Movistar emite una serie catalana de la TV3, La Casa Nostra, una ágil sitcom, comedia de situación, para quien guste del género y le agrade escuchar el catalán, aunque no sea precisamente el de Espriu.
Las primera andanzas de la serie (pocas hay en una sitcom) tienen que ver con encontrar piso. El protagonista, un simpático periodista al que deja la novia, comparte uno que le presta el padre y que es tal bicoca que se pegan por estar allí.
Los personajes hablan con recelo de los «expats» y de los «putus guiris» que «se están cargando la ciudad» y hacen imposible encontrar piso.
Podemos pensar que los guiris son los turistas, de hecho, en la entradilla de la serie hay un grafiti con «tourists go home», pero los expats, gran rival a la hora de encontrar vivienda, son otra cosa.
En la prensa barcelonesa esta categoría ha aparecido bastante recientemente: los expats son los extranjeros establecidos en Barcelona, con trabajo cualificado y alta renta, movidos allí por la empresa o por el deseo de vivir en una gran ciudad mediterránea.
O sea, que van a trabajar o a encontrar una vida mejor… técnicamente como todos los demás.
En la serie, dentro de una ligereza cómica, sin embargo, muestran rechazo hacia ellos; son molestos porque contribuyen a encarecer la vivienda y porque, en cierto modo, han ido cambiando la ciudad. Es una xenofobia simpática y tolerada, con resquemor inmobiliario.
Esta categoría del expat es globalista y de las grandes ciudades. Barcelona los tiene en cantidad, y se les ha llamado «expats» desdramatizando al expatriado de toda la vida, quizás por simple bobo pijerío o porque «extranjero» sonaría demasiado consciente e «inmigrantes» queda reservado para otro tipo de gente en otro tipo de barrios. Gente con la que no se permitirían esos comentarios. El expat es la respuesta a la pregunta ¿pueden ser un poquito xenófobas las buenas conciencias?
De los inventores de «la inmigración no tiene nada que ver con la criminalidad» llega ahora «la inmigración no explica el mercado de la vivienda», ni siquiera cuando la mitad de inquilinos en España son extranjeros. Y al verlos negando la «evidencia empírica» (lo dijo Quero, que les ha robado el data based), nos acordamos de los expats barceloneses… ¿puede complicar un extranjero la proeza de tener un lugar donde vivir?
O sea, a nivel macro, los ‘migrantes’ no tienen efecto reseñable en el mercado de la vivienda, pero a nivel micro, los pijos americanos que tras ver una de Woody Allen se fueron a vivir a Barcelona sí complican el «lloguer».
Ayuso y Almeida, por cierto, no contentos con la situación berberechil del metro y zulesca del habitaje, y en la estela de Barcelona, llaman ahora a Woody Allen para que les haga una peli-anuncio de Madrid que termine de llenar la ciudad de expats tras una postal Vicky Cristina Chmaberí (¡Comunismo o Matcha latte!). Serían la guinda del pastel, la pelota del cocido, la espuma de la cañita. Libertad hay pa’ tós, pisos ya…