«Ser es defenderse», Ramiro de Maeztu
Barcelona, 1981. Licenciado en Comunicación Audiovisual por la Universidad de Navarra. Periodista. Autor del canal de Youtube 'Alonso DM'.

Mercosur y la soberanía perdida

12 de febrero de 2026

La memoria política española es frágil, deliberadamente cultivada en la desmemoria. Pero algunos hechos resisten al olvido: en 2011, una llamada telefónica de Angela Merkel bastó para que PSOE y PP reformaran la Constitución en tiempo récord, introduciendo el límite de déficit que condicionaría toda política económica posterior. No hubo debate público, no hubo consulta popular, apenas hubo discusión parlamentaria. La voz de Berlín sonó, y Madrid obedeció con la docilidad de quien conoce su lugar en la jerarquía.

Este episodio no fue una excepción: fue la regla haciéndose visible. Ni el PSOE ni el Partido Popular son partidos soberanos que gobiernen para España. Durante la Transición, el SPD alemán financió abiertamente a los socialistas españoles, ayudando a construir la infraestructura del partido que vertebraría el país durante medio siglo. El PP, heredero de Alianza Popular, se integró rápidamente en la familia democristiana europea liderada por la CDU alemana. Hoy, la financiación extranjera directa está prohibida, pero la subordinación política de ambos partidos permanece intacta, adoptando formas más sofisticadas: coordinación desde las familias políticas europeas, presión desde Bruselas y llamadas nocturnas desde Berlín.

Tanto el PP como el PSOE funcionan como extensiones políticas de sus respectivas matrices alemanas. No por vínculos financieros directos, sino por algo más profundo: una identidad de intereses donde los dirigentes de Ferraz y Génova han interiorizado que su posición depende de servir como intermediarios fiables de los proyectos alemanes en el sur de Europa. No necesitas financiar a quien ya ha asumido voluntariamente tu agenda. La propia Transición española fue diseñada bajo supervisión alemana, con una Constitución que replica modelos federales centroeuropeos profundamente ajenos a la tradición histórica española. No se trata de una influencia difusa o de un intercambio entre iguales: es una relación de dependencia institucionalizada, donde las élites políticas españolas deben su posición no al pueblo español, sino a su capacidad de servir como intermediarios fiables de intereses foráneos.

Así, el establishment político español funciona como un condominio bipartidista administrado desde Berlín. Cuando el interés alemán coincide con el español, el sistema funciona sin fricción aparente. Pero cuando hay conflicto de intereses, la lealtad del bipartidismo queda al descubierto. Y entre los intereses de la industria alemana y los del campo español, tanto el Partido Popular como el PSOE siempre —sistemáticamente, sin excepción— se posicionan del lado de Alemania.

El acuerdo Mercosur representa todo lo que el discurso oficial dice defender y todo lo que la práctica política traiciona. España tiene el sector agrícola más vulnerable de Europa ante la competencia desleal de productos extranjeros que no cumplen los estándares sanitarios, medioambientales ni laborales europeos. El campo español —ya devastado por el fundamentalismo climático y décadas de acuerdos comerciales nefastos— enfrenta ahora la puntilla: la importación masiva de carne, cereales y productos agrícolas desde Sudamérica a precios imposibles de competir.

¿Y qué hacen PP y PSOE? Celebrar unas «cláusulas de salvaguardia» que son, literalmente, papel mojado. La lógica de estas cláusulas es tan absurda que revela o bien la estupidez de quienes las proponen, o bien —más probablemente— su profundo desprecio por la inteligencia del pueblo español. Pensemos en ello: ¿qué sentido tiene firmar un tratado comercial y simultáneamente aprobar medidas de protección contra los efectos de ese mismo tratado? Es como casarse sabiendo que tu cónyuge es violento y celebrar que has conseguido una orden de alejamiento preventiva. Si necesitas la salvaguardia, no firmes el tratado.

Pero hay más. Estas cláusulas —que en España se presentan como una victoria diplomática frente a Bruselas— no están en el acuerdo con Mercosur. Los países sudamericanos ya han dejado claro que no las aceptarán. Es decir, la Unión Europea pretende firmar unilateralmente condiciones que la otra parte no reconoce. Es como redactar un acuerdo prematrimonial después de la boda y esperar que tenga validez jurídica. No es serio. No es política: es pantomima.

La realidad es más simple y más brutal: Alemania necesita Mercosur para sus exportaciones industriales. La industria automovilística alemana, la maquinaria pesada, los productos farmacéuticos necesitan mercados en expansión. Y para conseguir acceso a esos mercados sudamericanos, Alemania está dispuesta a sacrificar el campo español. El bipartidismo, obediente, ejecuta la orden. El PSOE firma, el PP aplaude las cláusulas fantasma. Y entre ambos disimulan la traición con el espantajo de unas salvaguardias que todos saben inaplicables.

Todo esto conduce a una pregunta que el bipartidismo español prefiere no formular: ¿existe realmente soberanía nacional cuando las decisiones fundamentales sobre la economía, la política comercial y la estrategia energética se toman en capitales extranjeras? ¿Es España una nación independiente o una provincia administrativa del proyecto político alemán?

La soberanía no es un concepto abstracto ni un eslogan nacionalista. Es la capacidad efectiva de un pueblo para determinar su propio destino, para defender sus intereses legítimos, para decir «no» cuando sus élites intentan venderlo al mejor postor. Y esa capacidad no existe en España mientras el bipartidismo dominante responda a Berlín antes que al pueblo español.

El caso Mercosur es ejemplar porque muestra la mecánica completa de la sumisión: primero, el interés alemán; segundo, la obediencia automática del bipartidismo; tercero, la operación cosmética de las «cláusulas de salvaguardia» para simular defensa de los intereses españoles; cuarto, el desprecio por la inteligencia del pueblo, confiando en que nadie señalará que el emperador está desnudo.

Lo que este episodio revela es que no puede haber política agrícola española seria, ni política industrial seria, ni política energética seria, ni infraestructuras serias mientras las decisiones fundamentales se tomen desde instancias que no responden ante el pueblo español. No se trata de antieuropeísmo: se trata de la simple constatación de que la UE, tal como está configurada, funciona como un mecanismo de extracción de valor desde la periferia hacia el centro, desde el sur hacia el norte.

Ni el PP ni el PSOE defenderán jamás al campo español frente a Alemania por la simple razón de que su lealtad primaria no está con España. No es una cuestión de individuos corruptos o de líderes incompetentes: es una cuestión estructural. Los dos partidos están diseñados para ser correas de transmisión, no instrumentos de gobierno soberano. Las cláusulas de salvaguardia de Mercosur no salvarán al campo español. Pero quizá sirvan para algo más importante: para revelar, una vez más, la verdadera naturaleza del régimen político español. Y esa revelación, dolorosa como es, constituye el primer paso hacia cualquier recuperación posible de la dignidad política y la soberanía real.

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