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Fernando Sánchez Dragó (Madrid, 1936) es escritor. Ha sido en dos ocasiones Premio Nacional de Literatura. Ha ganado el Planeta, el Fernando Lara y el Ondas. Como periodista de prensa, radio y televisión ha hecho de todo en medio mundo. Ha sido profesor de Lengua, Literatura e Historia en trece universidades de Europa, Asia y África. Sigue en la brecha.
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Fernando Sánchez Dragó (Madrid, 1936) es escritor. Ha sido en dos ocasiones Premio Nacional de Literatura. Ha ganado el Planeta, el Fernando Lara y el Ondas. Como periodista de prensa, radio y televisión ha hecho de todo en medio mundo. Ha sido profesor de Lengua, Literatura e Historia en trece universidades de Europa, Asia y África. Sigue en la brecha.

En el siglo XVIII se puso de moda lo que los franceses dieron en llamar chinoiseries. De China, claro. Al español se tradujo como chinerías, un término hoy en desuso. ¿Recuerdan aquel pasaje de La Virgen de la Paloma en la que el coro cantaba: «Y un mantón de la China / China, na, na / China, na, na / te voy a regalar / me vas a regalar»? Pues eso.

El mantón era de Manila, claro. En su puerto hacía escala el famoso Galeón de Indias que partía de Acapulco rumbo a España y lo hacía cargado de riqueza. No siempre llegaba a la Península. Los mares de Oriente estaban infestados de piratas. Salgari, en sus novelas, los cantó. Todo eso pasaba cuando en la Iberosfera no se ponía el sol. Luego llegaron otros piratas, los del independentismo criollo atizado por los ingleses, que envidiaban a los españoles y despreciaban a los indígenas, y el sol dejó de salir. 

Permítanme que dedique hoy esta columna no a las chinerías, sino a las niponoserías. Japón también estuvo a un tris de ser iberosférico, pero los Tokugawa cerraron el paso a nuestros jesuitas, los enviaron a China y chaparon el país hasta que el comodoro Perry, un gringo cerril, forzó con sus naves negras el bloqueo en 1868 y lo descerrajó. Lástima. El sanctasanctórum japonés, que hasta ese instante estaba intacto, fue profanado y, poco a poco, devastado. Yo, cien años después, aún pude disfrutar de sus últimos despojos. De esa experiencia, revalidada una y otra vez al hilo de los cincuenta años posteriores, proceden mis niponoserías. Dan para un libro, y lo habrá.

En eso, al menos, me parezco a Borges, cuyo entretenimiento favorito consistía en chinchar a los progresistas, a los peronistas y a los deportistas

Las menciono hoy porque con esta vaina de los Juegos Olímpicos más ridículos de la historia los comentaristas deportivos, a los que escucho durante unos minutos por la radio mientras me aseo, dicen una tontería tras otra cuando se disfrazan de sociólogos y consiguen irritarme. Los muy paletos ni siquiera tienen las ideas claras acerca de lo que es y no es el sushi. Del sahismi, y de las geishas, y de los samurais, y del arreglo de flores, y de la ceremonia del té, y del kabuki, ¿para qué hablar? Sutilezas que no están al alcance de quienes suelen gritar gooooooooooool, cargándose con una ráfaga de infinitas oes la fonética del castellano, en la retransmisión de esa moderna versión del panem et circenses que son las competiciones de balompié. 

Lo de balompié en vez de fútbol lo digo por chinchar.

En eso, al menos, me parezco a Borges, cuyo entretenimiento favorito consistía en chinchar a los progresistas, a los peronistas y a los deportistas. Una vez, después de un partido de balompié, digo, de furbo, alguien le dijo, muy contento, por no decir exultante, que Argentina había ganado a Holanda. Y el maestro, con impecable acento bonaerense, lo corrigió: «Querrá usted decir que once futbolistas argentinos derrotaron a once futbolistas holandeses, ¿no?». 

Algo parecido diría yo a todos esos desaforados comentaristas deportivos que se despepitan por la radio mientras yo me ducho proclamando que España ha ganado tal o cual medalla de oro, de plata o de bronce. Pues miren: no. España no ha ganado ni perdido absolutamente nada. No colectivicen los triunfos ‒tampoco las derrotas ‒ condecorándonos a todos los españoles con la chatarra de un medallero en el que sólo han tenido arte, parte y, a veces, mérito quienes participan en unos Juegos que esta vez, a causa de la pandemia, no deberían haberse celebrado. En ellos, medallas aparte, han perdido todos: los que se han contagiado, los que han muerto, los que se contagiarán, los que morirán y los que se quedarán más solos de lo que estaban antes.

¿Han dimitido ya los cenutrios del gobierno japonés responsables de tan mayúsculo desaguisado? Estoy a la escucha. No es necesario que recurran al seppuku. Me conformo con que laven el deshonor haciendo mutis por las cloacas de su gobierno entre la rechifla de los gobernados.  

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