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Periodista, documentalista, escritor y creativo publicitario.
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Los tiempos de la naturaleza

16 de febrero de 2023

Los documentales de Eugenio Monesma se han convertido en un placer irrefrenable para mí, hasta tal punto que no puedo dejar de consumirlos. Son como un suculento aperitivo que, una vez empiezas, ya no puedes parar. Y además, para regocijo mío, son tantos los documentales que creo pueden convertirse en un banquete eterno. 

Quizá me gusten tanto porque soy un nostálgico impenitente, y Monesma trabaja el documentalismo sobre oficios antiguos tristemente en vías de extinción, o algunos ya desaparecidos.

De todas las obras de arte de Monesma con las que he disfrutado hay una que me ha gustado especialmente. Y no porque su protagonista sea un antepasado mío y me transporte al pueblo donde nació mi abuela, que también, sino porque el oficio al que se dedicaba un primo suyo es toda una escuela de vida.

Casimir Brescó, de Alentorn, pueblecito pequeño de la provincia de Lérida, se dedicaba, como tanta gente de la zona, a fabricar horcas. Para los urbanitas: tenedores gigantes de madera usados para mover grandes cantidades de paja y otras materias ligeras. 

El oficio desapareció cuando comenzó la producción en cadena de horcas de hierro. Lo que antes se trabajaba manualmente por espacio de seis años ahora lo fabrica una máquina en menos de un día. Pero la elaboración de horcas a la antigua, aunque solo sea un recuerdo del pasado y para algunos un oficio excéntrico con el que entretener a los turistas, nos sigue enseñando muchas cosas importantes para la vida.

La primera es la paciencia. Durante seis años hay que estar pendiente del almez –el árbol del que saldrá la horca–, e ir podándolo para que las ramas crezcan debidamente. Así, al cabo de más o menos seis navidades se podrán cortar los árboles para empezar el proceso de elaboración artesanal. 

Pero no vaya a pensar el lector que solo hay que ser pacientes y constantes por espacio de seis años. Porque, cuando la rama se ha podado, hay que ponerla sobre el fuego unos minutos para arrancar después toda la corteza y dejarla secar durante quince días. Luego hay que llevar las futuras horcas a la balsa y dejarlas allí casi un mes y medio para que adquieran flexibilidad, pues hay que darles la forma deseada. Después dos o tres días más hasta que se sequen. Y aquí no acaba el proceso.

La segunda enseñanza es el dominio del hombre sobre la naturaleza. Ahora viene el proceso de moldeado, que sería muy largo de explicar ya que consta de muchos pasos, pero es una delicia verlo en el documental. Ese proceso dura un día, ya que gran parte del trabajo lo ha hecho la naturaleza y sus tiempos, pero sin la inteligencia del hombre sería del todo imposible que la rama de almez acabara convertida en horca. Y terminado el moldeado hay que dejar las horcas a secar otro mes más. 

Llegados a ese punto hay que tener mucho cuidado, pues las ramas tienen memoria y, durante el secado, bien pudiera ser que algunas se deformaran en un intento de recuperar la posición anterior. Por eso Casimir Brescó tiene que ir corrigiendo todos los días esas ligeras deformaciones. Y por eso es necesario aprender a dominar la naturaleza, respetando sus tiempos claro está.

Es una pena que oficios como el de Brescó, que tanto nos enseñan sobre la existencia, hayan desaparecido. Algunos dirán que es ley de vida, yo me niego a creer que sea así. Estoy seguro de que antes de que aparecieran las máquinas que fabrican horcas de hierro, Casimir y sus colegas de profesión abastecían a los agricultores sobradamente. Y no sólo eso sino que muchas familias vivían gracias a la producción artesanal de dicho apero de labranza. Se trataba de una vida sencilla, sí, pero, ¿acaso hace falta más?

No seamos ingenuos pensando que antes de que llegara la modernidad a esos pueblos los agricultores no tenían lo necesario para cultivar el campo. Y que gracias a las máquinas y a la producción en cadena ahora pueden disponen de cuantas horcas necesiten. Lo que hemos conseguido, por lo menos en el oficio de mi antepasado, es que los pequeños propietarios que pueden ganarse el pan con el sudor de su frente y el fruto de su trabajo se hallen en vías de extinción.

Pero la mayor enseñanza de este oficio es la importancia de respetar los tiempos de la naturaleza, que por algo he titulado así mi artículo. Igual que en la horca hay un tiempo para el secado, otro para el quemado, otro para el moldeado y así con todas las fases que se prolongan durante más de seis años, en nuestra vida también hay un tiempo para todo: para el ocio, para el negocio, para el estudio, para la familia, para la maternidad… y si no respetamos esos tiempos sagrados, lo mismo que el mango de la horca puede partirse o deformarse, también nuestra vida puede malograrse.

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