«Ser es defenderse», Ramiro de Maeztu
Enrique García-Máiquez (Murcia, pero Puerto de Santa María, 1969). Poeta, columnista y ensayista. Sus últimos libros son 'Verbigracia', (2022) poesía completa hasta la fecha; y 'Gracia de Cristo' (2023), un ensayo sobre el sentido del humor de Jesús en los Evangelios

Nomen Omen

29 de octubre de 2025

A pesar de que he estado estrechamente vinculado con la Fundación Disenso desde el primer momento, nunca pregunté quién le puso su nombre, tan bien puesto. Merece un aplauso personalizado. De primeras, deja claro que la vocación del think tank era salirse del consenso directamente, sin medias tintas ni ambages, por derecho; y, de paso, denunciaba tanto conchaveo como se teje detrás de tanta fundación política o social que funciona como nódulo de una misma red de pensamiento idéntico.

Eso por fuera. Por dentro, disentir es esencial, y es algo que las sociedades modernas, que van de tolerantes y abiertas, temen como a una vara verde. Recordaba el gran pensador Emmanuel Lévinas que el Talmud establece que, cuando todo el mundo esté de acuerdo en la culpabilidad de alguien, hay que soltarlo de inmediato, porque es inocente. La unanimidad es una distorsión y, en el fondo, una violencia implícita. Sólo si existe disenso hay justicia y hay margen para la política. El vizconde de Tocqueville, en La democracia en América, se dio cuenta de que el sistema tiene una inercia interna muy destructiva que lleva a la imposición de unanimidades sobre unanimidades, y que, para salvaguardarlo dentro de sus límites racionales, se necesitaban criterios estancos a la tiranía de la mayoría.

Tradicionalmente, la aristocracia, orgullosamente separada, musitando su lema: «Etiam si omnes ego non» ha sido un dique. La aristocracia de espíritu sigue siendo imprescindible. Y también hace falta un disenso más programático y constitutivo. He aquí porque el nombre de la fundación presidida por Santiago Abascal vale tanto como un programa y como una misión.

Estoy pensando en algunos amigos o intelectuales admirados que estarán de acuerdo con todo lo que he escrito sobre la discusión y la independencia de criterio, pero no les gustará que esa bandera la alce Disenso. Pues estupendo, porque si defendemos la discusión y el criterio divergente, ¿qué mejor prueba y práctica que ese rechazo? 

La Fundación está cumpliendo ese papel y el otro, el de crear acuerdos, entre los disidentes, para que la disidencia se escuche más alta y sea más operativa. Tantos acuerdos se están creando y tan influyentes al otro lado del Atlántico y al otro lado de los Pirineos que barrunto que el disenso hacia Disenso, que hasta ahora ha sido más o menos intelectual y político, va a ir subiendo enteros según avanza el tiempo y la unanimidad implícita del progresismo de todos los partidos se resquebraja. Una vez mi hijo se hizo un corte grande en la mano con un plato de porcelana que se había roto. Muy fina y pulida y suavísima la porcelana, hasta que se hace añicos y cada añico es un cuchillo. Lo mismo pasa con el progresismo.

Nada de esto debe inquietar a Disenso. La cosa es que está cumpliendo la misión que ese inspirado pensador le puso desde su nombre; y más que la va a cumplir. Si hay algún golpe bajo, de porcelana rota, habrá que sortearlo y defenderse, como ya se ha hecho en otras ocasiones. Pero si los golpes entran dentro de las reglas del marqués de Queensberry, por así decirlo, nada puede alegrar más a la Fundación Disenso, que se hizo para las dos cosas que dice su nombre: para disentir alegremente y para fundamentar con ideas, propuestas y posiciones firmes un cambio profundo de la mentalidad social y política. Quien no esté de acuerdo está de acuerdo al menos en la mitad de la misión, que es la de fomentar un debate abierto, inteligente, razonado y valiente. Cuanto más haya que defender la necesidad de ese espacio de libertad, más necesario será. Quien trate de laminarlo con malas artes, tiene —como supieron Lévinas y Tocqueville— ribetes de tirano, se vista de lo que se vista.

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