El Papa León XIV lleva en España desde el sábado. Su visita le llevará de Madrid a Barcelona con epílogo en Canarias. Todo está previsto desde hace tiempo. Casi tan previsto como la reacción que intuíamos en el catolicismo del «todos, todos y todos» —pero sin algunos— y en sus portavoces mediáticos, los animadores culturales del humanismo cristiano. Como la paella que siempre toca el jueves, la venida de León XIV sirve una vez más a los exégetas oficiales del papado para colocarnos su mercancía política.
El negocio tiene sus ventajas. No sólo permite hacerse preciosos selfis morales, y derramar la «segunda lágrima» de Kundera, sino también participar de la guerra cultural cómodamente mientras uno sigue pidiendo que le aparten ese cáliz de la vista. Una declaración papal sobre el llamado multilateralismo, «la convivencia», los cayucos o la polarización es pan bendito para algunos. Puede servir para validar una visión perfectamente reconocible del mundo que se utiliza como arma arrojadiza contra el adversario. Esto es algo que no tendría mayor importancia si los capellanes del consenso no llevaran años denunciando desde sus púlpitos mediáticos la utilización interesada de todo lo que toca al hecho religioso. Pero ya se sabe que la ley del embudo es la ley de hierro de mucho jeta, que rima con exégeta.
La culminación de todo este proceso de exégesis papal que empezó con Francisco es la creación de los márgenes. Pero hay márgenes y márgenes. Están los culturalmente prestigiosos y los voluntariamente olvidados. Los que merecen atención y los demás. Dentro del maravilloso mundo de la marginalidad cabe todo lo que uno quiera meter en función del fin perseguido, incluso enchufar a la casita de Bad Bunny. Todo margen es reflejo de otro donde siempre hay alguien que suponemos más alejado de Dios que uno mismo. Y eso, claro, es tranquilizador. Lo fundamental es estar en el lado bueno que, quizá no por casualidad, siempre es el propio. Si además el margen elegido cuenta con la bendición del poder político o cultural, pues de luxe.
El exégeta, en fila india tras el flautista del progresismo transnacional, no ha comprendido aún que el amor que se profesa genuinamente se dirige en primera instancia al prójimo más cercano y a la comunidad a la que se pertenece. Por eso en sus márgenes nunca está el europeo atrapado entre la porra del Estado y el cuchillo de la violencia que es mejor no nombrar. Nunca alza la mirada al agricultor maltratado por la UE. Muy tímidamente, a los cristianos perseguidos y masacrados por, de nuevo, la violencia que es mejor no nombrar. Rara vez aparecen los denostados por el sistema político-mediático. Será que a algunos no les toca jamás estar en los márgenes VIP.
Las interpretaciones del exégeta, que abraza la papolatría cuando le conviene como quien instrumentaliza la religión, siguen un mecanismo reconocible. Detecta una intuición humanista adaptada a los códigos culturales posmodernos, la eleva a categoría política —con su correspondiente moralina ideológica– y con ella clasifica a los buenos y a los malos. A los que caben en el «todos, todos, todos» y a los que no.
Mientras el exégeta se entretiene con sus cosillas, medio millón de jóvenes se reunía en vigilia con León XIV en la Plaza de Lima y más de un millón de personas en la Misa del Corpus. El prójimo cercano y la comunidad a la que pertenecemos deseando elevarse y ser confirmados en la fe. Con sed de Verdad.