«Ser es defenderse», Ramiro de Maeztu
Quince años en el diario líder de información económica EXPANSIÓN, entonces del Grupo Recoletos, los tres últimos años como responsable de Servicios Interactivos en la página web del medio. Luego en Intereconomía, donde fundó el semanario católico ALBA, escribió opinión en ÉPOCA, donde cubrió también la sección de Internacional, de la que fue responsable cuando nació (como diario generalista) LA GACETA. Desde hace unos años se desempeña como freelance, colaborando para distintos medios.

Matar al padre

22 de enero de 2026

La tesis más extendida es que Trump está loco. La segunda, un poco más elaborada, es que Trump es consciente del fin del llamado «momento unipolar», cuando la caída de la URSS le dejó como única superpotencia en el planeta, y aplica una estrategia agresiva y bastante desconcertante para sacar la mayor tajada posible de su papel de primera potencia en declive antes de que sea tarde. Y eso empieza por un repliegue táctico a su vecindario inmediato, el Hemisferio Occidental.

No es —o no solo— una recuperación de la Doctrina Monroe: América para los americanos. Cuando se formuló por primera vez esta doctrina, la posición de los Estados Unidos era exactamente la inversa a la actual; en lugar de ser el imperio indiscutible en las primeras fases de su decadencia, era la potencia naciente, aún lejos de hacerle sombra al hegemón de su tiempo, el Imperio Británico, pero ya lo bastante fuerte para reivindicar su esfera de influencia exclusiva.

El «América para los americanos» no significaba todavía que Estados Unidos pudiera hacer de su capa un sayo en los asuntos de los países presuntamente soberanos del continente, sino solo que las potencias europeas, iniciales metrópolis de todas aquellas tierras, tenían que renunciar a mantener su habitual influencia sobre ellas. Pero aunque la advertencia se dirigiera a todas las potencias europeas, apuntaba muy especialmente a una: Gran Bretaña, su propia Urheimat o patria de origen cultural y étnico.

En el asunto de Groenlandia y su agresiva, incluso brutal insistencia en que la isla debe pasar a soberanía estadounidense, los analistas ofrecen todo tipo de razones: la necesidad de acceder a materias clave para el desarrollo industrial norteamericano, muy especialmente para la industria de defensa; la necesidad de cortar el acceso a la zona a rusos y, sobre todo, chinos; el control de unas rutas árticas cada día más esenciales, y la ocupación de un espacio igualmente esencial para construir un sistema integral de defensa de misiles.

Y todo eso es verdad, todo pesa, todo influye en la codicia de Trump. En ese sentido, la consecuencia casi inevitable de dinamitar la Alianza Atlántica —cada día más parecida a una Liga de Delos con un líder abusivo— e indisponerse con sus aliados europeos se presenta como un «daño colateral» más o menos asumible o más o menos reparable.

Pero hay otro modo de verlo. No es imposible que la voladura de la OTAN como resultado de la actitud despectiva de Trump no sea, como dicen los informáticos, un ‘bug’, sino un ‘feature’, es decir, que lo que parece un fallo del programa resulta ser en realidad una prestación del mismo. Quizá, me atrevería a decir, el objetivo principal de toda la maniobra.

La acción equivaldría a un «matar al padre» freudiano, el conflicto necesario que enfrenta al hijo ya adulto con el progenitor para afianzar su autonomía.

Por lo general, a lo largo de la historia, los imperios mueren en una incredulidad violenta. Cuando varias generaciones han crecido aceptando con naturalidad la superioridad indiscutida de su comunidad política, es psicológicamente imposible visualizar un mundo en el que el país ya no sea el hegemón mundial, sino un poderoso participante más. Eso hace que, por lo general, la muerte de los imperios sea violenta, en medio de guerras y conflictos con su sucesor o sucesores.

Curiosamente, no fue ese el destino del Imperio Británico, que cedió pacíficamente el cetro a su vástago al otro lado del Atlántico. ¿Por qué? Porque el traspaso se parecía bastante al que vivió el Imperio Romano con respecto al (mal llamado) Imperio Bizantino. Porque era una continuación, una segunda vida. Estados Unidos fue fundado por británicos, habla inglés, sus instituciones derivan de la Common Law inglesa y nació basado en ideas desarrolladas en la vieja Albión.

En su madurez, Estados Unidos necesita cortar ese vínculo, y las actuales circunstancias, cuando el eje del mundo emigra a Asia y Europa se anquilosa y cambia incluso étnicamente de piel, lo hacen extraordinariamente fácil.

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