El otro día estaba sentado en la terraza de un bar frente al hospital donde ha nacido nuestro cuarto hijo, en esta ocasión una niña esculpida por los dioses: grande, larga y de proporciones áureas. El parto más sencillo de los cuatro que ha tenido mi esposa, la cosa quedó en un trámite.
La ocasión merecía una celebración así que, solo, puesto que ella no podía acompañarme, me senté y disfruté de una copa mientras fumaba. Copa que pasó a plural cuando se sumaron a la celebración amigos y familia. Pero antes de que se fuera añadiendo gente a la fiesta tuve unos minutos de relativa soledad en los que compartí terraza con otras dos personas, un hombre y una mujer, de algo más de cuarenta, quizá cincuenta años. Sentados lo suficientemente lejos para que no me prestaran atención, pero hablando suficientemente alto para no perder detalle de la conversación. Los unía el trabajo, ambos eran educadores. Y en la mesa los separaba un botella de vino, situada en el centro, que iba menguando a medida que la conversación avanzaba.
Comenzaron hablando de sus alumnos, de cómo solucionar los problemas que tenían algunos de ellos y de otros temas de poco interés para un fisgón como yo. Pero pronto pasaron al terreno de lo personal, incluso de lo íntimo, y la cosa se puso interesante. Ella le dijo que ahora, por fin, después de mucho tiempo, era muy feliz. Quizá era verdad, pero a mí no consiguió convencerme. Después de varios desengaños amorosos y de relaciones truncadas para sorpresa de nadie, había conocido a un «follamigo». Esa era la franqueza con la que habló con su compañero de trabajo.
No parecían tener una amistad previa al trabajo, más bien se trataban como desconocidos que trabajan juntos. Pero esa barrera se fue rompiendo a la misma velocidad que el néctar de los dioses bajaba de nivel. Continuó la mujer contando que su «follamigo» pasó a ser amigo y que en la actualidad los unía un amor muy puro, motivo de esa felicidad que aseguraba no haber vivido antes.
Él por su parte se centró en hablarle de los rituales de ayahuasca en los que había participado con su actual pareja, cómo ella había sido un impedimento para vivirlos al máximo, y cómo después de disfrutarlos sólo había descubierto todos los beneficios físicos y espirituales de este tipo de rituales si uno los hace como debe, despegándose de cargas y guiado por un buen maestro.
Desde fuera parecía querer regalarle una entrada para que participara con él en la experiencia yonqui. A ella no la vi muy decidida aunque escuchaba y preguntaba con creciente interés. Luego empezó a llegar familia y amigos, y tuve que abandonar mi particular investigación sociológica. No sé qué será de su felicidad, esa que por fin ha encontrado después de que su «follamigo» se convierta en «amor puro», pero me temo que contando tales intimidades a un extraño, por mucho que trabaje con él, tiene mal pronóstico.
La fidelidad no sólo es física, también es espiritual, intangible si se quiere. Y hay cosas del matrimonio —en su caso pareja supongo— que no se van aireando por ahí. Mucho menos con un compañero de trabajo un viernes a las seis de la tarde y frente a una botella de vino.
De lo contrario, tarde o temprano seguramente acabe encontrando otro «follamigo» y esa felicidad por un amor tan puro vuelva a desaparecer como en tantas otras ocasiones. Pues la vida acaba convirtiéndose en una sitcom donde se tiene sexo con muchos pero vínculos fuertes con nadie. Y la felicidad así entendida tiene muy mal pronóstico.