«Ser es defenderse», Ramiro de Maeztu
Sevilla, 1972. Economista, doctor en filosofía y profesional de la gestión empresarial (dirección general, financiera y de personas), la educación, la comunicación y la ética. Estudioso del comportamiento humano, ha impartido conferencias y cursos en cuatro continentes, ocho países y seis idiomas distintos, y presta servicio como mentor ético. Ha publicado diez ensayos, entre ellos 'Ética para valientes. El honor en nuestros días' (2022) y 'El dilema de Neo' (2024); 'El bien es universal' (2025) es su último libro. También ha traducido más de cincuenta obras, de Shakespeare, Stevenson, Tocqueville, Rilke, Guardini, Thibon, MacIntyre y Chesterton, entre otros. Más información es davidcerda.es

‘Mansplaining’

23 de julio de 2026

El término mansplaining surge de la contracción de man (hombre) y explaining (explicar), y se populariza a partir de un ensayo de Rebecca Solnit publicado en 2008. En él, Solnit relataba una escena cotidiana y normalizada: un hombre le hablaba con tono de autoridad sobre un libro… que ella misma había escrito, sin molestarse en comprobarlo. La anécdota cristalizó algo que muchas mujeres pueden reconocer de inmediato; no tanto el hecho de que les expliquen, sino el de hacerlo desde un paternalismo intolerable. El mansplaining nace de una presunción de superioridad infundada que debe ser combatida por todos, porque cualquier posición de superioridad a priori es desagradable e injusta.

El mansplaining existe: ese «mira, bonita» —explícito o implícito— con el que algunos hombres explican a las mujeres cuestiones evidentes, o incluso especializadas, como si estas partieran de una inferioridad intelectual. La irritación que provoca es perfectamente comprensible. En buena medida porque se ha combatido y se combate, el fenómeno está en retroceso. Basta con hablar con mujeres jóvenes para saber que ya quedan pocas dispuestas a pasar, sin alzar la voz, por eso. El machismo, sobra decirlo, no ha desaparecido de la faz de la Tierra, ni siquiera en nuestro país, uno de los más igualitarios del mundo, si atendemos a los datos y no a esta o aquella experiencia personal (siempre anecdótica).

Punto y aparte.

Considerar, sin embargo, que cualquier hombre que le explica algo a una mujer incurre en mansplaining carece de sentido. Explicar es una acción neutra, inherente al diálogo y al intercambio humano de conocimiento. Para que haya mansplaining no basta con que quien explica sea hombre y quien escucha mujer. Es necesario que concurra, además, la presunción siempre injustificada de superioridad basada en el sexo, acompañada de un tono o actitud que la delate. Es la forma de explicar, y no el hecho de hacerlo, lo que puede resultar desagradable. Eliminar ese matiz convierte el concepto en una caricatura, y las caricaturas, por definición, deforman la realidad hasta volverla irreconocible. Si todo es mansplaining, nada lo es.

Aplicar indiscriminadamente esa etiqueta incurre en el sesgo que se pretende combatir. Gritar ¡mansplaining! cada vez que un hombre le dice algo a una mujer es rancio sexismo. Asumir que una mujer no puede recibir una explicación o una crítica sin que medie un abuso implícito es otra forma de paternalismo, una que practican muy a menudo ciertos hombres que compran todos los desvaríos con la esperanza de pasar por feministas. Como ya ha habido muchos casos de tipos así que han terminado desenmascarados, tampoco hace falta extenderse; el fenómeno del «aliado» está íntimamente ligado al de los sobones, a un modo rastrero de intentar caer bien a según qué mujeres.

Quien a todo hombre que explica algo a una mujer lo acusa de mansplaining sitúa a la mujer en una posición de inferioridad intelectual. La coloca en un plano de fragilidad permanente, como si necesitara protección frente a cualquier discrepancia. Y eso, lejos de ser emancipador, reproduce la misma lógica que se dice rechazar. Como ha señalado Camille Paglia, cuando ciertos discursos feministas derivan en una lógica de tutela moral y control del lenguaje, terminan reproduciendo formas de censura y de infantilización que, lejos de liberar a la mujer, la encasillan en una identidad tutelada.

El feminismo bien entendido es un movimiento cuyo fin es que todos los seres humanos sean tratados como merecen, independientemente de su sexo. Por lo tanto, decir quién puede participar en él o hablar de él según su sexo no es más que sexismo disfrazado. Quien manda al hombre callar siempre que se hable de la mujer no es feminista, sino hembrista. Es una inversión del prejuicio, no su superación; y pretender que se va a combatir la injusticia de un lado con la injusticia de otro es un dislate. Sustituir una jerarquía por otra va en contra de desactivar todas estas jerarquías sexistas, que es lo que nos corresponde. Cuando la conversación se convierte en un campo de identidades en pugna, el conocimiento deja de circular y se atrinchera. Capítulo aparte para quienes piensan que el hembrismo va a proteger a una sola mujer, que va a reducir siquiera en una el número de las que son asesinadas por sus parejas o acabar con el resto de las desigualdades que subsisten; esa gente no tiene remedio.

El feminismo no debería tener nada que ver con enfrentar a ambos sexos en una guerra sin cuartel. Si quiere ser ético tiene que ser un capítulo más —aunque singular e importante— por la igualdad efectiva de derechos y oportunidades de todos los seres humanos. Una lucha que no excluye a ninguno de los dos sexos: interpela a ambos. De ahí que un hombre pueda —y deba— estar a favor de esa lucha, la correcta, la de la igualdad, del mismo modo que una mujer puede hablar de cualquier otra cuestión que afecte a los hombres. En este sentido, sería estrictamente feminista, por ejemplo, luchar contra las crecientes dificultades de los chicos en los sistemas educativos, que amenazan la igualdad efectiva. Sostener que el feminismo es un ámbito exclusivo sobre el que los hombres han de callar no fortalece la causa; la debilita, al reducirla a una cuestión de pertenencia en lugar de principios.

Decía Bell Hooks que «el feminismo es para todo el mundo». Por descontado, en la lucha por corregir las desigualdades entre ambos sexos (que históricamente han perjudicado más a la mujer) el protagonismo corresponde a quienes las sufren: las mujeres. Ellas han sido, por supuesto, las que más han sufrido y han estado al frente. Pero estamos en España y en 2026; la evidencia anterior no excluye, sino que exige, la implicación de los hombres. No es de recibo, además, suponer un pecado original en el varón que nace en nuestra sociedad y en nuestros días; esa es una postura tribal y moralmente insostenible. La igualdad, si ha de ser real, no puede ser el proyecto de una mitad contra la otra, sino la tarea compartida de todos. Sólo así deja de ser un eslogan y empieza a parecerse a una conquista.

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