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Este artículo se publicó en La Gaceta antes de convertirse en La Gaceta de la Iberosfera, no siendo entonces propiedad de Fundación Disenso.

Los huevos de Lucio

6 de julio de 2015

La foto está siendo más comentada que los huevos de Lucio. Los de su célebre restaurante madrileño, se entiende. Por cierto, que los famosísimos huevos rotos de Lucio son toda una metáfora gastronómica de la España que los cinco comensales de la foto han contribuido a desgajar, cada uno en su momento pero todos con el mismo entusiasmo.

Desde que se retrataron en su transcendental cena en Casa Lucio, los cortesanos de lo políticamente correcto y los analistas de la coba están vistiendo la foto de institucionalidad apetecible y deseable, pero lo cierto es que cada uno de los comensales debió acudir a la cita con el mismo entusiasmo con el que se va de urgencias al dentista.

Todos sabemos, los periodistas cortesanos también, que Aznar y el Rey abdicado se adoran desde que josemari echó de su despacho de Génova, con cajas destempladas, al contable de Su Majestad, Manuel Prado y Colón de Carvajal, y comenzó a controlar la agenda, pública y privada, del Monarca con el fin de evitar aventuras cinegéticas en Botswana. Todos sabemos que Rajoy siente por Aznar lo mismo que Bruto por Julio César, que Felipe González siente por Zapatero lo que el cazador por Bambi, y que Aznar hace vudú con Zapatero todas las noches desde el 11-M. En fin, una foto que ninguno de sus protagonistas enseñará a sus nietos con la nostalgia de un abuelo cariñoso, porque ninguno de ellos hubiera cenado huevos, motu proprio, en compañía de los otros cuatro.

¿A qué, entonces, un ágape entre cinco personajes que se detestan diplomáticamente? Dicen los periodistas cortesanos que con la capacidad de influencia de cada uno de ellos se pretende crear una auctoritas que gravite sobre el desastre nacional del Ruedo Ibérico, para evitar el naufragio greco-izquierdista que nos espera en los acantilados de noviembre o en la pleamar de septiembre, que con Rajoy en el puente de mando nunca se sabe en qué golfo (o cabo) nos vamos a ir a pique.

¿Capacidad de influencia? La misma que una colección de pelucas viejas, como Napoleón llamaba a los Borbones, para condicionar el estilismo capilar de Pablo Iglesias y de Ada Colau. Veamos: El Rey abdicado no influye ni en su egregia familia, cuyos vástagos de ambos sexos no le han hecho el menor caso ni en custiones de Estado, como son sus respectivos matrimonios morganáticos. Felipe González ha quedado reducido a un asalariado de lujo de Carlos Slim al que, en la alegre cuchipanda de jovencitos semianalfabetos en que se ha convertido el PSOE, aguantan con la condescendiente tolerancia que se le otorga siempre al abuelo batallitas. Zapatero, ni cuenta; con su acreditada fama de vagancia e incompetencia se ha refugiado en el Consejo de Estado para vivir del cuento el resto de sus días. No cotiza ni en Bilderberg ni en el Ibex-35. Aznar está en sus consejos de administración y, una vez al año, el PP, que lo quiere lejos y a ser posible calladito, le deja montar su picnik estival de FAES para que el pobrecillo se sienta el Azaña de la derecha exiliada. Y a Rajoy, el único comensal con auténtico poder ejecutivo, le están preparando las maletas en Génova y en la Moncloa, para que les vaya haciendo sitio a Soraya y a Pedro Sánchez, tal y como Aguirre se lo ha hecho a Carmena y Cospedal a García Page. ¿Cuál es la capacidad de influencia de cada uno de ellos hoy en España? La misma que la del heredero de la Corona de Francia en el Palacio del Elíseo.    

        

 

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