Mirar alrededor
Mirar alrededor
Por Itxu Díaz
20 de agosto de 2026

Recorro las carreteras secundarias de la costa gallega. Acantilados de vértigo, bateas en la ría, veleros en alta mar. El retrovisor me enseña todo lo que va quedando atrás, edificios como enormes latas de un supermercado, nubarrones de la vida, la histeria del reloj de la ciudad. Al frente, el gran azul. Dios Creador, belleza, y libertad. Cielo y mar se besan en un punto invisible, como los amantes furtivos bajo la luna nueva de una oscura noche. La bóveda presume de un celeste que no existe en ningún otro lugar de la naturaleza. Un verano para no volver a casa.

Las playas han empezado a vaciarse lentamente. El ecuador de agosto es la traca final. Tras ella, humo y canciones que se desvanecen. La segunda quincena acoge en Galicia otro tipo de veraneantes. Menos espontáneo, menos ruidoso, menos forastero, menos playero. Desde el mirador, rías, ríos y mares se confunden, con sus corrientes de agua tenebrosa, sus mareas vagas, ya avivándose ante la proximidad de un septiembre, y su juego de luces del dulce al salado. Una brisa cálida nos recuerda, en el fugaz contorneo del rostro, que nada es para siempre.

Lejos de la ciudad encuentras ensenadas de silencio, de silencio marinero. Las rías gallegas son como mares domesticados. No lo bastante inmenso como para ser océano, no lo bastante ordenado y sutil como para ser río. Quizá por eso se asentaron aquí tantos pueblos en siglos lejanos. La mezcla de agua dulce y salada ofrece una gran oportunidad de pesca y marisqueo. Siempre flanqueadas por valles y llanuras verdes donde desempeñar fecundas tareas agrícolas. El transporte, antes de las carreteras, las lanchas de pasaje, la más cómoda de las travesías. Y, por supuesto, defender una ría era mucho más fácil que hacerlo a mar abierto. Casi todo lo que vemos, más aún la obra de los hombres, tiene un sentido, no siempre evidente.

Las rías gallegas son tesoros de vida civilizada, lejanos vestigios del ingenio del hombre. Y hoy esas huellas de tanta fertilidad de las tierras y de tanta belleza, aún pueden verse en los contornos poblados y en el modo en que se han ido ensanchando las poblaciones a su alrededor, creciendo hacia los interiores como prolongando una cadena de vida y prosperidad.

De algún modo, mirando la obra de nuestros antepasados, cuando nos acercamos a una ría, nos acercamos al hogar que un día tuvimos, y quizá al que siempre aspiramos a regresar, cuando el tiempo empiece a ser una pendiente en cruel ascenso.

Ante el paisaje de las Rías Bajas, se me amontonan en la memoria versos de Rosalía, escenarios de Valle-Inclán, artículos de Julio Camba, y canciones de Los Limones, el gran grupo de pop marinero de nuestra era.

A mi espalda, unos kilómetros hacia el interior, descansa el paraíso de Cela, que reivindicaba su Iria Flavia con ternura, evocando Santa María de Adina, colegiata donde lo bautizaron, y presumiendo del obispo del lugar que fue «en tiempos idos» San Pedro de Mezonzo, al que se atribuye nuestra bellísima oración mariana, Salve Regina. En los últimos tiempos, a Cela siguieron invitándolo a las tertulias, pero callaba más que hablaba, y se hacía extraño, porque siempre fue el comentarista más rápido, el de gatillo fácil. Si estaba Umbral, como casi siempre, hablaba Umbral. Si estaba Dragó, hablaba Dragó. Cela callaba, asentía, negaba, o interrumpía con toses de incertidumbre. El viejo escritor siempre quiso volver al Sar, si no en cuerpo, sí espiritual y literariamente.

Junto a Padrón, fin del viaje, es hora de volver a leer Del Miño al Bidasoa; que siempre hay un Cela mejor por descubrir que aquel histriónico que perpetuó el folclore analfabeto, con su inestimable colaboración durante años, solo porque vendía bien en la contra de los periódicos de verano. «Sobre el cementerio de Adina, que cantó Rosalía en verso estremecido y cadencioso, vuela la paloma», escribe como versos de morriña, «entre la madreselva florecida y la hermética y ofendida camelia, crece el olivo funerario, el olivo que se salió de su geografía, el olivo que no da olivas, de tan aristocrático como se siente, pero que presta sombra y regala recuerdos y esperanzas».

El olivo funerario, aristocrático. Cómo olvidar ahora Adina. Caerá la noche en estas tierras entre olivos y campos de labranza, noche cálida del devenir agosteño y, bajo la bóveda trufada de estrellas, volveremos a mirar alrededor para entender, para respirar, historias, lugares y bellezas que en el invierno obviamos sin darnos ni cuenta y que ahora podemos guardar en el corazón como fortunas de un verano para toda la vida.

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