Ya he contado en las redes sociales el trallazo de emoción de que mis alumnos de FP me contasen que han aprendido de mí el adjetivo «tremebundo». Ahora lo usan sin parar muertos de risa. La realidad no deja de darles ocasión y yo no dejo de sentirme orgulloso. No les enseño ni Lengua ni Literatura, pero enseñarles, para empezar, una palabra y, de paso, el gusto por el lenguaje no es peccata minuta.
Lo explicaba un doctor de la Iglesia, John Henry Newman, logos significa a la vez palabra y razón. Los dos significados le son originarios e igualmente propios. Porque una palabra nueva te permite entender el mundo. Ya no todo lo peor es «malo» o «mierda», que son palabras exactas para ciertas situaciones, sino que ahora estos muchachos dominan también «tremebundo». Les servirá para coger lo terrible por los cuernos y zarandearlo a base de bien con un poco de ironía hiperbólica. El pensador francés François-Xavier Bellamy ha explicado en su libro Permanecer que, de todas las urgencias políticas que los europeos tenemos encima, la más importante es la lingüística. Sin un idioma rico y activo se nos escurre la realidad entre las manos, se hace imposible el debate público y el pensamiento crítico es una utopía o una reliquia. Devenimos manipulables, esto es, manejables. Más claro no lo puede escribir: «Un primer acto de resistencia consiste en volver a conectar con el lenguaje, en proteger el poder semántico de las palabras. […] La verdadera urgencia política es resucitar el lenguaje. Tenemos que recuperar juntos el sentido de lo real y para eso tenemos que recuperar juntos el sentido de las palabras». Ya sé que esto exige más que ganarle a lo innominado una palabra nueva (vieja), pero la sensibilidad por el hecho idiomático es la llave a todo lo demás. Y ya la tenemos en el bolsillo.
Los profesores de Secundaria nos quejamos mucho de lo poco que logramos sacar de nuestro trabajo, y lo que pasa es que no lo vemos bien. Más allá del programa, la influencia es inmensa. Más bien tendríamos que temer —y temblar— de que sea tanta y no estemos, ay, a la altura. ¡Si hasta la semántica se les pega!
Les conté a mis alumnos su éxito en Internet, y que el respetable público nos instaba a adquirir nuevos términos. «¿Cuáles?», me preguntaron, curiosos. Quizá «ineluctable», que designa aquello contra lo que no se puede luchar. Pero debemos aprenderlo a la contra, les precisé, porque lo ineluctable no existe para nosotros. Los caballeros damos todas las peleas; y las damas ni digamos. Tampoco existe lo inefable, pues, con un buen vocabulario, todo se puede decir. No hace falta ser locuaz (nueva palabra con la que, desde hoy, pienso mandar callar: «Fulanito, no seas tan locuaz»), sino apenas preciso.
Parecen divertidos y predispuestos. Uno de los alumnos se plantea, no obstante, un escollo: «A ver si al final no nos van a entender nuestros padres…». Se me ha hecho un nudo en la garganta. Ojalá. Vuestros padres estarían felices, les digo, de no entenderos porque seáis más cultos, más graciosos, más curiosos intelectualmente que ellos. Lo malo es no entenderos por vagos o por palabroteros o por despreocupados o por irresponsables o por desagradecidos, que no digo que sea el caso, pero se han dado algunos.
Lo duro es que los buenos propósitos no bastan. Es mi lenguaje el que se tiene que enriquecer bastante y volverse humorísticamente repetitivo para que ellos se queden con la copla. No vale ordenarles: «¡Aprended el vocablo «esplendente», ya!». No funciona así. He de calificar como «esplendente» una respuesta certera, una interpretación esplendente de una ley confusa o el resultado esplendente de un ejercicio práctico. Es una misión tremebunda, sí, pero no ineluctable.