Que no me gusta la canción del verano, «Pedro Sánchez, hijo de puta», ya lo he escrito en varias ocasiones. Pensé que no me gustaba por galantería. Qué culpa tiene su madre, apacible veraneante en La Mareta y pésima pedagoga, pero a lo mejor muy honesta. Propuse ir al menos a lo seguro: «Pedro Sánchez, yerno de chulo», que tampoco era perfecto, aunque está constatado.
Ahora he comprendido, más vale tarde que nunca, que mi rechazo al estribillo estival tenía razones más profundas que mi delicadeza. Voy a explicarlo, pero antes me importa mucho dejar claro que no se trata en ningún caso de una defensa de Pedro Sánchez, sino un intento de comprensión más alta del problema.
El estribillo tiene una virtud y dos fallos. Lo bueno es que recoge —expresión popular— el hartazgo del cuerpo electoral, digamos, y que no encuentra resistencias allí donde se canta, sino adhesión. Es un plebiscito cotidiano y coreado, que diría Renan.
Los fallos son peores. El primero es que focaliza en Pedro Sánchez el fracaso de todo un sistema político y de muchos años de gobiernos turnados. Mientras coreamos «Pedro Sánchez, hijo de puta» no vemos cómo han caído los salarios en España o cuánto ha subido la deuda desde 1974.
Eso, el fallo del pasado. El fallo del futuro es que el canto unánime instala en el subconsciente del pueblo soberano una sola idea. La única urgencia nacional es liberarse de la presidencia de Pedro Sánchez Pérez-Castejón. Y eso, por muchas ganas que tengamos, es un mal diagnóstico de los males que nos aquejan. Hay que dar la vuelta a las políticas aplicadas como a un calcetín. La motosierra de Milei se nos queda pequeña. Necesitamos una tuneladora o, de manera más técnica, una TBM (Tunnel Boring Machine). También se la conoce popularmente como «topo», porque va excavando bajo tierra mientras refuerza las paredes del túnel con anillos de dovelas de hormigón. Aquí hay que ir con todo y con cuidado para que no se nos derrumbe encima.
Mi explicación de la mala cara que tiene Sánchez es que empieza a darse cuenta de que va a ser el chivo expiatorio del sistema al que tan fielmente ha servido. Y él sabe mejor que nadie que con la víctima propiciatoria no se tiene piedad. Si el sistema actual quiere salvarse necesita condensar toda la frustración creciente en la sociedad española en un único responsable y vivir la catarsis de su caída. Para que nada cambie. Yo, al mirarle esa mirada perdida en el infinito y esa mandíbula que ya no tiene fuerzas ni para el fotogénico bruxismo, sino que parece que boquea como fuera del agua, creo que él lo sabe. Percibe el rechazo que genera, ve que ya nada le funciona, y se sabe sentenciado.
Nosotros no podemos hacer nada para salvar a Pedro Sánchez, ni tampoco tenemos ganas ni motivos ni es de justicia. Pero sí podemos darnos cuenta del tocomocho que nos quieren hacer o que quiere hacernos el instinto de supervivencia implícito en el montaje político. Resistámonos a corear «Pedro Sánchez, hijo de puta». Digamos, si queremos unirnos a la fiesta, «Pedro Sánchez, hoja de ruta», como manera de demostrar que sabemos que nos van a querer colar con su defenestración los mismos errores que lo auparon al poder.
Quien lleve como promesa electoral estrella en su programa «librarnos de Pedro Sánchez» es el traidor, como dirían en El Padrino. Eso es una condición necesaria, pero no fundamental. Un efecto accesorio. Hay que cambiar las políticas que Sánchez ha servido como un vasallo fiel y sumiso y que ahora, en pago a sus servicios, van a ofrecer su cabeza —«Pedro Sánchez, hijo de puta», pobre— para cambiarlo por otro correveidile. Él merece el relevo y nosotros necesitamos el alivio, pero aspiramos a la salvación.