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Este artículo se publicó en La Gaceta antes de convertirse en La Gaceta de la Iberosfera, no siendo entonces propiedad de Fundación Disenso.

Los falsos profetas

15 de marzo de 2016

Dice el refranero popular que la historia siempre se repite. Salvando las distancias temporales y espaciales, en algunos casos una mirada retrospectiva resulta inevitable para encontrar clamorosas semejanzas. No más lejos, escuchamos día sí y día también desde los mass media que nos encontramos en un régimen caduco como el de las Restauración, aquel caciquil y pintoresco período en que dos grandes partidos se repartían las prebendas y se encubrían mutuamente sus corruptelas. Ante semejante degradación y estancamiento, surgieron dos prominentes figuras con aires de renovación y esperanza: Alejandro Lerroux, del Partido Republicano Radical y el reformista Melquíades Álvarez.

 

Lerroux,  surgió como alternativa ante la frustración que causa la imposibilidad de aguijonear con energía el cuerpo social. Perspicaz y camaleónico, fue capaz de pasar del radicalismo anticlerical a la moderación republicana cuando las circunstancias lo requerían. Álvarez Junco estudió las claves de su retórica fundada en la espectacularidad, la subjetividad y la trascendentalización como mecanismos para eludir el fondo de los problemas y disfrazarlos de manera convincente. Dichos atributos no sólo le sirvieron para encandilar a las masas populares sino también a un número nada despreciable de escritores y periodistas varios. Esto le llevó a ser descrito por Ortega como “un formidable arquitecto de pasiones colectivas”.

Este conjunto de rasgos nos evocan a la imagen del “ilustre” profesor de políticas de la Complutense, Pablo Iglesias. Con verbo suelto y oratoria incisiva, conceptos como “casta” o “puertas giratorias” se han grabado con fuego en la memoria colectiva. Su versatilidad lo ha llevado de ser nostálgico de regímenes chavistas (“hasta siempre comandante Chávez”) y trotskistas a proclamar que quiere construir en España una socialdemocracia a la nórdica. Sus proclamas contra el ÍBEX-35 y las SICAV, culpables de todos los males de este mundo, son de sobras conocidas pero rascando la superficie y hurgando en el fondo, su programa económico a parte de utópico ha demostrado ser pan para hoy y hambre para mañana y pasado. ¿Cómo ha calado tan bien su discurso entre las clases populares? Encontrando una explicación fácil e inteligible a problemas complejos y de difícil solución y señalando con el índice una serie de culpables: la clase política, los bancos, etc. Mejor decir esto que reconocer que nos endeudamos por encima de nuestras posibilidades y que tenemos un Estado del Bienestar hipertrofiado e hiperburocratizado.

Otra tendencia que tomó el relevo fue el reformismo moderado. El partido de Melquíades Álvarez, nacido en 1912, se nutrió de las aspiraciones de las clases medias profesionales, y basó su estrategia en el rechazo de cualquier extremismo y en la confianza de que la monarquía y el sistema entonces existente se podían reformar desde dentro, siguiendo los principios fabianos de “penetración pacífica”. Sabe conectar con gran parte de la juventud intelectual al proclamar la cultura y la necesidad de volcarnos en Europa como principio vertebrador de nuestra nación. Su homónimo contemporáneo es el  infatigable visitante de tertulietas y programas varios donde es bien enjabonado por el periodista de turno, Albert Rivera. Adalid de lo políticamente correcto, nunca dice una palabra más alta que la otra. Detrás de una abstracción ideológica perfectamente planificada, ha convertido Ciudadanos en el caladero de  votos de todas  las orientaciones políticas imaginables, cuyos amos y señores eran antaño los partidos del sistema. Haciendo gala de un reluciente europeísmo y con unos líderes castos e imberbes, gran parte de la juventud española ha caído rendida a sus pies. Siendo los yernos deseados por toda suegra que se precie, han pasado de puntillas sobre los temas más polémicos y que más dividen la sociedad española: aborto, colegios concertados, memoria histórica, pactos, desvaríos en los ayuntamientos podemitas “por el cambio”, etc… Es lo que tiene pedir el voto por la mañana en 13 TV y por la noche en la Sexta.

Después de haber dado bandazos varios y presa del descrédito, en las elecciones de 1936 el Partido Radical de Lerroux sacó un ínfimo 1,1% de los votos emitidos. Peor suerte corrió Álvarez, siendo asesinado por milicias izquierdistas, aunque la sacrosanta memoria izquierda le haya hecho caer en el olvido. Estos prohombres, antaño grandes profetas y hacedores en el futuro de grandes hazañas, fueron perdiendo protagonismo hasta adquirir un papel residual en la vida política española.

 

Cuando emitimos un voto, en cierta manera estamos firmando un contrato con ese partido al que estamos votando, cuya escritura es su programa electoral. De la fiabilidad o no de este contrato dependerá la concreción con la que se haya redactado y la presencia o no de cláusulas ocultas. Hoy en día, votar a Podemos o Ciudadanos es como firmar un cheque en blanco. Su espectacular escenografía y puesta en escena nos hacen obviar sus silencios, que claman más que mil voces. Sus silencios sobre Venezuela, Cuba, ETA, colegios concertados,etc. Sus profetas han sabido agasajar son sus prédicas a gran parte de sus conciudadanos. Pero como decía Mill, en cierta manera es un gorrino aquel que se deja arrastrar por los placeres mundanos, obviando los intelectuales. Extrapolando, no nos dejemos engatusar por la ornamentación y que hablen claramente sobre el qué y el cómo, incluso en aquellos temas que les pueda perjudicar electoralmente. Nos hará más libre a todos.

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