«Ser es defenderse», Ramiro de Maeztu
Enrique García-Máiquez (Murcia, pero Puerto de Santa María, 1969). Poeta, columnista y ensayista. Sus últimos libros son 'Verbigracia', (2022) poesía completa hasta la fecha; y 'Gracia de Cristo' (2023), un ensayo sobre el sentido del humor de Jesús en los Evangelios

Moreno Bonilla, jugón

27 de mayo de 2026

Con el chasco de la absoluta inalcanzada, Moreno Bonilla se desconcertó y nos quiso vender un concepto poco aritmético: la mayoría solvente, que era poco solvente, porque no resolvía nada y complicaba las cosas. Pero ya se ha repuesto.

Juanma está otra vez en plena forma, aunque lo disimula. Anda, por un lado, lamentando a voz en grito —mitad quejío, mitad planto— que el PSOE andaluz no sea como el PSOE europeo, con el que los populares pactan hasta el recreo. Cuánto le gustaría, ay, ay, ayyy, pactar con María Jesús Montero. Por el otro lado, presume, esta vez por alegrías, de que no hay prisa ninguna para hablar con Vox. Correr es de cobardes.

Cabe que los votantes de Vox no se tomen muy bien estos desplantes, pero es un precio que él está dispuesto a pagar, como veremos después.

La propuesta de acuerdo al PSOE es lógica, pero imposible, o viceversa. Lógica porque, en efecto, lo pactan todo juntos los populares y los socialistas en Europa. Podría traerse a Esteban González Pons de negociador y todo iría como la seda. Con Vox tiene menos acuerdos políticos de fondo que con el PSOE.

Pero eso tan lógico es imposible de toda imposibilidad por tres razones. Primero, porque la única baza política que le queda al todopoderoso Sánchez es venderse como bastión contra la derecha. Si fuerza al PP a pactar con Vox, miel sobre hojuelas. Si pacta con el PP, se queda sin bazas. 

En segundo lugar, aunque Sánchez ya no estuviese, el mensaje frentista ha calado con tanta profundidad en el electorado socialista que casi todos son como yonkis de la crispación. No entenderían un abrazo con Juanma Moreno. 

Por último, el auge de Adelante Andalucía no ayuda. Es un valor refugio para la izquierda doctrinaria y un PSOE que diese el gobierno al PP perdería muchísimos votos por ese flanco.

Todo esto lo sé hasta yo, ¿y no lo va a saber Juanma Moreno Bonilla? Claro que lo sabe, y muy bien. Está jugando magistralmente. Con su ofrecimiento hace un guiño a sus votantes de corazón socialista que apostaron por él. Son bastantes. Y quedarán muy tranquilos con este rito. Y también hace otro guiño a los socialistas que no le votaron pero que le tienen simpatía. Son bastantes también.

Así, después, cuando se imponga la aritmética, nadie podrá afearle a Juanma Moreno Bonilla que pacte con Vox. Dirá: «Lo intenté todo». Y es verdad que lo está intentando todo: hasta lo imposible. La hemeroteca de estos días será su certificado de centrismo auténtico. Un salvoconducto.

Claro que, como decíamos, la jugada tiene un precio. Cuando llegue la hora de negociar con Vox se encontrará con mayores exigencias. No se puede hacer esperar impunemente al partido necesario para montar una mayoría que no es absoluta ni solvente, pero sí posible. La única posible. Pondrá cara de disgusto, como es lógico y se le da tan bien; pero será falsa. Si el disgusto fuese real, habría hablado de inmediato con Vox y habría suavizado las declaraciones desdeñosas. En el fondo de la jugada, si logra dejar claras a la vez sus reticencias y las exigencias de los de Abascal, seguirá guiñando por debajo del pacto a sus votantes más centristas y a los que pueda seguir atrayendo. Un poco de tensión competitiva dentro del pacto le vendrá muy bien. (A Vox, desde luego, tampoco le hará daño).

Quedan por analizar los votantes del PP que se consideran de derechas y muy de derechas, incluso. Son bastantes. Más que los otros subgrupos. ¿Los enfadará Moreno Bonilla con sus regates en una baldosa? No. En parte, porque no se toman en serio estos guiños al PSOE. Ellos sí se creen la caricatura del PP que pinta Sánchez, a mucha honra. Se lo toman más en serio que los intentos centristas de Juanma Moreno. Y Moreno lo sabe. Está jugando a cuatro bandas. 

Quizá le vendría muy bien, ya puestos, que yo me enfadase, pero lo veo tan claro que me hace hasta gracia. 

¡Aúpa el pactismo!

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