su propio discurso. «El año pasado volé hasta aquí en clase business y en el aeropuerto había alguien esperándome para llevarme al hotel. Al llegar al hotel había otra persona aguardándome. A la mañana siguiente, cuando bajé, había una persona en el vestíbulo que me trajo en coche hasta este lugar en que nos encontramos hoy. Me hicieron pasar por una entrada trasera, me llevaron a un camerino y me dieron café en una bonita taza de cerámica. Pero en esta ocasión ya no soy subsecretario. Volé en clase turista y cuando llegué ayer al aeropuerto no me esperaba nadie. Y ahora me tomo el café en este vaso de poliestireno”». La razón que hay tras esto, que sabe cualquiera que haya dirigido hasta un pequeño departamento de una pequeña empresa, parece que se le escapa a esta élite degradada y trincona que padecemos.

Por estos estándares nos regimos las empresas privadas desde hace décadas. Pero aquí tenemos a un exministro y al actual presidente explicándonos que la política española todavía no ha llegado a la A de la ética de los regalos. Por lo demás, difícilmente regala alguien joyas de valor millonario a cambio de nada; la cortesía se mueve en otros parámetros. Los regalos extraordinarios generan obligaciones extraordinarias; incluso cuando no compran una decisión concreta, compran cercanía, acceso, predisposición o gratitud, de ahí que las organizaciones serias los prohíban. Y es tal el volumen de inmundicia de todo lo anterior que, como ustedes comprenderán, andar ahora con finuras sobre la prescripción de un posible delito fiscal es mero destrío para cerebros lobotomizados (ideologizados). 

Me alegré, creo que con razón, hace algún tiempo, del inminente fundido en negro de Podemos y sus marcas hermanas: el movimiento político más adolescente y nefasto —corruptos aparte— del último decenio. Me gustaría, no obstante, que no perdiésemos de vista un término cuyo hallazgo sí les debemos, aunque se les olvidara súbitamente cuando pisaron moqueta: la casta. Estos días unas joyas nos recuerdan que esa casta sigue existiendo, una gente que se cree exenta, no ya de las leyes que nos hemos dado —como atestiguan sus corruptos indultos y amnistías—, sino hasta de los principios morales más elementales.

No escasean los códigos, sino la vergüenza. España necesita urgentemente un buen puñado de Cincinatos.

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