«Ser es defenderse», Ramiro de Maeztu
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Este artículo se publicó en La Gaceta antes de convertirse en La Gaceta de la Iberosfera, no siendo entonces propiedad de Fundación Disenso.

Su mundo no es de este siglo

5 de noviembre de 2013

Las uniones sindicales nacieron en la Inglaterra de la Revolución Industrial, en 1824, para defender a los trabajadores. Nada que ver con la UGT y CC OO de 2013 que se lucran gracias a los trabajadores, se llevan un pico por cada ERE e invierten en fondos para los ricos. Resulta inevitable pensar que tienen un serio problema de identidad, de trastorno bipolar. ¿De qué lado están?, se pregunta uno cada vez que les ve medrar, a costa de sus teóricos defendidos.

Se mire por donde se mire, el reino de UGT y Comisiones no es de este siglo. Recapitulemos. Uno, no son representativos (tienen un nivel de afiliación inferior al 10%); dos, han perdido la dignidad al estar unidos a los Gobiernos y a la Administración por el cordón umbilical de las subvenciones; tres, carecen de autoridad al ocultar el número de su nada famélica legión de liberados; y de decencia al haber guardado silencio ante Gobiernos amigos como el de Zapatero que destruyó la bonita cifra de cinco millones de puestos de trabajo (lo que hemos visto en los dos últimos años bajo el mandato de Rajoy es tremendo, sí, pero se trata de la onda expansiva de aquel tsunami). Y cuatro, Toxo y Méndez han perdido la más mínima credibilidad para entonar la milonga de los descamisados.
Si Gonzalo Fernández de la Mora hablaba en los años 60 del crepúsculo de las ideologías, como un Fukuyama tecnócrata, jugando al fin de la historia; habría que hablar en el nuevo siglo de otro crepúsculo, el de los compañeros del metal y la famélica legión. Y no porque no haya materia prima, ni mercado (la crisis arroja toneladas de desheredados a las playas de la desesperación), sino porque lo que no hay es defensores del trabajador.

En Andalucía hemos visto la kafkiana metamorfosis, del liberado sindical en señorito, de suerte que se invierten los términos del relato histórico de la Bética: son ahora los sindicalistas los que roban a los pobres para dárselo a los ricos, como un José María, el Tempranillo pero al revés. La responsabilidad de UGT y CC OO en la trama de los ERE, que está siendo investigada por la justicia, el desvío de subvenciones oficiales para los sueldos de las centrales, el gasto en mariscadas y las facturas falsas son otros tantos hitos de ese suicidio moral y ritual al que parecen haberse entregado los sindicatos de clase.

No es la única manera de anudarse la soga al cuello Los cruceros de lujo, o las huelgas generales con escaso auditorio –como aquellas que organizaban en tiempos de Zapatero– son otras tantas variantes de suicidio, sobre todo cuando unas organizaciones espectrales se empeñan en desempolvar una retórica con aromas de 1917.

UGT y Comisiones Obreras pretenden justificar su impostada existencia, pero han perdido el norte y el concierto. Si la función crea al órgano, los compañeros del metal se han quedado sin órgano, aunque a nosotros nos siga costando un riñón.

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