Junto a una de las carreteras que salen de mi pueblo, apenas visible tras las copas de los cipreses, se levanta el cementerio. La tapia, como un sudario de piedra, se extiende con la blancura precisa. En el pórtico de sillares resiste una placa desgastada: «Aquí del cuerpo el fin mísero veis. El destino del alma será, ¡oh, mortales!, cual en vida obréis». A la espalda de la parte antigua hubo que construir una ampliación, pues los muertos, en lugar de relevarse como los vivos, se acumulan, y es el suyo el único censo que no deja de crecer. Al ensanche, como a todo lo construido a partir de cierta época, le falta óxido y belleza. Es útil, aseado, gélido. Máquinas para habitar la muerte, que diría Le Corbusier.
Al cruzar desde la parte vieja, la nueva se antoja no sólo insípida, sino también sintomática, sobre todo si uno se fija en el plano. Allí se advierte la marca, esa línea oscura que en los troncos talados delata el año de la sequía. La huella de una catástrofe. Las alzadas, que hasta entonces se habían nombrado con advocaciones marianas o figuras del santoral, pasan a llamarse: «Cielo, Tierra, Sol, Luna, Planetas…». En ese punto casi puede sentirse el titubeo del funcionario, a quien de repente el cosmos le debió parecer desierto; hasta que cayó en la cuenta: «Mercurio, Venus, Marte, Júpiter…». Pero, como todo lo demás, los planetas se acaban, especialmente desde que degradaron a Plutón. Solución: «Asteroides, Meteoros, Cometas…». Y de repente: «Órbita». ¡Órbita! ¿Cabe mayor desolación? ¿Qué consuelo ofrece la definición geométrica de una trayectoria? ¿Qué tendrá que ver con la muerte?
Por supuesto, nada. Sin embargo, lo que buscaban con esas designaciones no era apartarse de la muerte, sino de la religión. Había que hallar un sucedáneo, algo que evocara espiritualidad pero sin catolicismos. Y cuando un materialista quiere ponerse espiritual, no alcanza más que a ponerse astronómico. Con solemnidad mira hacia arriba —el lugar divino por antonomasia— y ¿qué ve? «Estrellas» y «Satélites». Es una regresión de la inteligencia, una suerte de panteísmo de concejalía. El cosmos sin Dios es trivial; la verdadera indiferencia de la que Pascal hablaba. En lugar de María, medianera de todas las gracias, y de los santos, que extendían sus manos aún cálidas a nuestros difuntos, la estupidez de las «Nebulosas». Es horrendo en su oquedad. Y lo peor: es cursi.
Lo más grave, sin embargo, es que este callejero sideral ha sido impuesto por las propias autoridades, desalmadas y desalmantes. Nadie desea que su cuerpo sea velado por una «Supernova», entre otras cosas porque a saber qué demonios es exactamente una supernova. Pero no hay que desanimarse. No todo está perdido. Mientras en el mapa del cementerio se despliega el nomenclátor celeste, las lápidas de mis paisanos siguen mostrando la figura de Nuestro Padre Jesús Nazareno, señor de Osuna. Y en el patio quinto, el de más reciente construcción, en alzadas nombradas según las constelaciones del zodiaco ―«Leo, Piscis, Escorpio, Tauro…»―, se suceden los fray Leopoldos, sonrientes; las vírgenes, llorosas; las cruces, sobrias. Descansen en paz. El panorama trae a la memoria aquel funeral de Estado, de un paganismo intelectual y desabrido, celebrado en Madrid en tiempos de pandemia; un precedente que, por cierta, hace temer lo peor en el próximo funeral por las víctimas de Adamuz. Resuenan aquí vigorosos los versos de Martínez Mesanza: «Quien las formas degrada y luego entrega/ simulacros neutrales a las gentes/ para ganarse fama de hombre libre,/ no tiene dios ni patria ni destino». No tiene perdón de Dios. Bueno, de Dios, precisamente, sí.