La gira de Isabel Díaz Ayuso por México (o Méjico, que lo mismo da) ha tenido una virtud inesperada y, sin duda, involuntaria: ha puesto de manifiesto los límites de la Hispanidad. Por resumirlo en unas pocas palabras: la Hispanidad nos asemeja, pero no nos iguala. Ni tiene por qué hacerlo.
La Hispanidad existe, por supuesto. No es una entelequia. Es un hecho de civilización que reposa sobre una lengua común que es el español, una religión compartida que es el catolicismo, una historia de tres siglos bajo un mismo signo político y un cierto número de instituciones sociales y culturales que nacieron de todo eso. Algo muy importante, sin duda. No hay nada comparable en ningún otro espacio cultural. Para los españoles, por supuesto, es un elemento esencial de nuestra identidad colectiva. No podemos renunciar a la Hispanidad porque forma parte de nuestro ser histórico. Reivindicarla es un ejercicio de patriotismo muy recomendable. Pero con un matiz decisivo: esta es una tarea que nos corresponde a nosotros en nuestro ámbito cultural y sería ingenuo creer que todo hispano de allende los mares va a compartir el mismo sentimiento. Es maravilloso que en Argentina, Perú o Colombia se defienda lo hispano, pero allí, en su suelo, tienen que hacerlo ellos, no nosotros. Precisamente porque son tan hispanos como nosotros.
En América surgió hace doscientos años un abanico de naciones que han seguido cada cual su propio camino, frecuentemente por oposición a España y también entre ellas mismas, incluso contra sus propias poblaciones. En ese camino de afirmación nacional, cada espacio político ha construido relatos de autolegitimación que, por lo general, incluyen designar como enemigo al vecino o al pasado común, punto este último en el que el neoindigenismo ha alcanzado extremos propiamente patológicos, como manifiesta la señora Sheinbaum cada vez que abre la boca. Por supuesto, el neoindigenismo es una construcción artificial que a menudo no tiene otra finalidad que encubrir la corrupción, la incompetencia o la voluntad de poder, pero su falsedad intrínseca no lo hace menos eficaz. Y habría que preguntarse por qué.
El hecho de compartir un núcleo esencial de civilización no nos empuja necesariamente a la hermandad: Francia no es menos latina que España, y no por eso nuestros pueblos han dejado de liarse a bofetadas cada vez que han (hemos) tenido ocasión. Visto desde aquí, desde la España europea, la Hispanidad podría ser una excelente plataforma para que las naciones iberoamericanas encontraran una proyección mundial más allá de sus límites nacionales. Pero eso, insisto, es visto desde aquí; visto desde allí, el choque entre la identidad hispana y la identidad nacional mejicana, ecuatoriana o peruana es un factor de tensión siempre presente. Ricoeur explicaba que toda identidad alberga siempre una tensión entre la identidad ipse, lo que yo soy, y la identidad ídem, lo que me asemeja a otros. El mundo hispano es un perfecto ejemplo de esa dinámica.
Esto vale también para la inmigración de origen hispano en suelo español. Sin duda los españoles compartimos con cualquier hispanoamericano muchos más elementos «ídem» que con sujetos de cualesquiera otras latitudes, pero los elementos «ipse» siempre están presentes. Nos parecemos en muchas cosas, pero no somos lo mismo. En materia de inmigración, en España, hay quien está utilizando lo hispano como un argumento para disolver identidades, tanto la propia como las ajenas, en una suerte de globalismo cosmopolita que habla español en vez de inglés. Pero eso es, en realidad, una deformación de la hispanidad. Y es tan artificial como el neoindigenismo.
Ser hispano es compartir un núcleo de civilización, pero no es compartir un espacio político. Podría serlo si los hispanos lo desearan, pero no es el caso. Como ha demostrado el viaje de Ayuso a México. Ahora con x.