Estos días se habla del tercermundismo español a propósito del AVE y otros descalabros, pero hay también un tercermundismo ideológico y mental que toma varias formas.
Una principal, sin duda, es la izquierda, revelada hace unas horas en el discurso-rapeo de Irene Montero aceptando la teoría del reemplazo para «limpiar de fachas» España y abrir su feminismo a «chinas, negras y marronas«.
Esto ha llamado la atención internacional (el Efecto Llamada es general) porque la teoría del reemplazo era lo que se conoce como una teoría de la conspiración. Una explicación alternativa. Hemos aceptado que la inmigración masiva fuera algo «natural», como un fenómeno atmosférico, y esta teoría, como otras, va en el sentido opuesto, en el de dotarles de causalidad, de intención.
Pero no dejaba de ser eso, una explicación que la oficialidad, por supuesto, no aceptaba. Hasta ayer. Con Irene Montero, diputada europea y ex ministra, se sienta un precedente excepcional dentro de una excepcionalidad mayor que tampoco ha pasado desapercibida: España como anomalía occidental. Cuando el hemisferio norte casi en su conjunto empieza a cerrar fronteras, España las abre, y además las abre mucho. ¿Llega España tarde o es vanguardia? Sea como fuere, tiene algo de laboratorio o UCI de ideas murientes en el mundo ayer civilizado.
Por eso, Europa y Estados Unidos nos miran y Sánchez se destaca como nota discordante, una especie de macarra contracíclico.
La cosa no acaba en el sanchismo o los podemitas. La dos instituciones tradicionales de España, la monarquía y la Iglesia, han demostrado un globalismo casi fanático, según un marco que la llamada derecha (hoy centro) compartía plenamente. Fue casi ayer que una de las luminarias de la razón centroderechista defendía la ilustrada idea de un Ministerio de la Verdad para España.
Esto ha sido el país estos años: la penetración por la izquierda y hasta la cocina del Foro de Sao Paulo y por la llamada derecha, un globalismo que convergía con el de las podemitas en la recepción del credo demócrata (Kamala, musa común de la COPE e Irene Montero).
No es por tanto una cosa de Sánchez. Es el contexto y el país. Tercermundialización en salarios, en servicios y catástrofes y, antes que nada, en ideas. En las marginalidades de la red, sirva de ejemplo, penetra también un tercermundismo pretendidamente soberanista: antioccidental, antiamericano…
El mundo ahora mira extrañado a España. En cierto modo se «internacionaliza» el sanchismo», expresión de un todo, de un esquema general. Si al globalismo radical se le resta, se le desgaja el occidente trumpiano y el mundo continental de la nueva derecha, lo que queda ya son realmente flujos y energías tercermundistas. España, que acepta ponerle cara a todas las conspiraciones y se quiere marrona, se declara en rebeldía del hemisferio.